Revisas la tarjeta de la cámara y ahí está: un lepórido pardo cruzando el claro al amanecer, orejas erguidas, cola de un blanco que casi quema en la penumbra. La pregunta parece de principiante y sin embargo despista a media afición: ¿es un conejo o una liebre? En la mayoría de las fotos la duda se resuelve en tres segundos si sabes qué mirar, porque no son dos versiones del mismo animal a distinto tamaño, sino dos formas de vida casi opuestas que la evolución talló para resolver el mismo problema —no acabar en el estómago de otro— por caminos contrarios.
Y esa distinción no es un capricho de coleccionista. Un conejo mal apuntado en un registro de fauna no solo ensucia el conteo: puede desdibujar el estado de la que es, sin discusión, la especie más importante del monte mediterráneo. Porque en la península ibérica el conejo silvestre (Oryctolagus cuniculus) es una especie clave de la que dependen para comer más de cuarenta especies de depredadores, empezando por dos de las joyas de la fauna europea: el lince ibérico y el águila imperial ibérica. Al otro lado del mundo, en cambio, la misma familia cuenta la historia inversa: la liebre europea es una plaga imparable que arrasa cultivos en Argentina, Chile y Perú. Un animal, dos destinos. Aprender a leerlo bien en una foto es el primer paso para entender por qué.
No son dos versiones del mismo animal a distinto tamaño, sino dos formas de vida casi opuestas para resolver el mismo problema: no ser devorado.
Por qué se confunden (y por qué importa acertar)
Conejos y liebres pertenecen al mismo orden, los lagomorfos, y a la misma familia, los lepóridos —ese grupo que se distingue de los roedores, con los que también se les confunde, por la hendidura en mitad del labio superior y por un segundo par de incisivos pequeños escondido tras los grandes. Comparten el pelaje suave, las orejas largas, los ojos grandes de animal crepuscular y unas patas traseras un 20 % más largas que las delanteras, hechas para la carrera. A primera vista, y más en un fotograma nocturno movido, es fácil meterlos en la misma casilla.
Pero acertar tiene consecuencias. En el seguimiento de fauna, cada registro alimenta un conteo, y un conteo mal etiquetado se propaga: si anotas «liebre» donde había un conejo, distorsionas a la vez la abundancia de una presa clave y la del animal que la caza. Y en el caso del conejo ibérico, ese dato es casi una cuestión de Estado natural. Como resumió Andrew Smith, presidente del Grupo de Especialistas en Lagomorfos de la UICN, «las poblaciones introducidas suelen considerarse plagas, pero este conejo en la península ibérica es una especie clave que debe tenerse en cuenta en todos los aspectos de la gestión del ecosistema; sin el conejo, es probable que este ecosistema colapse».
Hay además una trampa de vocabulario que conviene desactivar antes de seguir. En español, «conejo» y «liebre» no siempre significan lo que un ibérico cree. Fuera de España, «conejo» casi nunca se refiere a Oryctolagus: en México designa a alguna de las once especies nativas del género Sylvilagus —el conejo castellano, el conejo mexicano, el tapetí— o al zacatuche, un endemismo en peligro. El conejo europeo, allí, es una especie introducida: en Argentina lo llaman «conejo de castilla» y está declarado plaga nacional. Así que cuando hables de «el conejo» fuera de Iberia, aclara siempre de qué especie se trata.
El tamaño y el porte: la primera gran señal
Antes de fijarte en ningún detalle fino, mira el conjunto. El conejo es un animal pequeño y compacto: cuerpo de entre 33 y 40 cm, cola muy corta, y un peso que ronda 1,5 kg —algo más en la subespecie del norte, algo menos en la del suroeste ibérico. Su silueta es redondeada, casi de peluche, y se mueve pegado al suelo.
