Sales al huerto por la mañana y algo no cuadra. Un bancal escarbado, la tierra volteada, unos hoyitos cónicos en el césped que ayer no estaban. Un melón con un agujero limpio y el interior vaciado. La lechuga mordisqueada, los cubos de basura volcados, o —lo más inquietante— las gallinas muertas sin que falte casi nada. No has visto al culpable, y no lo verás: la mayoría de estos visitantes solo se mueven de noche y ya están de vuelta en su refugio cuando amanece.
Aquí está la buena noticia. Aunque nunca lo veas en persona, cada animal deja una firma distinta, y con dos cosas —una cámara de fauna apuntando al lugar del delito y un ojo entrenado para leer el rastro— puedes ponerle nombre. La forma del hoyo, el tamaño y la forma del excremento, cómo está abierta la fruta, si el verde quedó cortado limpio o desgarrado: cada pista descarta sospechosos. La respuesta corta, si por eso llegaste aquí, es que el animal se identifica por la evidencia, y la evidencia es sorprendentemente específica. Un hoyo cónico del tamaño de un hocico no es lo mismo que un bancal arado de medio metro; una caca retorcida de 8 cm sobre una piedra no es lo mismo que un montoncito con patas de escarabajo dentro.
Nunca ves al animal. Ves el hoyo, la caca y la fruta abierta que dejó atrás, y aprendes a leerlos como quien lee un rastro en la nieve.
Y hay un segundo aviso, tan importante como el primero: quién entra en tu huerto depende de dónde vivas. En España el elenco nocturno es zorro, tejón, jabalí, gineta, garduña, erizo, roedores y el gato del vecino. En gran parte de Latinoamérica cambia el reparto: aparecen la zarigüeya o tlacuache, el mapache, el zorrillo (la mofeta) y el coatí. No existe «el animal que entra en tu huerto» a secas —existe el tuyo, el de tu región. Este artículo te da las dos columnas y te dice cómo distinguirlas.
Por qué entran de noche (y por qué no los ves)
Empecemos por la pregunta que todo el mundo se hace: ¿por qué de noche? La respuesta es que la mayoría de estos animales son nocturnos o crepusculares por naturaleza: el tejón, la gineta, la garduña, el erizo, el zorrillo, el mapache, la zarigüeya y el ratón salen al anochecer y se recogen antes de amanecer. Cada ficha de este artículo lo confirma especie por especie —el tejón «solo sale habitualmente de noche», la gineta es «casi exclusivamente nocturna», el erizo se mueve del atardecer al amanecer—, así que, cuando algo entra en tu huerto de madrugada, casi siempre es uno de estos animales de costumbres nocturnas. Y hay un factor añadido: buena parte de esta fauna convive bien con nosotros. Un estudio español de fototrampeo en la periferia rural de Oviedo, hecho en noviembre y diciembre de 2023, encontró que el jabalí y el zorro eran los mamíferos más frecuentes cerca de las zonas habitadas, y describió una notable capacidad de adaptación de la fauna a los entornos altamente humanizados.
Para ti, hortelano, esto tiene una consecuencia práctica: la observación directa casi nunca sirve. Puedes pasar semanas sin cruzarte con el animal que te está arrasando el bancal. Por eso el trabajo de identificación se hace sobre lo que deja atrás —el rastro— y, cada vez más, sobre lo que registra una cámara mientras tú duermes. La combinación de las dos cosas es lo que convierte una sospecha en una certeza.
Conviene decir también que no todos son enemigos. El erizo se pasa la noche comiendo babosas, caracoles, lombrices e insectos, y es uno de los mejores aliados que puede tener una huerta. El tejón airea el suelo y come chafer grubs (las larvas de escarabajo que matan el césped). Identificar bien no es solo saber a quién echar: es saber a quién dejar en paz.
Empareja el animal con la evidencia
Aquí está el corazón del asunto. Olvídate por un momento de las especies y fíjate en las categorías de daño. Casi todo lo que encontrarás en un huerto cae en uno de cinco tipos, y cada tipo apunta a un grupo de sospechosos.

