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Puma, jaguar u ocelote: identificar felinos neotropicales con cámaras trampa

Un jaguar cruzando un sendero en la penumbra del bosque tropical, mostrando las grandes rosetas con puntos negros en el centro

Revisas la tarjeta después de un mes de cámara en el monte y aparece un felino manchado que cruza el encuadre en la penumbra. En un solo fotograma nocturno, movido y a contraluz del infrarrojo, la pregunta no es trivial: ¿es un jaguar joven, un ocelote adulto, o uno de los pequeños manchados que tanta gente confunde entre sí? Y si el animal es de color liso, la duda cambia de forma: ¿puma, o ese felino largo y sin manchas que a veces parece una comadreja gigante? En el Neotrópico pueden coincidir hasta seis especies de felinos en el mismo paisaje, y varias comparten senderos, horarios y hasta el mismo nombre popular.

La buena noticia es que casi siempre hay una jerarquía de pistas que resuelve la foto. Primero, el patrón del pelaje: el jaguar lleva rosetas grandes de borde roto con uno o más puntos negros dentro; el ocelote no tiene ese punto central, sino manchas alargadas y rosetas abiertas que se encadenan formando bandas oblicuas a los lados; el puma es de color uniforme, sin manchas; y el jaguarundí también es unicolor, pero alargado y de patas cortas. Después, el tamaño y el porte, la cola y, cuando la cámara falla, los rastros del suelo. Este artículo es una guía para leer esas señales en las condiciones reales del fototrampeo, pensada para investigadores, naturalistas y quien participa en ciencia ciudadana y quiere aportar registros fiables, no confundir un margay con un ocelote ni un gato de Geoffroy con una oncilla.

En un fotograma nocturno lo primero es el patrón del pelaje; el tamaño, la cola y las huellas confirman lo que la mancha sugiere.

Por qué se confunden (y por qué importa acertar)

En buena parte del continente, del sur de México al norte de Argentina, conviven en un mismo bosque el jaguar (Panthera onca), el puma (Puma concolor), el ocelote (Leopardus pardalis) y los pequeños manchados —margay (Leopardus wiedii), tigrina u oncilla (Leopardus tigrinus / Leopardus guttulus)— más el jaguarundí (Herpailurus yagouaroundi). Un proyecto en el Valle del Mamoni, en Panamá, registró con cámaras cinco de las seis especies del país —jaguar, puma, ocelote, margay y jaguarundí— en el mismo mosaico de bosque. En Buenaventura, en el Pacífico colombiano, las cámaras de la autoridad ambiental captaron esas mismas cinco especies revisando más de diez mil fotografías. Compartir el paisaje es la norma, no la excepción.

Acertar no es un lujo de coleccionista. Una identificación errónea contamina cualquier conteo: si separas por error un individuo en dos, o metes un ocelote en la casilla del margay, distorsionas la abundancia estimada de una especie que ya de por sí es difícil de censar. De hecho, la identificación manual de fotos tiende a sobreestimar las poblaciones de felinos manchados, un sesgo que la analítica moderna busca corregir. Y hay una dimensión de conservación: la mayoría de estas especies están amenazadas a escala nacional aunque no lo estén a escala global, y cada registro fiable alimenta su seguimiento. Como resumió un investigador que siguió jaguares en la triple frontera de Perú, Ecuador y Colombia, las manchas de un jaguar «son como las huellas dactilares» que distinguen a cada individuo: leerlas bien es la base del método.

Una advertencia sobre las palabras, porque en este tema son un campo minado. En el Neotrópico un mismo nombre popular puede designar especies distintas según el país. «Tigrillo» se usa para el margay, para la tigrina/oncilla e incluso para el ocelote, según la región. «Gato montés», en el Cono Sur, es el gato de Geoffroy (Leopardus geoffroyi), no el gato silvestre europeo. Al jaguar se le llama «yaguareté» en Argentina y Paraguay, «otorongo» en la Amazonía peruana y «tigre» en el habla rural de varios países. Y «león» es, en muchos lugares, el puma. La regla práctica es sencilla: no te fíes del nombre local; comprueba de qué especie se trata y, cuando publiques un registro, acompáñalo del nombre científico.

Primero el patrón: rosetas, cadenas o pelaje liso

Antes de medir nada, mira el dibujo del pelaje. Es la señal que más rápido descarta grandes grupos, y la que mejor sobrevive a una foto mediocre si el flanco está a la vista.