La liebre es otra cosa. Es netamente más grande —la ibérica mide de 44 a 50 cm de cuerpo y pesa entre 1,5 y 2,6 kg, y la liebre europea, la mayor de las ibéricas, llega a los 4 kg— y sobre todo tiene un porte distinto: constitución atlética, extremidades finas y largas, unos músculos poderosos que dan a su carne el característico color rojo oscuro y le permiten una velocidad y una resistencia que el conejo no alcanza ni de lejos. Puesta junto a un conejo, la liebre parece estirada, de patas de corredor; el conejo, agazapado y de patas cortas.
Ese contraste de tamaño se ve muy bien en la ilustración clásica que enfrenta a una liebre y un conejo del mismo encuadre: la liebre domina la escena, con orejas y patas mucho más largas. La regla general se cumple casi siempre —liebre = grande y larga, conejo = pequeño y rechoncho—, pero en América conviene matizarla, porque hay conejos nativos que rompen el molde: el conejo mexicano (Sylvilagus cunicularius) es el más grande de México y llega a pesar hasta 4 kg, tanto como una liebre europea. Por eso el tamaño criba, pero no zanja: hay que combinarlo con las orejas, la marcha y, sobre todo, el refugio.
La liebre parece estirada, de patas de corredor; el conejo, agazapado y de patas cortas. En la mayoría de las fotos, la silueta ya te dice cuál es.
Las orejas: la pista que resuelve casi cualquier foto

Si el tamaño te deja dudas, sube la mirada a las orejas. Son, probablemente, la señal más fiable y la que mejor sobrevive a una foto mediocre, porque casi siempre están a la vista y erguidas.
El conejo tiene las orejas largas para su cuerpo, pero cortas comparadas con las de una liebre —de hasta unos 7 cm— y, sobre todo, de un color pardo uniforme, sin marca negra en la punta. Existe incluso un truco de campo perfecto para una foto de buena calidad: si pliegas mentalmente las orejas del animal hacia delante, en el conejo no sobrepasan el borde del hocico. En cámara, ese detalle —oreja parda que no rebasa la nariz— es casi una firma.
La liebre lleva las orejas más largas (de 9,3 a 11,3 cm según la especie ibérica) y rematadas en una punta negra inconfundible. La ficha del atlas de mamíferos lo dice sin rodeos para la liebre ibérica: «las orejas son muy largas con los extremos negros». Esa mancha negra en el ápice de la oreja es una de las pistas más rápidas de todas: si la ves, casi seguro que es una liebre; si la oreja es parda hasta la punta, casi seguro un conejo. El propio conejo europeo se define en su ficha oficial por contraste: tiene «una coloración uniforme (las liebres presentan una coloración negruzca en la parte distal de las orejas)».
Cuidado, eso sí, con extrapolar la punta negra a cualquier liebre del mundo: entre las liebres americanas la cosa se complica. La liebre de cola negra (Lepus californicus) sí tiene la punta de las orejas negra, pero varias liebres mexicanas de «costados blancos», como la liebre torda, apenas presentan una manchita negra en el borde. Para el binomio ibérico —conejo frente a liebre—, en cambio, la regla de la punta negra es de las más seguras que existen.
La marcha: cómo huye cada uno
Aquí es donde el vídeo de una cámara de fauna se vuelve más revelador que una foto fija, porque conejo y liebre huyen de forma diametralmente opuesta, y esa diferencia es pura estrategia de supervivencia.
El conejo nunca se aleja mucho de casa. Para alimentarse no suele apartarse más de 100 o 200 metros de la boca de su madriguera, precisamente para poder volver corriendo al primer susto. Cuando se alarma, primero se yergue sobre las patas traseras —con lo que gana una visión de casi 360°— y, si la amenaza se concreta, sale disparado a saltos cortos y en línea bastante recta hacia el refugio subterráneo más cercano. Su seguro de vida es el agujero.
