Hay una foto que casi todo el que empieza en el fototrampeo acaba teniendo por duplicado: doscientas imágenes de una rama meciéndose al viento y, entre ellas, ni un solo animal. La cámara funcionaba. Las pilas estaban cargadas. La tarjeta, medio llena. Y sin embargo el bicho que buscabas —el gato montés, la garduña, el zorro que sabes que cruza por ahí— no aparece por ningún lado. El problema casi nunca es el equipo. Es el sitio. Colocar bien una cámara de fauna no consiste en clavarla en el primer árbol con buenas vistas, sino en apostarla justo donde el animal va a pasar, a la altura y el ángulo a los que el sensor lo va a ver de verdad. Y ahí, en esos pocos metros de decisión, se juega el 90 % del resultado.
La buena noticia es que esto no es magia ni intuición: hay una base de evidencia sólida sobre dónde detecta más una cámara y por qué. Un experimento con cámaras emparejadas en Virginia demostró que colocar el aparato sobre una senda de fauna o frente a un tronco caído, en lugar de en un punto al azar a pocos metros, multiplicaba las capturas de algunas especies hasta 9,7 veces. Y en un parque nacional del centro de Italia, dos carnívoros escurridizos —el lobo y el gato montés— dejaron 242 y 80 registros en las cámaras sobre senda frente a apenas 5 y 5 fuera de ella. La diferencia entre una tarjeta vacía y un archivo lleno de tesoros no está en la cámara. Está en leer el terreno.
Colocar bien la cámara no es clavarla donde hay buenas vistas: es apostarla donde el animal va a pasar, a la altura y el ángulo a los que el sensor lo verá de verdad.
Primero, la pregunta que lo decide todo
Antes de pensar en centímetros, ángulos o marcas, hay una sola pregunta que separa una buena ubicación de una mala, y conviene hacérsela en voz alta delante de cada árbol candidato: ¿por qué querría un animal venir exactamente a este punto?. Los animales, como nosotros, siguen el camino de menor resistencia. Nadie —ni un zorro, ni un jabalí, ni un corzo— se abre paso a través de un zarzal si tiene al lado una vereda despejada. Plantar la cámara mirando a una mata de brezo denso garantiza pocas capturas; plantarla en el paso que el animal ya usa lo cambia todo.
Ese «por qué» tiene respuestas concretas y casi siempre visibles en el suelo: una senda trillada, un paso obligado entre dos zonas, un punto de agua en pleno secano, un lamedero, una zona de alimentación, un lugar de sombra en verano. La técnica de fondo del fototrampeo, antes que cualquier ajuste, es leer el paisaje: buscar huellas, excrementos, revolcaderos, sendas marcadas, y dejar que esos rastros te digan dónde concentra la fauna su tránsito. Los caminos arenosos o embarrados guardan huellas frescas; un revolcadero de jabalí es una firma inequívoca de que hay jabalíes cerca. Ese trabajo de campo previo —recorrer, mirar, interpretar— es la mitad del oficio, y es lo que distingue una cámara que «graba algo» de una cámara que responde a una pregunta.
Y hay un corolario práctico que ahorra semanas perdidas: si un emplazamiento no da registros significativos tras varios días o semanas, cámbialo de sitio. No tiene sentido dejar la cámara clavada en un punto improductivo por pereza de volver; muévela hasta dar con un paso realmente activo.
Por qué la senda lo cambia todo (y qué te cuesta)
Si tuvieras que quedarte con un solo principio de emplazamiento para especies esquivas, sería este: ponla sobre la senda. La evidencia es contundente y viene de sistemas muy distintos. En el experimento de cámaras emparejadas de Virginia, las tasas de captura fueron significativamente más altas en las cámaras sobre senda o frente a un tronco que en su pareja al azar, con incrementos de detección del 11 al 33 % para varias especies, y para los roedores un salto del 24,9 al 38,2 %. Al revés, las cámaras colocadas al azar registraron un 46,2 % menos de eventos totales en los pares de senda.