El jaguar tiene el patrón más característico de todos: rosetas grandes, de borde roto, que encierran uno o más puntos negros en el centro. La ficha oficial argentina lo precisa: algunas rosetas llegan a los 90 mm de diámetro y guardan de uno a seis puntitos negros en su interior, algo que no ocurre en el leopardo del Viejo Mundo ni en las otras especies americanas. Si ves rosetas con relleno de puntos sobre un animal grande y robusto, es un jaguar.

El ocelote es donde más gente tropieza, porque su pelaje «se parece» al del jaguar a primera vista. La diferencia decisiva está en el interior de la mancha. La ficha del ocelote del gobierno de Campeche lo dice sin rodeos: a diferencia del jaguar, el ocelote no tiene rosetas con punto en el centro; en su lugar presenta una mezcla de puntos sólidos, rosetas abiertas (sin punto central) y, sobre todo, manchas alargadas que se conectan formando cadenas o bandas a los lados del cuerpo y en el cuello. La autoridad peruana lo describe igual: manchas alargadas de borde negro que forman rayas en cadena y corren oblicuamente por los costados. La ficha felina de la UICN lo resume en una frase útil: las manchas del ocelote «se fusionan para formar las típicas bandas longitudinales en los lados». Rosetas rellenas de puntos = jaguar; cadenas y bandas sin punto central = ocelote.

El puma simplifica la vida: es de color uniforme, sin manchas ni rosetas en el adulto —de ahí su nombre científico, concolor—, con tonos que van del gris plateado al pardo rojizo o el leonado. Solo las crías pueden mostrar algunas manchas o rayas que desaparecen al crecer. Una ficha colombiana añade un detalle que se ve bien en cámara: muchos pumas tienen una línea negra que baja de la frente, cruza junto al ojo y forma dos parches oscuros a los lados del hocico, sobre un labio blanco.

Y el jaguarundí es el que rompe el esquema: también unicolor, pero no se parece a un puma pequeño. Su pelaje es corto y uniforme, en una de tres fases de color —negruzco, gris o rojizo—, sin manchas. Es el intruso que hay que tener presente para no forzar un patrón donde no lo hay.

Rosetas rellenas de puntos negros: jaguar. Cadenas y bandas sin punto central: ocelote. Esa sola distinción resuelve la confusión más frecuente de la cámara.

El tamaño y el porte: la primera gran criba

Detalle del pelaje de un jaguar con grandes rosetas de borde roto que encierran uno o varios puntos negros en el centro

Cuando el patrón no basta —una foto lisa, un animal a media distancia—, el tamaño y la constitución dividen el problema en dos. A un lado, los dos felinos grandes: jaguar y puma. Al otro, el mediano ocelote y los tres pequeños manchados y sin manchas.

El jaguar es el mayor felino de América: de constitución maciza, cabeza inusualmente grande, patas relativamente cortas y mandíbulas muy potentes. La ficha argentina da pesos de adultos de 79,5 a 119 kg en machos y 60,5 a 85 kg en hembras. Una guía oficial mexicana sitúa a los machos jaguar en 64–85 kg. El rango es amplio porque el tamaño del jaguar varía geográficamente: los más pequeños están en la Amazonía y Centroamérica, y los más grandes en el Pantanal y los Llanos venezolanos, donde hay presas mayores en hábitats abiertos.

El puma es el segundo felino más grande del continente y de porte muy distinto: cuerpo esbelto, cabeza redondeada y proporcionalmente pequeña, patas largas —tiene las patas traseras proporcionalmente más largas de toda la familia— y una cola larga. Su peso también cambia con la latitud: los pumas de Chile austral y Canadá pesan el doble que los tropicales, que compiten con el jaguar y se quedan más pequeños. La ficha chilena describe individuos de poco más de 100 kg y casi 2,5 m de largo total en Aysén y Magallanes, mucho mayores que los del norte del país.

Aquí hay una trampa que conviene conocer, porque desmonta la idea de que «grande = jaguar, mediano = puma». Un estudio del sur de México que capturó y midió jaguares y pumas simpátricos encontró que la hembra de jaguar y el macho de puma pueden tener masa y tamaño corporal muy parecidos: hembras de jaguar en torno a 34 kg frente a machos de puma cercanos a 31 kg, sin diferencia estadística en el peso. La distinción no la hace la báscula, sino la forma: el jaguar es más robusto, de cabeza más ancha y con caninos y hocico claramente mayores; el puma es más grácil, de cabeza pequeña y hocico algo achatado. Un artículo divulgativo boliviano lo pinta bien: el puma es «ligero y extremadamente ágil», mientras que el jaguar es «pesado y mucho más fuerte», con una cabeza grande y cuadrada de mandíbulas poderosas.

