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Cabra montés, muflón y arruí: identificar los caprinos de montaña en la cámara de fauna

Un macho de cabra montés con grandes cuernos en forma de lira sobre un roquedo mediterráneo al amanecer

Recoges la tarjeta después de tres semanas de cámara en una sierra mediterránea y ahí está: un ungulado robusto, cuernos que se recortan contra el infrarrojo, cruzando un roquedo en la penumbra del amanecer. La primera reacción de mucha gente es la misma: «una cabra». Pero en buena parte del arco montañoso del sureste peninsular esa foto puede ser tres animales muy distintos —la cabra montés autóctona, el muflón introducido hace setenta años o el arruí norteafricano— y a veces los tres comparten el mismo monte. Acertar no es un capricho de coleccionista: es la diferencia entre un registro que sirve y uno que confunde.

La buena noticia es que casi siempre hay una jerarquía de pistas que resuelve la imagen, y la primera está literalmente sobre la cabeza del animal. Los cuernos separan a estas especies mejor que ningún otro rasgo: la cabra montés los lleva largos y abiertos en forma de lira; el muflón los enrosca en espiral pegados a la cara; el arruí los curva hacia atrás y arriba con una sola inflexión, sobre una melena que le cuelga del cuello y el pecho como ningún otro caprino ibérico. Después vienen el porte, el pelaje y —cuando la cámara falla— las huellas del suelo. Y conviene tener presente a un cuarto animal que comparte estas montañas y despista por hábitat más que por forma: el rebeco, pequeño, esbelto y con cuernos en gancho. Esta guía es para leer esas señales en las condiciones reales del fototrampeo, pensada para quien caza, gestiona un coto o un espacio natural, fotografía fauna o simplemente quiere saber qué acaba de pasar por delante de su cámara.

En la foto de una cámara, lo primero son los cuernos: lira, espiral o gancho resuelven la mayoría de las dudas antes de mirar nada más.

Por qué se confunden (y por qué importa acertar)

Durante buena parte del siglo pasado, quien veía un bóvido de cuernos en un monte español tenía pocas opciones: era una cabra montés o, en el norte, un rebeco. Hoy el reparto es más largo. El muflón se introdujo en la Sierra de Cazorla a mediados de los años cincuenta con fines cinegéticos y, gracias a su rusticidad y capacidad de adaptación, se ha extendido por Andalucía, Castilla-La Mancha, la Serranía de Cuenca, Extremadura y la Comunidad Valenciana. El arruí llegó en 1970 al Parque Natural de Sierra Espuña, en Murcia, y desde ese foco se ha expandido a Almería, Granada, Jaén, Alicante y otras provincias cercanas. Un estudio reciente del IREC (CSIC, UCLM y JCCM) que reconstruyó la distribución de los ungulados de caza mayor en España a partir de una década de estadísticas cinegéticas confirma que arruí, cabra montés, muflón y rebeco aparecen hoy repartidos por buena parte del territorio peninsular, a veces solapándose.

Ese solapamiento es la raíz del problema. En varias sierras murcianas, el arruí y la cabra montés no solo comparten paisaje, sino que forman grupos mixtos que pastan juntos sin conflicto aparente, según constataron sobre el terreno los investigadores del CSIC que estudiaron su dieta. Una cámara colocada en un paso de estas sierras puede fotografiar las dos especies el mismo día, y si el flanco no se ve bien o el animal aparece a contraluz, la silueta robusta y cornuda se presta a error.

Y acertar importa. Un registro mal identificado contamina cualquier seguimiento: si metes un arruí en la casilla de la cabra montés, o al revés, distorsionas lo que sabemos de dónde está cada especie —justo lo que ese estudio nacional de distribución trata de precisar cuadrícula a cuadrícula. Con una especie autóctona por un lado y dos introducidas por otro, la etiqueta no es un detalle: es información de gestión.

Una advertencia sobre los nombres, porque aquí son un pequeño campo minado. Al arruí se le llama de muchas maneras —oled, oveja de Berbería, carnero de Berbería, oveja bereber y, muy engañosamente, «muflón del Atlas». Ese último apodo es el más traicionero, porque sugiere un parentesco con el muflón que no existe: el arruí no es un Ovis, sino el único representante de su propio género, Ammotragus, situado evolutivamente entre las cabras y las ovejas. La regla práctica es la de siempre: no te fíes del nombre popular; comprueba de qué especie se trata y, cuando publiques un registro, acompáñalo del nombre científico.