La liebre no tiene agujero al que correr, así que su seguro de vida es la velocidad y el engaño. Puede alcanzar los 70 km/h y dar saltos de hasta tres metros, y su fuga es un zigzag de quiebros bruscos y cambios de sentido pensados para descolocar al perro o al zorro. Lo más característico es que nunca se dirige directamente a su lugar de encame: da rodeos, cambia de rumbo para diluir su rastro y, cuando ya está cerca del refugio, pega un último gran salto que la deja orientada en sentido contrario al de la carrera, borrando la pista. La UNAM lo resume en una frase que vale como chuleta mental: la liebre corre en campo abierto para dejar atrás al depredador; el conejo corre en zigzag para meterse en una madriguera.
Esa diferencia de fuga tiene una consecuencia práctica para quien coloca cámaras: la liebre, a plena carrera y por su tamaño, deja un rastro de huellas tan amplio que puede confundirse con el de un zorro o incluso un perro al galope, mientras que el conejo, más recogido, rara vez engaña. Si tu cámara capta una carrera larga y errática en terreno abierto, sospecha de liebre; si es un trote corto que termina en un matorral o una boca de madriguera, piensa en conejo.
La liebre corre en campo abierto para dejar atrás al depredador; el conejo corre en zigzag para meterse en una madriguera. Dos seguros de vida opuestos.
El refugio y la vida social: la diferencia decisiva

Si tuvieras que quedarte con un solo criterio, sería este, porque es el que define a cada especie por dentro. Todo lo demás —el tamaño, las orejas, la marcha— son consecuencias de una decisión evolutiva de fondo: dónde vivir y con quién.
El conejo es un animal profundamente social y subterráneo, y en esto es único. Como recuerda la revisión científica más completa sobre su comportamiento, «el conejo europeo es el único lepórido conocido que forma grupos sociales estables». Vive en colonias que excavan laberintos de galerías —las conejeras o vivares—, con túneles que pueden alcanzar los 40 metros de longitud y varias bocas de entrada. Dentro reina una jerarquía lineal estricta: un macho dominante comparte el territorio con varias hembras y con machos subordinados en torno a un sistema de madrigueras de múltiples entradas. En una población silvestre estudiada, había de 11 a 14 grupos reproductores, y el 89 % de los machos y el 96 % de las hembras vivían en un grupo social junto a al menos otro adulto de su mismo sexo. El vivar principal lo ocupan las hembras de mayor rango; las de menor estatus tienen que criar en túneles más pequeños y peor protegidos, las gazaperas, o incluso fuera. Todo ese entramado deja rastros visibles: bocas de madriguera y, sobre todo, letrinas —montones de excrementos duros que el grupo deposita siempre en los mismos puntos elevados, y que los biólogos usan para estimar cuántos conejos hay en una zona.
La liebre es justo lo contrario: solitaria y de superficie. No excava madrigueras; descansa el día en un simple encame o cama, una pequeña depresión que acondiciona a ras de suelo, junto a una mata o una roca, tapizándola con su propio pelo y algo de hierba seca. Ni colonia, ni túneles, ni jerarquía: cada liebre hace su vida. Por eso sus excrementos, esféricos y algo mayores que los del conejo, aparecen dispersos —dos o tres bolitas aquí y allá— en lugar de acumulados en letrinas. Si en tu finca encuentras montones de excrementos concentrados y bocas de galería, es territorio de conejo; si solo ves bolitas sueltas y camas superficiales entre la vegetación, es de liebre.
En el terreno, esta diferencia de estrategia hasta reparte el espacio: allí donde conviven, conejo y liebre tienden a segregarse, y en la sierra hay un relevo altitudinal claro. En la Sierra de Baza, por ejemplo, el conejo desaparece por encima de los 1.600 metros y es la liebre la que ocupa los prados de alta montaña.
Las crías: el porqué de todo lo anterior
Aquí está la raíz biológica de la que brotan todas las demás diferencias, y es también la más profunda. Conejo y liebre resuelven la reproducción de dos maneras casi opuestas.