El ocelote ocupa el escalón intermedio, y es netamente más pequeño y esbelto que un jaguar. Las fichas felinas de la UICN le dan un peso de 8 a 15,1 kg y un cuerpo de 50 a 101 cm; una ficha centroamericana lo cifra en 7–15 kg. Es el gato manchado más grande del género Leopardus y el más adaptable del gremio de felinos pequeños y medianos. Puesto junto a un margay, se nota: pesa mucho más, es más alto de hombros y tiene la cola más corta.

Los tres pequeños —margay, tigrina/oncilla y jaguarundí— caen en el rango de un gato doméstico algo grande. El margay pesa 2,3–4,9 kg; la tigrina es el más ligero, con machos que apenas superan los 3,8 kg; el jaguarundí va de 2,5 a 7,6 kg. Ninguno se confunde con un jaguar o un puma por tamaño; el reto con ellos es separarlos entre sí y del ocelote.

Una hembra de jaguar y un macho de puma pueden pesar lo mismo: lo que los distingue no es la báscula, sino la forma del cuerpo y de la cabeza.

Los pequeños manchados: ocelote, margay y tigrina

Un ocelote en el bosque mostrando las manchas alargadas y rosetas abiertas que se encadenan formando bandas oblicuas en los costados

Aquí empieza el trabajo fino, porque ocelote, margay y tigrina comparten un pelaje manchado parecido y a menudo el mismo bosque. La guía de campo de Panthera que compara los tres lo ordena por tamaño: el ocelote es, sin duda, el mayor; el margay va segundo; la oncilla es el más pequeño.

El margay es el gran imitador. Se parece al ocelote en el dibujo, pero es del tamaño de la tigrina; en algunas regiones de Sudamérica lo llaman directamente «ocelote pequeño». Sus señas propias son inconfundibles cuando la foto es buena: ojos muy grandes y saltones, que dan a la cara un aspecto peculiar; patas desproporcionadamente grandes; y una cola larguísima, de hasta el 70 % de la longitud de cabeza y cuerpo, que usa como contrapeso. Sus rosetas suelen ser más redondeadas y menos numerosas que las de otras especies, y a veces se funden en una mancha grande. Es el felino más arborícola del grupo: puede bajar de un árbol de cabeza y girar las patas traseras 180°, aunque en realidad se desplaza y caza sobre todo en el suelo y solo descansa en los árboles. Frente al ocelote, la regla del comparador de Panthera es directa: el margay tiene los ojos más grandes y la cola más larga.

La tigrina u oncilla (L. tigrinus al norte, L. guttulus al sur, tras la división taxonómica de la especie) es el más pequeño de los manchados y el más difícil de documentar. La ficha centroamericana la cifra en 1,5–2,8 kg y unos 78 cm de largo total. Está más ricamente moteada que… en realidad, la comparación fina la resume Panthera: el margay está más adornado de manchas que la oncilla y tiene los ojos más grandes que ella y que el ocelote. Conviene ser honesto sobre el límite del método: incluso los especialistas admiten que distinguir a las crías de ocelote, margay y oncilla es «excepcionalmente difícil».

El ocelote, ya descrito por su patrón de cadenas, cierra el trío por arriba. Además de ser el mayor y más robusto, tiene una cola relativamente corta —anillada o barrada— que apenas toca el suelo, frente a la cola larga del margay. Es, con diferencia, el más abundante y detectable de los felinos pequeños: alcanza densidades medias del orden de 31 individuos por cada 100 km², las más altas del gremio.

Esa abundancia tiene una consecuencia ecológica con nombre propio, el «efecto pardalis». Donde el ocelote es abundante, los felinos más pequeños —margay, tigrina, jaguarundí y gato de Geoffroy— tienden a escasear o a evitar sus sitios, porque el ocelote compite con ellos e incluso los depreda. En promedio, en Sudamérica esos gatos menores son unas 3,5 veces menos abundantes donde el ocelote abunda. En la práctica del fototrampeo esto se traduce en algo concreto: si tu cámara llena la tarjeta de ocelotes, es probable que los pequeños manchados aparezcan poco, y su ausencia relativa no significa necesariamente que no estén.

El margay es el gran imitador del ocelote: mismo dibujo, ojos más grandes, cola más larga y la mitad del tamaño.

El jaguarundí: el felino que no tiene patrón

Si un felino de color liso cruza la cámara y es demasiado pequeño y alargado para ser un puma, piensa en el jaguarundí. Es el que más despista precisamente porque rompe el molde «felino = manchado».