Primero los cuernos: lira, espiral o gancho

Antes de medir el cuerpo o discutir el pelaje, mira la cabeza. Los cuernos son el rasgo que más rápido descarta especies y el que mejor sobrevive a una foto mediocre, porque se recortan bien contra el cielo o contra el fondo iluminado por el infrarrojo. El portal de la Real Federación Española de Caza, recogido por la prensa, lo resume con una regla que funciona en el campo: espirales en el muflón; ganchos hacia atrás en el rebeco; curvados y pegados en el arruí; grandes y abiertos en forma de lira en la cabra montés.

La cabra montés tiene los cuernos más espectaculares del grupo, y por eso es la más reconocible. Son largos, con anillos de crecimiento anual —llamados medrones— bien marcados, y se abren hacia fuera describiendo esa característica forma de lira. En los machos alcanzan los 70-90 cm hacia los 12-15 años de edad, y es raro que superen el metro; en las hembras son mucho más cortos, del orden de 30 cm. Si sobre un animal robusto ves una cornamenta amplia y abierta, con anillos, es una cabra montés.

El muflón los enrosca. En los machos, los cuernos crecen en espiral y quedan relativamente pegados a la cara, alcanzando unos 75-90 cm de longitud. La ficha de la Enciclopedia Virtual de los Vertebrados Españoles distingue con precisión tres tipos de cuerno en los machos, y merece la pena conocerlos porque en cámara se ven distintos: convergentes, que crecen hacia arriba, se separan del eje y luego giran hacia atrás con las puntas convergiendo en la nuca; neutros, que se mantienen en un plano y adoptan forma de hoz; y divergentes, que siguen enroscándose en espiral con las puntas separándose cada vez más. Las hembras suelen ser mochas, o con cuernecillos pequeños ligeramente curvados hacia atrás.

El arruí hace algo distinto de los dos anteriores. Sus cuernos son elípticos y aquillados en sección, con numerosos anillos, y describen una sola inflexión: forman una circunferencia hacia arriba y atrás, y en los machos maduros la parte distal converge por encima de la nuca. No se abren en lira como los de la cabra ni se enroscan en espiral apretada como los del muflón; van hacia atrás en un arco amplio y semicircular, de hasta unos 55 cm sobre el dorso. Ambos sexos los tienen, mayores en los machos.

Y el rebeco, el cuarto en discordia, los lleva completamente diferentes. Son finos, casi de sección circular, negros o marrón muy oscuro, y crecen rectos en sus dos tercios inferiores para después curvarse bruscamente hacia atrás y abajo en forma de garfio. Los tienen los dos sexos —en los machos son algo más gruesos y con el gancho más cerrado— y son mucho más pequeños que los de cualquiera de las otras tres especies. Un cuerno en gancho sobre un animal pequeño y esbelto no es una cabra ni un muflón: es un rebeco.

Cuatro caprinos, cuatro cornamentas: lira abierta en la montés, espiral en el muflón, arco de una sola inflexión en el arruí y gancho en el rebeco.

La melena del arruí y otras marcas del pelaje

Primer plano de la cabeza de una cabra montés mostrando los cuernos largos y abiertos en forma de lira con anillos de crecimiento

Cuando los cuernos no bastan —una hembra, un ejemplar joven, un ángulo malo—, el pelaje y sus marcas resuelven muchas dudas. Y hay una que es prácticamente definitiva.

El arruí lleva encima el rasgo más inconfundible de los cuatro: una larga melena que se extiende desde la garganta hasta el pecho y, a partir de ahí, se bifurca y continúa por la parte frontal de las patas delanteras, en lo que los especialistas llaman «chaparejos». Ninguno de los otros caprinos ibéricos tiene nada parecido. La divulgación científica lo destaca sin rodeos: ese «enorme penacho que cuelga de su cuello y patas delanteras» es inexistente en muflones o cabras. El resto del arruí es de un tono pálido leonado o pardo arena, con pelaje corto, y —al contrario que las cabras— no tiene barba de chivo, sino barba en las mejillas. Si en la foto ves esa crin colgante bajo el cuello y el pecho, la identificación está hecha: es un arruí.