Para los carnívoros —los animales que más cuesta ver— el efecto es aún más marcado, porque usan las sendas, caminos y cortafuegos como rutas de patrulla para gastar menos energía y encontrar presas. En la sabana de Ruaha (Tanzania), un diseño emparejado de senda frente a azar encontró que los carnívoros tenían una probabilidad significativamente mayor de caer en las cámaras de senda en la estación seca, y ninguna especie apareció más en las cámaras al azar. En el Apenino italiano, la brecha fue espectacular: el lobo pasó de 5 registros fuera de senda a 242 sobre ella; el gato montés, de 5 a 80. Traducido al monte ibérico o al bosque neotropical, el mensaje es directo: si persigues al lince, al puma, al lobo o al gato montés, la senda es tu mejor aliada.
Para el lobo, el gato montés o el puma, la senda no es una opción más: es el sitio donde de verdad los vas a ver.
Ahora bien, esta potencia tiene una letra pequeña que conviene conocer, sobre todo si tus fotos van a alimentar un conteo. La cámara sobre senda sesga los datos: infla la abundancia relativa de los carnívoros y tiende a mostrar una actividad más diurna de la real. En Ranthambhore (India), las cámaras al azar reprodujeron fielmente la abundancia verdadera —la calculada por captura-recaptura y muestreo de distancia—, mientras que las de senda la sobreestimaban para los carnívoros; y, dato revelador, las cámaras al azar captaron la actividad nocturna de los ungulados que las de senda mostraban como casi diurna, porque las presas evitan las sendas de noche por miedo al depredador. Dicho de otro modo: la senda es imbatible para detectar especies esquivas, pero si lo que quieres es medir cuántas hay o cuándo están activas, necesitas también cámaras fuera de ella.
Aquí ayuda pensar en términos de objetivo, no de dogma. Una síntesis de esa evidencia lo resume bien: usa cámaras sobre senda cuando la prioridad sea detectar especies emblemáticas o esquivas, o hacer foto-identificación; usa colocación aleatoria o sistemática cuando busques estimar sin sesgo la abundancia, los patrones de actividad o la composición de la comunidad; y combina ambas para retratar el ecosistema entero. El estudio italiano llega justo a esa conclusión: para monitorear una comunidad de mamíferos, la cámara sobre senda rinde más por esfuerzo, pero un enfoque mixto —dentro y fuera de la senda— es lo ideal para entender el uso del hábitat.

Cuellos de botella: donde el terreno decide por ti
Dentro de una senda no todos los puntos valen lo mismo. El sitio de oro es el cuello de botella: un paso estrecho por donde el animal se ve obligado a pasar —una brecha entre rocas, un vado de arroyo, una abertura en un vallado, un corredor entre dos zonas de matorral denso—. La lógica es de puro sentido común: si el animal solo puede cruzar por ahí, sabes exactamente dónde va a estar y puedes componer la escena para él. Los fotógrafos de fauna que trabajan con cámaras trampa buscan primero las «carreras» —esas líneas finas de hierba pisada que delatan una ruta habitual— y las siguen hasta encontrar el punto de estrangulamiento donde plantar el aparato.
Ese razonamiento del «punto obligado» es también el que explica por qué una cámara bien puesta en un cuello de botella supera a un puñado de cámaras repartidas al azar: concentra el esfuerzo justo donde la probabilidad de paso es máxima. Y encaja con lo que sabemos de la detección: los animales pequeños y esquivos son intrínsecamente más difíciles de captar, de modo que forzar su trayectoria a un punto conocido compensa esa dificultad. Un tronco caído atravesado en la senda, un puente natural sobre un barranco, la única apertura de una cerca: son regalos del terreno. Apúntalos.