Los gazapos del conejo nacen altriciales: ciegos, sin pelo, totalmente indefensos, tras una gestación corta de unos 30 a 39 días. No podrían sobrevivir un minuto a la intemperie, así que dependen por completo de la seguridad de la madriguera subterránea, tapizada con el pelo de la madre, que los amamanta apenas unos quince minutos al día, siempre de noche, y tapa la boca del túnel con tierra al salir para ocultarlos de los depredadores. Las camadas son numerosas —hasta nueve gazapos— y frecuentes: una hembra puede estar receptiva casi todo el año y encadenar varias camadas.
Los lebratos de la liebre nacen en el otro extremo, precoces o nidífugos: tras una gestación más larga (42-44 días), llegan al mundo cubiertos de pelo, con los ojos abiertos y capaces de correr a los pocos minutos. No necesitan madriguera, y por eso la liebre puede permitirse parir a cielo abierto, en la cama superficial. La madre, además, dispersa a las crías en escondrijos individuales y separados, y solo las visita al anochecer para un amamantamiento relámpago de menos de tres minutos, minimizando el tiempo que pasa junto a ellas y el rastro que deja. Las camadas son pequeñas —de una a tres, a veces cuatro crías— porque cada lebrato llega ya muy «terminado».
Todo lo demás se deduce de aquí. El conejo tiene que ser colonial y subterráneo porque sus crías nacen inútiles y necesitan un refugio permanente; la liebre puede ser solitaria y de superficie porque las suyas nacen listas para escapar. La cría explica la madriguera, la madriguera explica la vida social, y la vida social explica hasta la forma de huir.
El conejo tiene que vivir bajo tierra porque sus crías nacen inútiles; la liebre puede vivir a la intemperie porque las suyas nacen corriendo.
Qué mirar en el vídeo: señales de comportamiento

Más allá de la anatomía, una cámara con vídeo capta gestos que también ayudan a identificar y que son, en sí mismos, fascinantes. El más llamativo es el destello de la cola blanca. Cuando un conejo se sobresalta y arranca a correr, levanta la cola y muestra su cara inferior de un blanco puro; en la liebre, ese vientre y esas patas blancas cumplen un papel parecido. Durante mucho tiempo se pensó que era simple casualidad de coloración, pero un estudio reciente que analizó 2.169 huidas de conejos silvestres —usando modelos de zorro y de marta y hasta ataques reales de busardo— demostró que el gesto es sorprendentemente complejo: antes de escapar, exhibir la cola blanca parece funcionar como señal de alarma para avisar a los congéneres del peligro; ya en plena carrera, podría servir para disuadir la persecución del depredador. Ese fogonazo blanco que ves en la grabación no es un adorno: es comunicación.
El conejo tiene otra seña acústica y postural muy suya: cuando detecta una amenaza, golpea el suelo repetidamente con las patas traseras para alarmar al resto de la colonia. Y ese comportamiento de vigilancia —erguirse sobre las patas traseras, orejas tiesas, escrutando el entorno— aparece constantemente en las fotos tanto de conejo como de liebre, porque ambos son presas que viven pendientes de lo que se mueve.
La hora también orienta, aunque nunca decide sola. Conejo y liebre ibéricos son fundamentalmente crepusculares y nocturnos, con actividad concentrada en los ortos y ocasos y una moderada actividad nocturna, un patrón modulado por la comunidad de depredadores de cada zona. Y ese ritmo no es exclusivo de Iberia: en un estudio con cámaras trampa sobre la liebre europea invasora en el centro-sur de Chile, la gran mayoría de los 45 registros fueron nocturnos, con el pico entre las 4 y las 5 de la madrugada. Conviene recordar aquí que el mundo hispanohablante cruza el ecuador: describir a estos animales por su biología —su actividad, su refugio, sus crías— es mucho más fiable que anclarlos a una «estación» de cría que no significa lo mismo en la meseta castellana que en la Patagonia.