El muflón tiene su propia marca, aunque menos llamativa y estacional. El macho adulto luce en invierno una mancha blanquecina en el costado del lomo, la llamada «silla de montar», sobre un pelaje que en esa época tira a tono chocolate. En las hembras esa mancha es mucho menos patente, y con el pelaje claro del verano apenas se percibe en ninguno de los dos sexos. El muflón presenta además tonos blanquecinos en el hocico, el vientre y la parte baja de las patas, un escudo anal blanco bien marcado y una cola negra y corta. Los machos añaden pelo largo en el cuello y el pecho, aunque nunca la melena bifurcada del arruí.

La cabra montés es, en comparación, más sobria de marcas. Su pelaje es pardo, sin manchas blancas ni escudo anal, y cambia con la estación: más corto y liso en verano, más largo y con borra espesa en invierno. Los machos adultos desarrollan zonas negras en los flancos y el cuello que aumentan con la edad y se difuminan en verano, y su coloración vira del pardo rojizo juvenil al pardo o gris oscuro de los ejemplares viejos. Es un animal robusto y de patas cortas, con la cola corta y roma.

El rebeco cierra el grupo con un patrón facial propio: cabeza y garganta claras cruzadas por una mancha oscura que cubre el ojo a modo de antifaz, sobre un cuerpo canela o cervuno en verano que se oscurece mucho en invierno, cuando los machos parecen llevar un «delantal» negro sobre el pecho y las patas delanteras. Es, además, notablemente más pequeño y estilizado que cualquier cabra.

Un muflón macho con cuernos en espiral y la mancha blanca en forma de silla de montar sobre el lomo en invierno

El tamaño y el porte: la segunda gran criba

El tamaño rara vez zanja una identificación por sí solo en cámara —la distancia y el ángulo engañan—, pero la constitución general sí ayuda a separar grupos, sobre todo si hay algún elemento de referencia en el encuadre.

El arruí es el más corpulento de los tres protagonistas. Los machos miden 105-176 cm de longitud de cabeza y cuerpo y pesan entre 50 y 132 kg; las hembras, 104-150 cm y entre 12 y 68 kg. Su silueta es la de una cabra grande y maciza, de faz alargada, patas relativamente cortas y una cola relativamente larga y lanosa. Los ejemplares en libertad en España pueden superar los 100 kg en los machos.

La cabra montés exhibe un dimorfismo sexual muy marcado, que es en sí mismo una pista. El macho adulto puede pesar el doble que la hembra: en la Universidad de Córdoba cifran los machos en 80-100 kg y las hembras en 30-40 kg. En Sierra Nevada, la masa media medida fue de unos 50 kg en machos y 31 kg en hembras, con machos de la Sierra de Gredos que llegan a los 120 kg. La longitud de cabeza y cuerpo ronda los 108 cm de media en machos y 97 cm en hembras. Es un animal compacto y musculoso, de patas cortas, muy adaptado a moverse por la roca.

El muflón es el más pequeño y ovejuno de los tres. Tiene el aspecto de un carnero, con cuerpo compacto, cabeza pequeña y cola corta; los machos rondan los 50 kg y las hembras los 30, con una longitud de cabeza y cuerpo de entre 120 y 152 cm según el sexo. Su masa corporal en las poblaciones europeas introducidas varía entre 40 y 60 kg en machos y entre 30 y 40 en hembras. De hecho es la especie más pequeña del género Ovis, cuya taxonomía —conviene saberlo— es notoriamente compleja.

Y el rebeco es, sin discusión, el más menudo: un bóvido de 105-120 cm de longitud y apenas 20-28 kg, más pequeño y esbelto que la cabra montés, con un porte ligero adaptado a la alta montaña. Curiosamente, en el rebeco pirenaico las diferencias de peso entre sexos no suelen ser significativas, al contrario que en la cabra montés. Si el animal parece pequeño y ágil, con cuernos en gancho, no hay que buscar entre cabras y muflones.

EspecieCuernosMarca del pelajeTamaño (macho)Origen
Cabra montésLargos, abiertos en lira, con anillosPardo sin manchas; flancos negros en el macho80-100 kg; cuernos 70-90 cmAutóctona (endemismo ibérico)
MuflónEn espiral, pegados a la cara«Silla» blanca en el lomo (macho, invierno); cola negra corta~50 kg; cuernos 75-90 cmIntroducido (origen corso)
ArruíUna sola inflexión, hacia atrás y arribaMelena colgante del cuello y el pecho50-132 kg; cuernos hasta ~55 cmIntroducido (Norte de África)
RebecoCortos, rectos, con gancho hacia atrásAntifaz oscuro sobre la cara20-28 kgAutóctono (montaña)
Una cabra montés y un muflón nunca pesan lo mismo: pero es la forma del cuerpo y de los cuernos, no la báscula, la que resuelve la foto.