Puntos de agua: el imán de la estación seca
Cuando aprieta el calor y el terreno se seca, el agua se convierte en un paso casi obligado para media fauna. Charcas, manantiales, pequeñas balsas, abrevaderos y bebederos naturales ofrecen un flujo constante de animales —machos, hembras y crías— y, sobre todo, permiten captar especies que apenas se dejan ver en otras partes del territorio. En el Chaco seco paraguayo, doce cámaras colocadas a unos 50 cm del suelo junto a aguadas artificiales registraron a lo largo de un año 74 especies de aves, y resultaron especialmente eficaces para detectar perdices (tinamiformes) y palomas (columbiformes), aves de suelo, crípticas y difíciles de ver de forma directa. El agua no solo atrae mamíferos: para el naturalista que quiere inventariar aves terrestres esquivas, un bebedero es un observatorio inmejorable.
Hay, eso sí, un matiz que decide el éxito. El punto de agua solo funciona como imán cuando el agua escasea. Si el terreno dispone de agua abundante y bien repartida, los animales no concentran sus visitas y la charca grande pierde eficacia; en ese caso rinde más vigilar pequeñas surgencias o puntos de agua discretos próximos a zonas de alimentación o descanso, adonde los animales acuden con más tranquilidad y de forma más repetida. Y una advertencia física nada trivial: las cámaras son resistentes a la intemperie pero no sumergibles, así que si la apuestas junto a un arroyo o una charca, vigila la crecida —una tormenta repentina puede dejar tu equipo bajo el agua—.
Un bebedero en pleno secano es un imán para media fauna; el mismo bebedero, rodeado de agua por todas partes, no atrae a nadie.
Altura, ángulo y distancia: la mecánica de la detección

Aquí es donde la mayoría de las capturas se ganan o se pierden, y donde conviene entender cómo «ve» una cámara. El sensor no ve imágenes: es un sensor infrarrojo pasivo (PIR) que se dispara cuando detecta a la vez movimiento y un cambio de temperatura respecto al fondo. Por eso la firma térmica manda: un ciervo, con su gran superficie caliente, es facilísimo de detectar; un ratón de campo, minúsculo, es un reto. Y por eso la detección cae con el tamaño del animal y con la distancia, siguiendo la ley del inverso del cuadrado.
La altura. La regla general, respaldada por casi todos los manuales, es la altura de la rodilla: unos 30-50 cm del suelo, con la cámara paralela al terreno. A esa altura los animales pequeños salen en la parte baja del encuadre y los grandes —ciervos, osos— no quedan decapitados por arriba. El protocolo nacional de fototrampeo de Chile, un estándar científico, fija las cámaras a 20-50 cm y orientadas en paralelo a la pendiente; el manual de la Selva Maya recomienda 40-60 cm para mamíferos medianos y grandes y 30 cm para los pequeños. El experimento canadiense que midió la detección con maniquíes de distintos tamaños fue tajante: colocar la cámara por debajo de 90 cm y paralela al suelo (casi 0° de inclinación) dio las mayores probabilidades de detección, porque así el sensor apunta al centro de masa del animal.
Hay una excepción importante para el que persigue una sola especie esquiva. Cuando el objetivo son felinos pequeños o mustélidos, muchos especialistas no ponen la cámara a la altura de la rodilla, sino a la altura del propio animal y de lado, para obtener una foto lateral que permita identificarlo. El manual de la Alianza Gato Andino, dedicado a uno de los félidos menos conocidos del mundo, lo dice sin rodeos: fija la cámara a la altura aproximada del animal para tomar una fotografía lateral y evita los ángulos hacia abajo; comprueba el encuadre atravesando la zona de detección a esa misma altura —para un gato pequeño, con la cabeza a pocos centímetros del suelo—. Es el mismo principio que subraya la mejor guía de buenas prácticas: ajusta la altura de la cámara a la especie objetivo.
No hay una altura «correcta» universal: hay la altura a la que el sensor ve el centro del cuerpo del animal que persigues.