El bancal arado a lo grande: jabalí
Si el terreno parece que ha pasado un arado de mal humor —tierra volteada en una superficie amplia, matas arrancadas, hoyos y surcos profundos—, el principal sospechoso es el jabalí. Levanta el suelo con el hocico (la jeta) buscando raíces, tubérculos, lombrices y larvas, y deja las inconfundibles hozaduras. La clave para no confundirlo con el tejón es la escala: el jabalí hace hoyos más profundos y en áreas mucho más grandes, mientras que el tejón deja hoyitos superficiales y localizados. Junto a las hozaduras, en zonas húmedas, encontrarás bañas —charcos de barro donde el animal se revuelca para refrescarse y quitarse parásitos— y, cerca de ellas, troncos con la corteza frotada y pelo grueso y oscuro pegado. Si ves barro y cerdas recias en la base de un árbol, no necesitas dudar.
El jabalí es fauna común en buena parte de la España peninsular y se ha vuelto habitual en las periferias urbanas. Un matiz importante para el lector latinoamericano: en México y parte de la región, «jabalí» en el habla coloquial puede referirse al pecarí de collar (Pecari tajacu), que es un animal de otra familia, nativo de América, y no el Sus scrofa del que hablamos aquí. Antes de rastrear, ten claro cuál de los dos tienes delante.
Hoyitos cónicos y tepes levantados: tejón, mofeta, zorro, mapache
Esta es la categoría que más confusión genera, porque varios animales cavan buscando lo mismo —lombrices y larvas bajo el césped— y el resultado se parece. Aquí es donde el detalle importa.
El tejón deja lo que en inglés llaman snuffle holes: pequeños hoyos cónicos hechos con el hocico al olfatear en busca de comida, muy visibles en el césped porque levantan el tepe. Cava sobre todo del otoño a la primavera buscando las larvas de escarabajo. Pero su firma más característica es la letrina: el tejón deposita sus excrementos en hoyos abiertos, de unos 20 cm de diámetro y 5 a 10 de profundidad que excava con sus garras, y los usa para marcar los límites de su territorio. Los excrementos son cilíndricos y cortos, oscuros, con un olor a almizcle dulzón no desagradable. Si encuentras una serie de hoyos poco profundos llenos de excremento cerca del borde de la parcela, es tejón.
La mofeta o zorrillo —fauna de Latinoamérica, no de Iberia— hace un patrón muy reconocible: hoyos poco profundos rodeados de un anillo de tierra suelta, del tamaño aproximado de su hocico, mientras busca lombrices y larvas presionando el morro contra el suelo y cavando con las largas uñas delanteras. En casos intensos, el suelo puede quedar como labrado, con numerosos hoyitos. Cava de forma sistemática y ordenada, sección por sección cada noche. Ese patrón —muchos hoyitos cónicos, ordenados, con tierra suelta alrededor— es su tarjeta de visita en el césped.
El zorro también cava hoyos en busca de lombrices y larvas, o para enterrar comida que esconde para más tarde. Tiene una debilidad reveladora: cava justo donde se ha usado harina de huesos, sangre seca o estiércol de pollo como abono, porque huele esos materiales y escarba buscando comida. Sus hoyos en el césped rondan los 10 cm de ancho. Y deja otras señales de paso: plantas pisoteadas, objetos «robados» o mordidos —incluidas mangueras de plástico que roe— y excrementos que el macho coloca en sitios prominentes, con olor a orina, para marcar territorio.
El mapache —nativo de América, invasor localizado en España— tiene un modo de destrozar el césped que lo delata: en lugar de cavar hoyos, arranca trozos de tepe y les da la vuelta, usando las patas delanteras como manos, algo especialmente frecuente en césped recién puesto de raíces poco profundas. Es el gesto de unas manos, no de un hocico.