El rebeco: el vecino de alta montaña que despista por hábitat

Un arruí macho con su larga melena colgante desde la garganta hasta el pecho y cuernos curvados hacia atrás

Merece la pena detenerse en el rebeco, porque es la confusión más «de contexto» de todas. No se parece a las otras tres especies —es más pequeño, más esbelto, con cuernos en gancho y un antifaz facial inconfundible—, pero comparte con ellas el paisaje de montaña y aparece en las mismas cámaras colocadas en roquedos y canales.

Es un caprino de la subfamilia Caprinae, como las cabras, pero con género propio, Rupicapra. En la Península Ibérica hay dos subespecies: el rebeco pirenaico o sarrio (R. p. pyrenaica) en los Pirineos y el rebeco cantábrico (R. p. parva) en la Cordillera Cantábrica, algo más pequeño y de pelaje más rojizo en verano. Ambos sexos tienen esos cuernos finos, negros y ganchudos que crecen rectos y se curvan de golpe hacia atrás; en los machos son algo más gruesos y con el gancho más cerrado, lo que sirve para sexar a distancia junto con el grosor del cuello.

La clave para el fototrampeo es sencilla: si el animal es claramente pequeño y grácil, con cara clara cruzada por una banda oscura sobre los ojos y cuernos en garfio, es un rebeco, no una cabra montés joven ni un muflón. La confusión, cuando ocurre, es por dónde aparece, no por cómo es.

Solo una es de aquí: endemismo frente a especies introducidas

Detrás de estas cuatro siluetas hay una distinción que va más allá de la morfología y que da sentido a todo el ejercicio de identificarlas: solo una de las tres protagonistas es autóctona.

La cabra montés (Capra pyrenaica) es un endemismo de la Península Ibérica. Históricamente tuvo hasta cuatro subespecies; hoy sobreviven dos: C. p. victoriae, en la Sierra de Gredos, Las Batuecas y áreas de reintroducción del centro peninsular, y C. p. hispanica, repartida por todo el arco montañoso perimediterráneo, desde la desembocadura del Ebro hasta Cádiz y Sierra Morena. Es una especie adaptada a la roca, que puede vivir desde el nivel del mar hasta los 3.400 m. Las otras dos subespecies —la pirenaica (bucardo) y la portuguesa (lusitanica)— se extinguieron, la primera en el año 2000.

El muflón es harina de otro costal. Genéticamente procede de las poblaciones corso-sardas, que a su vez descienden de ovejas semidomésticas llegadas a esas islas hace unos 7.000 años; su taxonomía sigue en debate, y una revisión filogenética reciente propone denominar al muflón europeo Ovis gmelini musimon, reconociendo su linaje a partir del muflón asiático. En España es una especie introducida: se soltó por primera vez en la Sierra de Cazorla a mediados de los años cincuenta, con ejemplares de origen corso, y desde entonces se ha repoblado repetidamente. No es un animal silvestre nativo de estas montañas, sino un aporte cinegético del siglo XX.

El arruí (Ammotragus lervia) es la tercera pieza, y la más ajena: es norteafricano, propio de las zonas rocosas y áridas del Sáhara y el Atlas. Su nombre de género, Ammotragus, significa literalmente «cabra de las arenas». En España procede de introducciones con fines de caza a partir de 1970 en Sierra Espuña, y sus ejemplares en libertad derivan mayoritariamente de zoológicos. Que un caprino del desierto africano prospere en el sureste peninsular dice mucho de lo bien que encaja el clima semiárido mediterráneo con su biología.

Comparación de tamaño entre un arruí grande, una cabra montés con marcado dimorfismo y un muflón pequeño y ovejuno en la montaña

Estatus de conservación y una controversia abierta

El contexto de conservación de estas especies encierra una de las paradojas más interesantes del tema, y conviene citarla con su fuente y su fecha, porque los estatus cambian.

La cabra montés figura como Preocupación Menor en la evaluación de la UICN, con una tendencia poblacional creciente. Es, en el fondo, una historia de recuperación: hoy está extinta en Andorra, la Francia continental y Gibraltar, pero se ha reintroducido con éxito en Portugal. Ahora bien, esa evaluación data de 2008 y la propia UICN la marca como «necesita actualización», así que las cifras concretas —del orden de 50.000 individuos maduros en esa valoración— conviene tomarlas como un dato fechado, no como el censo actual.