El ángulo. Angular demasiado alto hace perder detecciones; demasiado bajo, sobreexpone la imagen y aparece ese anillo blanco quemado en el centro. Si el árbol no crece recto, no te resignes a un mal ángulo: calza la cámara con un palo entre el aparato y el tronco para dejarla paralela al suelo. Y respecto a la senda, hay un consejo que cambia mucho el rendimiento de las cámaras con disparo lento: apunta a lo largo de la senda, hacia arriba o hacia abajo, no de través. Si el animal cruza perpendicular al objetivo, muchas veces la cámara no llega a dispararse a tiempo; si camina hacia la cámara por la senda, permanece más tiempo en la zona de detección y da margen al sensor. Una ligera inclinación hacia el paso, en lugar de un corte perpendicular, amplía esa ventana.
La distancia. Las cámaras de fauna no enfocan de cerca: por debajo de unos 2,5 m muchas devuelven imágenes borrosas. Pero tampoco conviene alejarse: la detección cae de forma monótona más allá de unos 6 m. El punto dulce para mamíferos medianos y grandes está en 3-5 m entre la cámara y el paso; para mamíferos pequeños y aves, algo más cerca, 2,5-4 m. En la práctica, apuntar al punto de interés a unos 4 metros, con la cámara ligeramente inclinada, es una regla robusta que evita a la vez el desenfoque de cerca y el reflejo del flash infrarrojo de noche. Y deja 1,2-1,5 m despejados justo delante del objetivo para que nada rebote el flash.
Un detalle más, fácil de olvidar y caro de pagar: nada de vegetación herbácea o ramas justo delante del sensor. Aunque en teoría una rama no cambia la temperatura ambiente y no debería disparar la cámara, en un día soleado y con viento el sol moteando entre hojas que se mueven sí engaña al PIR, y te llenas la tarjeta de fotos vacías. Recorta con cuidado lo imprescindible —sin desbrozar de más, que eso también ahuyenta— y ata bien las correas, porque una correa suelta ondeando espanta a la fauna que intentas atraer.
Orientación y sol: hacia el polo más cercano
Un error clásico arruina campañas enteras: dejar la cámara mirando al sol del amanecer o del atardecer. El resultado son imágenes veladas, con destellos y contraluces que hacen imposible identificar nada. La solución es orientar el objetivo de modo que el sol no le dé de frente en las horas bajas. Aquí conviene desactivar de raíz un consejo mal copiado: las guías del hemisferio norte dicen «apunta al norte», pero eso solo vale allí. La regla correcta, válida en cualquier latitud, es orientar la cámara hacia el polo más cercano —al norte en el hemisferio norte, al sur en el hemisferio sur— para que el sol describa su arco por detrás o por un lado del aparato, y nunca de frente. En cambio, en los meses de invierno la trayectoria del sol es mucho más baja, así que puedes relajar bastante esta norma.
Hay además un matiz técnico que el estudio canadiense sacó a la luz: el sol de frente no solo estropea la foto, también reduce la detección, porque la radiación acumulada homogeneiza la temperatura de la superficie del animal y del fondo, y el PIR distingue peor. La detección media pasó de 0,73 por la mañana, con el sol por detrás, a 0,69 por la tarde. Otra razón para colocarse el sol a la espalda, no delante.

El cebo: útil a veces, nunca una fórmula mágica
El cebo y los atrayentes olfativos son, quizá, el tema más malentendido del fototrampeo. La tentación es fuerte: si un olor potente atrae al bicho, ¿por qué no usarlo siempre? La evidencia aconseja mucha cautela, porque el efecto depende de la especie y dista de ser universal.
El estudio más grande sobre esto —844 cámaras en Alberta, con un cebo de olor a mofeta y almizcle en un tubo a 5 m de la cámara— encontró que el atrayente aumentaba significativamente la detección de los depredadores (grandes y pequeños carnívoros), pero no tenía efecto sobre las presas (micromamíferos, ungulados) y, sorprendentemente, tampoco sobre el lobo. El total de detecciones con y sin cebo fue casi idéntico: el cebo no crea fauna, solo reordena quién se acerca. En Uganda, un complejo de carne, fruta y olor subió la detección de pequeños carnívoros —incluido un civeta principalmente arborícola que bajó al suelo por el cebo— pero redujo las visitas de algunas presas (duikers) justo después de reponerlo. El cebo, además, funciona a ráfagas: su efecto es máximo recién colocado y se desvanece a lo largo de la semana.