Un hoyo cónico del tamaño de un hocico no es un hoyo cualquiera: es la firma de un animal que caza lombrices con la nariz pegada al suelo.
El verde mordisqueado: ¿corte limpio o desgarrado?

Cuando lo que aparece dañado es la vegetación —brotes, hojas, plántulas—, la pregunta clave no es «qué animal» sino «cómo está el corte». Y ahí la biología te da la respuesta. Los animales con incisivos superiores afilados, como los conejos y los roedores, cortan la vegetación limpiamente, dejando un corte neto y anguladito, como con tijeras. Los herbívoros que carecen de incisivos superiores, como el venado o ciervo, no pueden morder limpio: desgarran la hoja o el brote, dejando un aspecto irregular y deshilachado. Y como el ciervo es alto, su daño aparece más arriba en la planta que el del conejo, que por su estatura se limita a lo bajo.
Esto es enormemente útil porque, en un huerto, te dice de un vistazo si el culpable es un carnívoro nocturno o simplemente un herbívoro. Si el verde está cortado limpio y bajo, con excrementos pequeños como granos de arroz alrededor, mira hacia los roedores; si está desgarrado y más arriba, hacia un cérvido. Los carnívoros nocturnos de los que trata este artículo —zorro, tejón, gineta, garduña, mapache— no vienen a por tus lechugas: vienen a por las lombrices, la fruta, los huevos o las gallinas.

La fruta y el huerto saqueados
La fruta madura es un imán para casi todo omnívoro. Aquí el modo de abrirla importa. Con las sandías y melones, el mapache tiende a abrir un agujero pequeño en un lado y sacar el interior con una pata, mientras que el jabalí y otros animales grandes la patean para romperla. El tejón come bulbos, verduras y fruta, además de cereales como el maíz dulce, y no es raro que entre en la huerta a por ellos. La garduña siente especial predilección por los higos y, en otoño, por los frutos en general; en sus excrementos se ven los huesos de lo que ha comido. La gineta también incluye fruta otoñal en su dieta, y deja huesos de cereza, ciruela o majoleto en sus deposiciones.
En Latinoamérica, el coatí causa daños cuantiosos en cultivos y jardines, y ataca cultivos herbáceos. La zarigüeya o tlacuache es omnívora y ronda huertos y frutales buscando de todo. El mapache se alimenta de frutos, huevos, pollos, peces y basura, y donde se ha establecido daña la agricultura.
Los cubos volcados y el gallinero asaltado
Dos escenas muy concretas cierran el catálogo. Los cubos de basura volcados o los objetos revueltos apuntan sobre todo al zorro, que rebusca restos de comida, y, donde existe, al mapache, omnívoro oportunista y voraz que hurga en la basura con destreza. El coatí también tiene fama de abrir contenedores.
El gallinero asaltado de noche merece un párrafo aparte, porque es angustioso y porque el patrón identifica al culpable. La garduña entra en gallineros y, muchas veces, mata bastante más de lo que necesita —la llamada matanza excedente—, un comportamiento que se atribuye al revuelo de las aves, que dispara su instinto. Si por la mañana encuentras varias gallinas muertas y pocas comidas, la garduña es la primera sospechosa en Iberia. La gineta, también ibérica, es una cazadora ágil y silenciosa que caza roedores y aves. El zorro es el otro gran sospechoso del gallinero. Y en Latinoamérica, el mapache depreda sobre las aves de corral.
Varias gallinas muertas y casi ninguna comida no es un depredador con hambre: es una garduña a la que el revuelo de las aves le disparó el instinto.
Fichas rápidas: cómo se ve cada uno en la cámara

Una vez que el rastro te ha dado un sospechoso, la foto lo confirma. Estos son los rasgos que buscar en la imagen nocturna, casi siempre en blanco y negro por el infrarrojo.
Zorro. Silueta de cánido esbelto, cola larga y tupida, hocico afilado. Suele pasar solo, salvo cuando hay crías cerca de la madriguera en verano. Es crepuscular y nocturno, aunque a veces se le ve de día.