Detrás de esa cifra hay una amenaza sanitaria recurrente que además tiene consecuencias prácticas para quien usa cámaras: la sarna sarcóptica. Un brote aparecido en 1987 en el Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas mató en cuatro años a cerca del 97 % de su población de cabras monteses, y la enfermedad ha seguido apareciendo en otros núcleos, con un brote reciente que avanza por Aragón desde 2017. Importa para el fototrampeo porque un animal con sarna avanzada se ve muy distinto en cámara: pierde pelo, se le marca la piel y adopta un aspecto famélico que puede desconcertar a quien no sepa qué está viendo. No es otra especie; es una cabra montés enferma.

El arruí ofrece el contraste más llamativo. En su rango nativo norteafricano está catalogado por la UICN como **Vulnerable**, en la evaluación publicada en 2021, con una población del orden de 5.000-10.000 individuos y una tendencia decreciente por la presión humana y ganadera. Y sin embargo, en España prospera como especie introducida hasta el punto de estar incluida en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, regulado por el Real Decreto 630/2013. Es decir: la misma especie es a la vez amenazada en su tierra de origen y considerada invasora donde se introdujo.

Ese estatus invasor, además, es objeto de una controversia científica viva que un artículo honesto debe presentar sin tomar partido. El Real Decreto de 2013 incluyó al arruí en el catálogo con una excepción para Murcia; una sentencia del Tribunal Supremo de 2016 anuló esa excepción, dejándolo catalogado en todo el territorio nacional; y la Ley 7/2018 buscó después compatibilizar la protección ambiental con la actividad cinegética en las zonas donde su presencia no supone un problema. En 2025, un estudio liderado por el CSIC, publicado en la revista Animals, aportó lo que sus autores describen como la primera evidencia empírica de que el arruí no compite directamente con la cabra montés: analizando la dieta en sierras murcianas, encontraron que el arruí se comporta sobre todo como pastador (57 % de herbáceas) mientras la cabra montés es fundamentalmente ramoneadora (63 % de arbustos), lo que les permite coexistir sin desplazarse. Los autores concluyen que la evidencia disponible no justifica considerar al arruí invasor en la península y proponen revisar su estatus legal. Otros investigadores, en cambio, invocan el principio de prevención y la ausencia de enemigos naturales para defender la cautela. Es un debate abierto: lo señalamos como tal, no lo resolvemos.

El muflón, por su parte, no está incluido en el Catálogo de especies exóticas invasoras, pese a ser también introducido. Y no tiene una ficha de conservación de fauna silvestre propia en el mismo sentido que las otras, por su origen doméstico-semidoméstico y la complejidad taxonómica del género Ovis.

El arruí es una rareza andante de la conservación: amenazado en el Sáhara, catalogado como invasor en España y, según un estudio de 2025, sin competir de veras con la cabra montés.

Las huellas y los rastros: la confirmación que la cámara pide

Un rebeco pequeño y esbelto con cuernos cortos en gancho y un antifaz oscuro cruzando un roquedo de alta montaña

Una cámara te da la imagen; el suelo de alrededor te da la prueba. Combinar ambos convierte una sospecha en una identificación firme, y es donde el fototrampeo y el rastreo clásico se dan la mano —especialmente útil en estas sierras, donde los animales dejan huellas en los pasos y abrevaderos que también vigila la cámara.

El punto de partida, según la guía de identificación por huellas y señales de la Real Academia de Ciencias Veterinarias de España, es que en los ungulados las pezuñas dejan estampaciones específicas, y hay que leer el tamaño, la marcha y el sustrato antes de aventurar una especie. La huella del muflón, por ejemplo, es alargada, con las puntas de las pezuñas tendiendo a separarse y sin que las pezuñas secundarias dejen marca; en un macho adulto mide unos 5,5 cm de largo por 4,5 de ancho, y la distancia entre pisadas ronda los 40-60 cm. Sus excrementos, muy parecidos a los de la oveja doméstica, son esferas negras de aproximadamente 1 cm apiladas en montoncitos.