Y luego está el reverso incómodo para quien persigue felinos. La Alianza Gato Andino, tras años tras el gato andino y el gato del pajonal, concluyó que los atrayentes olfativos sintéticos no mejoraban la detección de esos pequeños gatos; por eso prefieren escoger un paso con huellas y heces frescas de carnívoros antes que cebar. El manual chileno lo confirma como un debate abierto: en algunos estudios el atrayente subió la tasa de captura —por ejemplo, para el ocelote—, pero en otros no favoreció la detección y, además, puede alterar los patrones de conducta, un problema serio si estudias varias especies a la vez. La lección: el cebo es una herramienta de nicho —sobre todo para mustélidos y algún carnívoro concreto—, no un interruptor de «más fotos».
Cuando el cebo sí ayuda, la forma importa. En un estudio sobre comadrejas —animales pequeños, rápidos y escurridizos— la mejor combinación fue cebo de castor con atrayente de salmón, y aunque el cebo no aumentó el número de fotos, sí mejoró mucho su nitidez, clave para identificar a la especie; el tiempo medio hasta la primera detección fue de 43 días, un recordatorio de que estas especies exigen paciencia. Para una campaña de larga duración en zonas nevadas o de difícil acceso, algunos equipos recurren incluso a dispensadores automáticos de olor montados en un árbol, que mantienen el atrayente durante meses sin necesidad de volver —una solución elegante para detectar carnívoros extremadamente raros como el glotón—.
Dos cautelas finales. Primero, el cebo alimenticio atrae también a domésticos indeseados —perros, cerdos, gallinas— que gastan tarjeta y batería para nada. Segundo, hay una diferencia ética entre poner un cebo puntual para un montaje concreto y cebar de forma repetida hasta que un animal se acostumbre a acudir a un sitio: esto último puede ponerlo en riesgo y conviene evitarlo. Y por descontado, muchos protocolos científicos —como el de Snapshot Chile— prohíben cualquier cebo o atrayente precisamente para no sesgar los datos.
El cebo no crea fauna: solo reordena quién se acerca, y con algunas especies esquivas no reordena nada en absoluto.
El método científico frente al oportunista
Merece la pena separar dos formas de trabajar que a veces se confunden, porque persiguen cosas distintas. El fototrampeo oportunista —el del fotógrafo o el naturalista que quiere ver a la especie esquiva— busca el mejor sitio posible: la senda más trillada, el cuello de botella, el bebedero, y no le importa el sesgo porque su objetivo es la captura, no el censo. El muestreo científico —el que quiere medir poblaciones sin sesgo— sacrifica capturas a cambio de rigor: coloca las cámaras de forma aleatoria o sistemática, a menudo en rejilla, con una separación fija y sin cebo.
El estándar científico tiene su propia gramática. Snapshot Chile, por ejemplo, exige cámaras a altura de rodilla, orientadas en paralelo a la pendiente, separadas entre 200 m y 5 km, sin cebo, con disparo de 0,5 s o menos. Este montaje «estándar» —cámara en árbol o poste, a la altura de la rodilla, mirando a una senda o zona abierta— capta la mayor diversidad de especies; y si buscas una en concreto que el montaje estándar no coge, existe el montaje dirigido, orientado a una estructura específica (una madriguera, un nido, un cruce de fauna) o más pegado al suelo para los roedores. La elección entre uno y otro no es de mejor o peor: es de para qué. Un dato que ilustra el precio del rigor: en el estudio italiano, el diseño fuera de senda necesitó 1,5 veces más jornadas de trabajo que el de senda para cubrir lo mismo.
Si tus fotos van a servir para algo más que el álbum —una estimación de densidad por modelos de encuentro aleatorio, por ejemplo—, ten presente que esos modelos exigen colocación aleatoria y una estimación precisa del área que vigila cada cámara, lo que hace crítico estandarizar altura y modelo. Y si combinas técnicas, documenta siempre cómo colocaste cada cámara: altura, orientación, uso o no de cebo. Sin ese registro, los números no se pueden comparar.