Tejón. Cuerpo bajo y rechoncho, patas cortas, y el rasgo inconfundible: la cabeza blanca con dos franjas negras que cruzan los ojos. Se mueve pesado, casi siempre solo pese a vivir en clan. En la foto nocturna, esa máscara facial rayada no se confunde con nada.
Gineta. Aspecto felino pero alargado, pelaje gris con abundantes manchas oscuras, y la clave: una cola larguísima y gruesa con 8 a 10 anillos negros, más larga que la cabeza y el cuerpo juntos, lo que la separa de inmediato del gato montés. Ojos grandes con pupila vertical, adaptados a la noche.
Garduña. Mustélido esbelto de tamaño medio, pelaje pardo, con un característico babero blanco que se abre en horquilla hacia las patas delanteras. Trepa bien y es crepuscular y nocturna. En invierno se mete en construcciones humanas: casas, graneros, pajares.
Erizo. Imposible de confundir: una bola de púas, cuerpo aplanado y rechoncho, hocico puntiagudo. Nocturno, se le ve del atardecer al amanecer, y en muchas regiones hiberna del frío del otoño a la primavera, cuando la temperatura baja de unos 10 °C. Si sale en la cámara, alégrate: es un amigo.
Roedores (rata, ratón). Pequeños, de cola larga, grises o pardos. Aquí va un aviso técnico importante: las cámaras de fauna con sensor infrarrojo pasivo (PIR) detectan por la diferencia de temperatura entre el animal y el fondo, y a un ratón —pequeño y a ras de suelo— lo captan mal. Una cámara colocada a la altura estándar registrará muchos menos roedores que una colocada más cerca del suelo. No supongas que no hay ratones solo porque no salgan en la cámara.
Gato doméstico o asilvestrado. El gran distractor. Es, probablemente, el animal que más veces saldrá en tu cámara nocturna, y muchos lo confunden con fauna salvaje. Silueta felina, cola sin los anillos marcados de la gineta. Su huella es casi circular, con cuatro dedos y sin marcas de uñas (las esconde) y una almohadilla de tres lóbulos. El gato asilvestrado —el que ha vuelto al estado salvaje y no depende de nadie— es sigiloso y nocturno, y se detecta justo por sus huellas, excrementos y restos de presas.
Los americanos: zarigüeya, mapache, zorrillo, coatí
Para el lector de Latinoamérica (y para quien, en España, se tope con uno de los invasores), estas son las cuatro especies del otro lado del reparto:
Zarigüeya / tlacuache. Marsupial del tamaño de un gato, hocico largo con vibrisas, cola larga y prensil, orejas desnudas. Nocturno y omnívoro, buen dispersor de semillas y controlador de insectos y roedores. Es el visitante nocturno de huerto más típico de buena parte de América.
Mapache. El antifaz negro sobre los ojos, con hocico y cejas blancos, y la cola con 5 a 7 anillos oscuros lo hacen inconfundible. Cuerpo rechoncho, patas cortas, y unas manos de cinco dedos largos y móviles que dejan una huella parecida a la de una mano humana. Es un trepador hábil y muy dependiente del agua: rastréalo cerca de ríos, acequias y zonas húmedas. En España es invasor localizado —establecido, por ejemplo, en el sureste de Madrid desde 2003—, no fauna nativa.
Zorrillo / mofeta. Blanco y negro, del tamaño de un gato pequeño. Cava buscando insectos y frecuenta campos de cultivo. Su firma en el suelo son esos hoyitos cónicos con anillo de tierra suelta que ya hemos descrito.
Coatí. Prociónido de cola larga anillada casi tan larga como el cuerpo, cabeza alargada, aspecto de mapache estilizado. Vive en grupos familiares de 5 a 30 individuos, aunque los machos adultos van solitarios. Causa daños cuantiosos en cultivos y jardines, y sus madrigueras debilitan riberas y estructuras de riego. En España aparece como invasor puntual —hay una población en Mallorca—.