Huellas y rastros: la confirmación sobre el terreno
Cuando la imagen deja dudas, el suelo alrededor de la cámara termina de decidir. La huella de un lagomorfo es peculiar: tienen cinco dedos en las manos y cuatro en los pies, pero el abundante pelo que les cubre las plantas hace que la marca sea poco nítida, y a menudo, cuando corren, solo quedan impresos los dedos —con o sin uñas—. En un salto típico, las dos manos quedan por detrás (una algo más retrasada que la otra) y los pies, más grandes, por delante y casi en paralelo.
La diferencia clásica entre ambos, visible sobre todo en terreno blando o nieve, está en la forma que dibuja el grupo de huellas: el conejo deja un rastro en forma de Y y la liebre en forma de L, porque en la liebre las huellas posteriores no quedan tan centradas respecto a las anteriores. La liebre, además, cuando apoya el talón para avisar a otras, marca una línea longitudinal característica. Y las proporciones cantan: la agrupación de huellas de una liebre es mucho más amplia respecto a la distancia de salto que la del conejo, más recogida. En tamaño, el pie de una liebre mide de 7 a 12 cm de largo por unos 3,5 de ancho; el del conejo, apenas 4 cm de largo. Los excrementos rematan la lectura: redondeados en ambos, pero acumulados en letrinas en el conejo y dispersos en la liebre, y algo mayores en esta.

El conejo, pieza que sostiene el monte mediterráneo
Todo lo anterior —saber que ese animal de la foto es un conejo— cobra su verdadero sentido cuando se entiende lo que un conejo significa para el ecosistema ibérico. Porque no es una presa más: es la presa. El proyecto de conservación del lince ibérico lo enuncia sin ambages: el conejo «es una especie clave en los ecosistemas mediterráneos», y su abundancia hace que en la península ibérica dependan de él para comer más de 39 especies de aves y mamíferos. El primer censo ibérico integral eleva la cuenta a más de 40 especies y lo describe como «el vertebrado salvaje que más daños agrícolas provoca en España» a la vez que como pilar de la cadena trófica. Un mismo animal, indispensable y conflictivo.
Dos depredadores lo llevan al extremo. El lince ibérico es un carnívoro cuya «dieta se compone casi en exclusiva de conejo de monte»: hasta tal punto que su microbiota intestinal se ha adaptado para aprovechar incluso los restos vegetales del interior de sus presas, un metabolismo que los científicos del CSIC describen como «híbrido de carnívoro y herbívoro». En términos de dieta, el conejo llega a suponer entre el 70 y el 90 % de lo que come el lince, y no es casualidad que la causa que más influyó en su declive «hasta colocarlo al borde de la extinción terminal» fuera precisamente el desplome de las poblaciones de conejo. El águila imperial ibérica, endémica y En Peligro, es la otra gran dependiente: la ficha de la autoridad ornitológica española la describe como una rapaz «altamente especializada en la caza del conejo», cuya «supervivencia se halla muy ligada a la presencia de esta presa». Cuando la mixomatosis y la enfermedad hemorrágica mermaron al conejo, «las águilas imperiales desaparecieron o dejaron de reproducirse en muchos territorios». Detrás de estos dos vienen el búho real, el zorro, la gineta y el gato montés, más el catálogo entero de rapaces y carnívoros ibéricos.
En términos de dieta, el conejo llega a suponer entre el 70 y el 90 % de lo que come el lince ibérico. Cuando el conejo cae, el lince cae con él.
El problema es que el conejo silvestre lleva décadas en declive en su tierra natal. La cadena de golpes es conocida: primero la mixomatosis, un virus que un médico francés, el Dr. Armand Delille, inoculó a unos conejos en 1952 para proteger sus viñedos y que se extendió por Europa matando, en algunas comarcas, entre el 95 y el 100 % de los conejos; después, en 1988-1989, la enfermedad hemorrágica vírica, que golpeó a los ejemplares de mayor valor reproductivo. El resultado es que el conejo cayó a apenas un 5 % de sus niveles previos a 1950, lo que llevó a la UICN, a finales de la década de 2000, a reclasificarlo como Casi Amenazado en su área nativa —España, Portugal y pequeñas zonas del norte de África— aunque siga siendo plaga donde fue introducido. El primer censo ibérico (programa LIFE Iberconejo, 2009-2022) confirma la sangría con cifras recientes: un descenso del 17,6 % en el conjunto de la península, que se dispara al 57,75 % en las zonas de monte.