Un flujo de trabajo para empezar
Reunido todo, el proceso para apostar una cámara ante una especie esquiva se resume en una secuencia sencilla:
- Camina y lee el terreno. Busca huellas, excrementos, sendas trilladas, revolcaderos, pasos entre zonas. Deja que los rastros te digan dónde va la fauna, no al revés.
- Elige el punto por su «por qué». Una senda con un cuello de botella, un vado, un bebedero en secano, un lamedero. Si no sabes por qué vendría un animal ahí, sigue buscando.
- Fija la altura a la especie. Rodilla (30-50 cm) y paralela al suelo para una comunidad; a la altura del animal y de lado si persigues un felino o un mustélido concreto.
- Ajusta ángulo y distancia. Apunta a lo largo de la senda, no de través; deja el punto de paso a 3-5 m; calza la cámara para que quede paralela al suelo.
- Orienta hacia el polo más cercano y despeja lo que haya delante del sensor; ata las correas.
- Decide el cebo con cabeza. Solo si tu objetivo es un carnívoro o un mustélido que responde a él, colocado a la distancia y altura correctas; nunca como fórmula automática, y jamás cebando de forma continuada.
- Ten paciencia y reubica si hace falta. Las especies esquivas tardan —semanas, a veces— en aparecer; pero si un sitio no da nada en un tiempo razonable, muévete.
La otra cara de un buen emplazamiento es que funciona demasiado bien: una cámara bien puesta en un paso genera miles de imágenes, y la inmensa mayoría serán vegetación movida por el viento o el mismo animal común repetido cien veces. Encontrar ese único registro que importa —el gato montés que solo cruza una vez a la semana, el lobo que confirma que el grupo sigue en la zona— obliga a revisar tarjetas interminables.
Preguntas frecuentes
¿Dónde se coloca una cámara de fauna para captar especies esquivas?
Sobre las sendas y pasos que el animal ya usa, y mejor aún en un cuello de botella —un paso estrecho por donde se ve obligado a cruzar— o en un punto de agua durante la estación seca. Colocar la cámara sobre una senda en lugar de al azar multiplica las capturas, sobre todo de carnívoros esquivos.
¿A qué altura y ángulo pongo la cámara?
La regla general es la altura de la rodilla, unos 30-50 cm, con la cámara paralela al suelo, para no cortar a los grandes ni perder a los pequeños. Si persigues un felino o un mustélido concreto, ponla a la altura del animal y de lado para una foto identificable, evitando los ángulos hacia abajo.
¿A qué distancia del paso debe estar la cámara?
Entre 3 y 5 metros del punto de paso para mamíferos medianos y grandes, y algo más cerca (2,5-4 m) para animales pequeños y aves. Más cerca de 2,5 m muchas cámaras desenfocan; más allá de 6 m la detección cae mucho.
¿El cebo mejora las fotos de animales esquivos?
Depende de la especie. El atrayente olfativo sube la detección de varios carnívoros (y de mustélidos como la comadreja), pero no la de las presas, y en estudios con felinos pequeños como el gato andino no mejoró nada. No es una fórmula universal, puede sesgar los datos y muchos protocolos científicos lo prohíben.
¿Hacia dónde oriento la cámara para evitar el sol?
Hacia el polo más cercano: al norte en el hemisferio norte y al sur en el hemisferio sur, de modo que el sol pase por detrás o por un lado y nunca de frente. Además de estropear la imagen con destellos, el sol de frente reduce la propia detección.
¿Colocar la cámara al azar o en el mejor sitio posible?
Si quieres ver o detectar a la especie esquiva, en el mejor sitio posible: la senda, el cuello de botella, el agua. Si quieres medir cuántas hay o cuándo están activas sin sesgo, necesitas colocación aleatoria o sistemática, porque la senda infla la abundancia de carnívoros y sesga la actividad hacia el día.