En la práctica, el tamaño y la forma de la huella orientan sobre el grupo, pero rara vez zanjan la especie por sí solos entre estos caprinos de talla parecida —un dato que se combina con la imagen, no que la sustituye. Donde el rastro sí ayuda de verdad es en descartar: una senda de pezuñas en un roquedo, junto a excrementos de rumiante, confirma que la silueta de la cámara es un ungulado y no otra cosa, y el contexto —zona árida y abierta, alta montaña, sierra rocosa mediterránea— estrecha el abanico.

Huellas de pezuña de un caprino de montaña impresas junto a un abrevadero rocoso en una sierra mediterránea

Dónde y cuándo aparecen: pistas de contexto

El lugar y la hora también ayudan a estrechar la lista, aunque nunca deciden solos. La cabra montés está atada a la roca: ocupa sierras rocosas y escarpadas de todo el arco mediterráneo, se desplaza en altitud a lo largo del año buscando los mejores pastos y forma rebaños con separación de sexos casi todo el año, salvo en el celo. El muflón prefiere el matorral y los roquedos del monte mediterráneo, entre los 1.000 y los 1.500 m por lo general, y en la península entra en celo en octubre y noviembre. El arruí es el más ligado a lo árido: habita terrenos rocosos y escarpados, evita la nieve y, como buen morador del desierto, es más activo en las horas frescas del amanecer y el anochecer. El rebeco, en cambio, domina la alta montaña de Pirineos y Cordillera Cantábrica.

Conviene recordar que estas cuatro especies conviven en un mosaico cambiante, y que sus áreas se solapan cada vez más por la expansión de las dos introducidas. La hora de la foto y el tipo de terreno son un indicio más, útil junto al resto —los cuernos, la melena, el porte—, no una prueba por sí misma. Y una nota práctica para quien coloca las cámaras en estas sierras: los pasos entre roquedos, los abrevaderos y las trochas de ladera concentran el paso de estos ungulados y son donde también aparecen sus huellas.

Con el volumen de imágenes que genera una campaña en un monte transitado —donde una sola cámara puede acumular miles de fotos, la mayoría sin más protagonista que el viento moviendo un arbusto—, separar los pocos fotogramas con animal y clasificarlos por especie es la parte tediosa del trabajo.

Preguntas frecuentes

¿Cómo distingo una cabra montés de un muflón en una foto de cámara?

Por los cuernos y el pelaje. La cabra montés lleva cuernos largos y abiertos en forma de lira, con anillos, sobre un cuerpo pardo sin manchas blancas; el muflón los tiene en espiral, pegados a la cara, tiene aspecto de oveja salvaje y el macho luce en invierno una mancha blanca lateral en el lomo, la «silla de montar».

¿Qué es el «muflón del Atlas» y es realmente un muflón?

No. «Muflón del Atlas» es uno de los muchos nombres del arruí (Ammotragus lervia), un caprino norteafricano que no pertenece al género de los muflones (Ovis), sino a su propio género, Ammotragus. El apodo despista: usa el nombre científico para evitar confusiones.

¿Cuál es el rasgo más fiable para identificar un arruí?

Su melena. Ninguno de los otros caprinos ibéricos tiene esa larga crin que cae desde la garganta al pecho y se bifurca por las patas delanteras. Si la ves colgando bajo el cuello, es un arruí, sin más comprobaciones.

¿Puede confundirse un rebeco con una cabra montés?

Por contexto sí, por morfología no. El rebeco es mucho más pequeño y esbelto (20-28 kg frente a los 80-100 kg de un macho de cabra montés), y lleva cuernos cortos y rectos que terminan en gancho hacia atrás en ambos sexos, más un antifaz oscuro sobre la cara. Comparten hábitat de montaña, pero son inconfundibles de cerca.

¿Cuál de estas especies es autóctona de España?

Solo la cabra montés, que es un endemismo de la Península Ibérica. El muflón (origen corso, introducido en los años cincuenta) y el arruí (norteafricano, introducido en 1970) llegaron para la caza. El rebeco también es autóctono, pero de las montañas del norte.

¿Por qué el arruí está catalogado como invasor si está amenazado en África?

Porque los dos estatus se refieren a lugares distintos. En su rango nativo del Sáhara y el Atlas, la UICN lo evaluó como Vulnerable en 2021; en España, donde se introdujo y prospera, está en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras (Real Decreto 630/2013). Un estudio del CSIC de 2025 cuestiona esa clasificación al no hallar competencia directa con la cabra montés, y el debate sigue abierto.