Y ahí aparece una paradoja incómoda para la conservación. El conejo escasea justo donde más falta hace —el monte mediterráneo de Sierra Morena, las sierras extremeñas, gran parte de Portugal, donde debería alimentar al lince y al águila— y en cambio abunda en las llanuras agrícolas, donde se convierte en un problema para los cultivos. Un estudio comparativo encontró incluso que las mayores densidades de conejo no están en las áreas protegidas, sino en las fincas cinegéticas intensamente gestionadas, de modo que «las mejores condiciones de alimentación para el lince ibérico y el águila imperial se dan» precisamente en esos cotos regulados. La enfermedad, además, ha reescrito la convivencia entre nuestras dos protagonistas: cuando la mixomatosis saltó del conejo a la liebre ibérica en un brote de 2018, las liebres acabaron excluidas de las áreas de conejo, porque sin conejos alrededor al virus le cuesta más infectarlas. Identificar bien a cada una en el campo deja de ser un ejercicio académico: es aportar datos a un rompecabezas que se está resolviendo en tiempo real.
El reverso: cuando la liebre (y el conejo) son la plaga
Cruza el Atlántico y la película se proyecta al revés. La misma liebre europea que en el norte de España es una especie de caza en cierta regresión y hasta afectada por enfermedades, en el Cono Sur y los Andes es una de las invasoras más temidas. Fue introducida en Argentina en 1888, cuando se soltaron cuatro parejas en una estancia de Santa Fe; de ahí se expandió por casi todo el país hasta sumar decenas de millones de ejemplares, y hoy ocupa también Chile, Uruguay, el sur de Bolivia y de Brasil. Está declarada plaga nacional en Argentina, donde daña plantaciones forestales, cereales, frutas y hortalizas y compite con el ganado ovino por los pastos. En Perú llegó más tarde, a mediados de los años noventa, procedente de Argentina y Chile, y desde 2022 figura oficialmente como Especie Exótica Invasora: avanza de sur a norte por Tacna, Moquegua, Puno, Cusco y Arequipa, arrasa cultivos de cebada, quinua, tarwi, avena, alfalfa y papa, y compite con fauna nativa como el cuy silvestre y la vizcacha. Un estudio chileno documentó además que su presencia altera la dieta de depredadores locales como el puma, al desplazar a las presas autóctonas.
El conejo europeo corre la misma suerte al otro lado del mundo. En Argentina, el «conejo de castilla» está también declarado plaga nacional: introducido en Chile a mediados del siglo XIX, pasó de cuatro ejemplares soltados en Tierra del Fuego en 1936 a más de treinta millones en 1953, y desde allí invadió el continente. El animal que en Doñana se cuenta casi uno a uno para salvar al lince es, en la Patagonia, una amenaza que hay que controlar. Nada resume mejor por qué el contexto lo es todo.
Conviene, por último, no proyectar la historia ibérica sobre toda América. En México, el continente que más lepóridos alberga junto a Estados Unidos y China, hay quince especies silvestres nativas, ocho de ellas endémicas, y varias muy amenazadas. El zacatuche o teporingo (Romerolagus diazi), un pequeño conejo de montaña en peligro de extinción, es también presa de sus depredadores locales —coyote y lince rojo—, aunque, curiosamente, un estudio de sus dietas halló que ambos lo consumen menos de lo que cabría esperar por su disponibilidad, prefiriendo a los conejos del género Sylvilagus. La relación conejo-depredador existe en América, pero con sus propios protagonistas nativos, no con el Oryctolagus europeo.