Una tabla para tener a mano
| Animal | Región | Firma en el suelo / daño | Rasgo en la cámara | Excremento |
|---|---|---|---|---|
| Zorro | Iberia y LatAm | Hoyos ~10 cm; cava donde hay abono orgánico; cubos volcados; objetos «robados» | Cánido esbelto, cola tupida, solo | Segmentado, con pelo/huesos, en sitios visibles |
| Tejón | Iberia | Snuffle holes cónicos; letrinas en hoyos de ~20 cm; tepe levantado | Cuerpo bajo, cabeza blanca con franjas negras | Cilíndrico corto, olor a almizcle dulzón, en letrina |
| Jabalí | Iberia | Bancal arado a lo grande y hondo; bañas; pelo grueso en troncos | Grande, oscuro, en piara de noche | Variable, similar a la de un perro |
| Gineta | Iberia | Gallinero asaltado; letrinas en alto | Felina alargada, cola con 8–10 anillos | 7–9 cm, muy retorcido, en «cagarrutero» |
| Garduña | Iberia | Gallinero (matanza excedente); entra en pajares | Mustélido pardo con babero blanco en horquilla | 6–10 cm, en sitios elevados, con huesos de fruta |
| Erizo | Iberia | Casi ninguno (aliado); come babosas/insectos | Bola de púas, hocico puntiagudo | 2–5 cm, con restos de insectos |
| Roedores | Iberia y LatAm | Verde cortado limpio y bajo; roeduras netas | Pequeño; la cámara PIR lo capta mal | Como granos de arroz |
| Gato (distractor) | Todas | Descártalo primero; restos de presas | Felino, cola sin anillos, huella sin uñas | Segmentado; el asilvestrado no lo entierra |
| Zarigüeya | LatAm | Fruta y huerto rebuscados | Marsupial, hocico largo, cola prensil desnuda | — |
| Mapache | LatAm; invasor en ES | Tepes arrancados y volteados; basura; cerca del agua | Antifaz negro, cola con 5–7 anillos, huella «de mano» | Extremos romos, ~2 cm de grosor |
| Zorrillo/mofeta | LatAm | Hoyitos cónicos con anillo de tierra suelta | Blanco y negro, tamaño de gato pequeño | — |
| Coatí | LatAm; invasor en ES | Daño a cultivos; madrigueras en riberas | Cola larga anillada, en grupo de día | — |
Fíjate en algo que salta a la vista en la tabla: los rasgos más fiables no son el tamaño del animal, sino los detalles concretos. La máscara del tejón, los anillos de la cola de la gineta o del mapache, el babero de la garduña, el corte limpio o desgarrado del verde. Son esos detalles, y no una impresión general, los que resuelven la identificación.

Cómo leer el rastro cuando el suelo está duro
Los rastros —huellas y excrementos— son las tarjetas de visita que dejan estos animales, pero solo si el suelo coopera. Si el terreno está seco y duro y no ves huellas, hay un truco de extensión agrícola muy sencillo: espolvorea harina en la zona donde ocurre el daño, y a la mañana siguiente las huellas nuevas se verán mucho mejor. También puedes alisar con una escoba una franja de tierra, o preparar una bandeja con tierra fina y húmeda que registre bien la pisada.
Cuando encuentres una huella o un excremento, fotografíalo siempre con una referencia de escala al lado —una moneda, un bolígrafo, una navaja— porque el tamaño es la mitad de la identificación. Y una precaución de salud que no debes saltarte: los excrementos pueden transmitir enfermedades. Manipúlalos con guantes desechables, no acerques la nariz para olerlos, y guárdalos en un recipiente cerrado si quieres conservarlos. Varias de estas especies —el mapache y el zorro entre ellas— portan parásitos y patógenos que conviene tratar con respeto.
Para las huellas concretas, algunos números que ayudan a distinguir:
- Tejón: huella plantígrada con 5 dedos y uñas largas, recuerda una mano pequeña; la delantera mide unos 8 × 5 cm y la trasera 7 × 4 cm.
- Garduña: huella de 4 dedos con uñas, no supera los 4,5 × 3,5 cm; el quinto dedo no suele marcarse.
- Gineta: huella felina de unos 2 cm, con la almohadilla bien definida y sin uñas (las tiene retráctiles), más alargada y con los dedos más juntos que la del gato.
- Erizo: huella pequeña de unos 2,5 cm, con 5 dedos y uñas largas.
- Gato: casi circular, 4 dedos, sin uñas, almohadilla de tres lóbulos.
- Mapache: huella «de mano humana», con cinco dedos largos; las traseras rondan 8,5 × 6,5 cm.
La huella con uñas casi nunca es de un gato; la huella «de mano» junto al agua casi siempre es de un mapache.
Cómo poner y configurar la cámara para el huerto
Una cámara de fauna —también llamada cámara trampa, de fototrampeo o de rastreo— es el mejor testigo que puedes tener, porque trabaja toda la noche sin asustar al animal. Funciona con un sensor que combina movimiento y calor: dispara cada vez que algo se mueve delante y tiene una temperatura distinta a la del entorno. Estos son los ajustes que importan en un jardín.
Altura y orientación. Una buena regla general es colocar la cámara a unos 50 cm del suelo —la altura de la rodilla de una persona— y paralela al suelo. A esa altura captas bien a la mayoría de los mamíferos medianos sin cortarles la cabeza si son grandes. Si vas a por roedores u otros animales pequeños, baja la cámara: una colocada más cerca del suelo registra muchos más. Y si el árbol o poste no está recto, calza la cámara con un palo para dejarla en el ángulo correcto; una cámara torcida ve casi lo mismo pero detecta la mitad de la zona.
Montaje dirigido. En un huerto no buscas «toda la fauna» sino al culpable de un daño concreto. Apunta la cámara directamente al lugar del delito —el bancal escarbado, la entrada de una madriguera, la puerta del gallinero, el frutal saqueado—. Ese montaje dirigido a una estructura concreta aumenta mucho la probabilidad de pillar a la especie que te interesa.
Flash infrarrojo. Elige el flash infrarrojo antes que el flash blanco. El blanco da fotos nocturnas en color, pero su destello es muy visible y puede asustar al animal y a los vecinos; el infrarrojo captura en blanco y negro sin alterar el comportamiento. Muchas cámaras nuevas presumen de infrarrojo «sin brillo» que reduce aún más cualquier distracción.
Falsos disparos. El gran enemigo de una cámara de huerto es la foto vacía. Despeja el campo de detección de ramas y hojas que se muevan con el viento, porque disparan la cámara sin que haya animal. En verano, además, las diferencias de temperatura entre sol y sombra al soplar el aire provocan disparos falsos; si tu cámara lo permite, baja la sensibilidad o prográmala para no disparar en las horas centrales del día. Ten en cuenta un detalle contraintuitivo del sensor: como funciona con diferencias de temperatura, detecta más lejos cuando hace frío y menos cuando hace calor.
Ajustes prácticos. Usa una tarjeta SD adecuada y pilas de calidad —las de litio duran mucho más y aguantan el frío; las malas pueden sulfatarse y estropear la cámara. Configura una ráfaga de varias fotos por disparo para no perder a un animal rápido, y activa la franja de datos con fecha y hora: saber a qué hora exacta pasó cada visitante es la mitad del trabajo de identificación. Y antes de irte, camina delante de la cámara para comprobar que dispara, y asegúrate de dejarla encendida.
Aquí es donde revisar las fotos deja de ser un placer y se vuelve una tarea: una cámara activa acumula miles de imágenes, y muchas serán de vegetación movida por el viento.

Según tu región: dos elencos distintos
Vale la pena reunir en un mismo sitio el candado regional, porque es la diferencia entre acertar y perseguir a un fantasma.