Cómo colocar la cámara para no perderte al conejo (ni a la liebre)
Un detalle técnico marca la diferencia entre captar a estos animales o dejarlos fuera de plano: la altura a la que instalas la cámara. Un estudio internacional publicado en 2026, con datos de 172 puntos de muestreo en cuatro biomas de Europa, Norteamérica y África y 49 especies de vertebrados, lo dejó claro ya desde el título —«la altura de la rodilla suele ser la correcta»— y aporta un umbral útil: en torno a los 50 kg de peso corporal. Por debajo de esa cifra, las cámaras bajas, situadas a unos 30-50 cm del suelo, detectan bastantes más eventos de especies pequeñas y medianas; las cámaras altas, en cambio, tienden a fallar con ellas. El conejo y la liebre ibérica aparecen citados expresamente entre esa mesofauna que una cámara demasiado elevada puede «perder». La recomendación general para inventarios y seguimientos multiespecie es, por tanto, la clásica altura de rodilla; solo si tu objetivo fuera exclusivamente la caza mayor —ciervos, jabalíes— tendría sentido subirla para filtrar precisamente a los pequeños. Y una advertencia metodológica que los propios autores subrayan: si cambias la altura entre campañas, los cambios en la tasa de captura pueden deberse a ese ajuste de centímetros y no a una variación real de la fauna.
Colocada a la altura correcta, una cámara en un paso, junto a una boca de madriguera o a la vera de un sembrado captará conejos y liebres a decenas. Y ahí surge el problema práctico de siempre: la inmensa mayoría de esas fotos serán de vegetación movida por el viento, o del mismo conejo repetido cien veces, y encontrar el registro que importa —esa liebre que solo pasa al amanecer, o el conejo que confirma que la colonia sigue viva para el lince— exige revisar tarjetas interminables.
Preguntas frecuentes
¿Cuál es la diferencia entre un conejo y una liebre en una foto de cámara?
El tamaño y el porte primero (conejo pequeño y rechoncho, liebre grande y atlética), las orejas después (cortas y de punta parda en el conejo; largas y de punta negra en la liebre) y el refugio como confirmación (el conejo vive en madrigueras coloniales; la liebre, sola, en camas a ras de suelo). En vídeo, el conejo huye recto hacia su agujero y la liebre en zigzag por campo abierto.
¿Un conejo y una liebre son la misma especie de distinto tamaño?
No. Son lepóridos distintos con biologías opuestas. La prueba más de fondo está en las crías: los gazapos del conejo nacen ciegos, sin pelo y dependientes en la madriguera, mientras que los lebratos de la liebre nacen con pelo, con los ojos abiertos y corriendo a los pocos minutos, a la intemperie.
¿Por qué es tan importante el conejo para el lince ibérico?
Porque es prácticamente su único alimento: la dieta del lince se compone casi en exclusiva de conejo de monte, hasta un 70-90 %, y su declive por la mixomatosis y la enfermedad hemorrágica fue la causa principal de que el lince llegara al borde de la extinción. También el águila imperial ibérica depende estrechamente del conejo.
¿La liebre europea es una plaga o una especie amenazada?
Depende de dónde. En su área nativa (norte de la península ibérica) es una especie de caza en cierta regresión; pero introducida en Argentina (desde 1888), Chile y Perú (desde los años noventa) es una especie exótica invasora declarada que arrasa cultivos y compite con la fauna y el ganado nativos.
¿Cómo distingo sus rastros si no veo al animal?
Por las huellas y los excrementos. En terreno blando, el conejo deja un rastro en forma de Y y la liebre en forma de L; la agrupación de huellas de la liebre es más amplia. Y las cacas, esféricas en ambos, aparecen amontonadas en letrinas en el conejo y dispersas en la liebre.
¿A qué altura pongo la cámara para captar conejos y liebres?
A la altura de la rodilla, unos 30-50 centímetros del suelo. Un estudio internacional de 2026 demostró que las cámaras bajas detectan muchas más especies pequeñas y medianas —conejo y liebre incluidos— que las colocadas más arriba, que tienden a perderlas.