En España e Iberia, el visitante nocturno de huerto es casi siempre uno de estos: zorro, tejón, jabalí, gineta, garduña, erizo, rata o ratón, y el gato doméstico o asilvestrado. Son las especies que las fuentes ibéricas describen entrando en huertas y terrenos de cultivo. El mapache y el coatí también aparecen, pero como especies exóticas invasoras localizadas —el mapache en varias comunidades, el coatí en Mallorca—, fruto del abandono de mascotas, no como fauna autóctona. Si vives en Iberia y crees ver un mapache, es una observación relevante precisamente por ser rara.
En gran parte de Latinoamérica cambia el reparto. Aparecen animales que en Europa no existen en libertad: la zarigüeya o tlacuache, el mapache, el zorrillo o mofeta, y el coatí, todos nativos de América, junto a zorros, roedores y gatos según el país. Y conviene recordar el matiz terminológico: «zorrillo» es la mofeta (no una cría de zorro), «tlacuache» y «zarigüeya» son el mismo animal según el país, y «jabalí» puede nombrar al pecarí nativo en vez al Sus scrofa.
Una advertencia honesta sobre las fuentes: buena parte del saber más detallado sobre el rastro del mapache, el zorrillo y la zarigüeya viene de fuentes de extensión universitaria de Estados Unidos, porque son especies americanas y allí están perfectamente documentadas. Ese conocimiento es sólido y trasladable, siempre que recuerdes que la mezcla de especies concreta de tu huerto la fija tu región, no una lista universal.
No existe «el animal que entra en tu huerto». Existe el tuyo —y averiguar quién es empieza por saber qué fauna vive donde vives.
Preguntas frecuentes
¿Cómo sé si es un animal salvaje o solo el gato del vecino?
Descarta primero el gato: es el visitante nocturno más frecuente de un huerto. Su huella es casi circular, con cuatro dedos y sin marcas de uñas, y una almohadilla de tres lóbulos. Si la cola no tiene anillos marcados y la huella no muestra uñas, casi seguro que es un gato doméstico o asilvestrado, no fauna salvaje.
Tengo hoyitos cónicos por todo el césped. ¿Quién los hace?
Un animal buscando lombrices y larvas con el hocico pegado al suelo. En Iberia, lo más probable es el tejón (hoyos cónicos y, cerca, letrinas en hoyos de unos 20 cm). En Latinoamérica, el zorrillo hace hoyos cónicos rodeados de un anillo de tierra suelta del tamaño de su hocico. El zorro también cava, sobre todo donde has usado abono de huesos o sangre seca.
Encontré varias gallinas muertas de noche pero casi ninguna comida. ¿Qué fue?
Ese patrón —matar más de lo que se come— apunta en Iberia a la garduña, que al entrar en un gallinero mata en exceso por el revuelo de las aves. La gineta y el zorro son los otros sospechosos; en Latinoamérica, el mapache depreda sobre las aves de corral.
El bancal parece arado, con la tierra volteada en profundidad. ¿Jabalí?
Muy probablemente. El jabalí hoza a lo grande y hondo, en áreas amplias, mientras que el tejón solo hace hoyitos superficiales. Si además ves charcos de barro (bañas) y pelo grueso oscuro en los troncos, no hay duda. Ojo en Latinoamérica: «jabalí» puede referirse al pecarí nativo, que es otra especie.
¿A qué altura pongo la cámara y por qué no salen los ratones?
Colócala a unos 50 cm del suelo y paralela al suelo para la mayoría de los mamíferos. Los roedores salen poco porque las cámaras de sensor infrarrojo detectan por diferencia de temperatura y a un animal tan pequeño lo captan mal; si vas a por ellos, baja la cámara más cerca del suelo.
¿Es malo tener estos animales en el huerto?
No todos. El erizo se come babosas, caracoles e insectos y es un gran aliado; el tejón airea el suelo y come las larvas que matan el césped. Identificar bien sirve tanto para saber a quién disuadir como para saber a quién dejar tranquilo.