Tiene una silueta única: cabeza pequeña, fina y alargada, ojos pequeños y juntos, orejas redondeadas, cuerpo bajo y estirado, patas cortas y una cola muy larga —tanto que en inglés lo llaman «gato nutria». Su pelaje es corto y uniforme, en fase negruzca, gris o rojiza; la fase rojiza abunda en ambientes abiertos y secos, y la oscura se asocia más a las selvas, pero cualquier fase puede aparecer en cualquier ambiente. Arrastra además sinónimos científicos antiguos como Felis yagouaroundi o Puma yagouaroundi.

Para el fototrampeo, el jaguarundí plantea un problema técnico importante: como carece de manchas y sus marcas individuales (cicatrices, decoloraciones) son escasas, es muy difícil identificar individuos y estimar poblaciones a partir de fotos. Por eso, en los estudios que separan felinos manchados y lisos, el jaguar, el ocelote y el margay se identifican por su patrón, mientras que al puma y al jaguarundí hay que reconocerlos por cicatrices, tamaño relativo y variaciones de color. Otra particularidad útil: a diferencia de casi todos los felinos neotropicales, el jaguarundí es diurno, con picos de actividad a media mañana y a media tarde, lo que reduce su competencia con el ocelote nocturno y el puma crepuscular.

Un puma de color leonado uniforme y sin manchas caminando en el bosque neotropical, con la cabeza redondeada y pequeña y la cola larga

La cola y otras señales de apoyo

Cuando el patrón y el tamaño dejan dudas, la cola aporta una pista más, sobre todo porque suele verse aunque el animal se aleje. Las proporciones y la punta ayudan a separar especies parecidas.

Hay un caso especial que merece una nota, porque genera confusión recurrente: el jaguar melánico, la «pantera negra». No es una especie aparte ni se confunde con un puma o un jaguarundí, porque conserva las rosetas, visibles a contraluz o bajo la luz infrarroja de una cámara. Un estudio recogido por la prensa ambiental estimó que el melanismo aparece en torno al 10 % de los jaguares en ambientes de bosque y estaba ausente en los paisajes abiertos e inundables; en Panamá, las cámaras del Valle del Mamoni fotografiaron varios individuos melánicos entre los quince jaguares identificados. El melanismo también existe, aunque es menos comentado, en el puma y en otros felinos.

Un margay pequeño y arborícola en una rama, con ojos muy grandes y saltones y una cola larguísima, imitando el dibujo del ocelote

«Tigrillo», «gato montés» y compañía: cuidado con los nombres

Vale la pena detenerse en la nomenclatura, porque en este tema un nombre mal entendido arruina un registro. La misma palabra viaja entre especies según el país.

«Tigrillo» es el caso más resbaladizo. En Costa Rica, una ficha oficial lo aplica a la oncilla (L. tigrinus), mientras al margay lo llama «caucel» y al ocelote «manigordo». En Perú, la autoridad de áreas protegidas titula su ficha del ocelote «Ocelote, tigrillo», es decir, allí «tigrillo» es el ocelote. En Colombia, un registro de la autoridad ambiental del Valle equipara «tigrillo» con el margay (L. wiedii). Tres países, tres «tigrillos» distintos. La conclusión operativa es no usar nunca «tigrillo» sin el nombre científico al lado.

«Gato montés» es otra trampa, sobre todo para quien llega desde la fauna ibérica. En el Cono Sur, «gato montés» es el gato de Geoffroy (Leopardus geoffroyi), un pequeño manchado sudamericano que la ficha argentina describe con un cuerpo de 60–67 cm, cola de 27–30 cm, pequeñas manchas negras de 15–20 mm que forman bandas en las patas y una cola con 12–16 anillos. Es el felino silvestre más abundante y extendido de Argentina, y puede confundirse en cámara con un gato doméstico, sobre todo cuando es melánico. No es el gato silvestre europeo; si una fuente usa «gato montés» pensando en Felis silvestris, no aplica a este contexto neotropical.

Y los grandes también acumulan alias. Al jaguar se le dice «yaguareté» en Argentina y Paraguay (con «overo» y «tigre» como variantes), «otorongo» en la Amazonía peruana y «tigre» o «tigre americano» en el habla rural de varios países. Al puma se le llama «león», «león de montaña», «león americano», «leoncillo» u «onza bermeja», entre muchos otros. Un mismo felino puede tener cinco nombres a lo largo de su distribución, y dos felinos distintos pueden compartir uno: por eso el nombre científico es el único idioma común.

Un mismo felino puede tener cinco nombres según el país, y dos felinos distintos compartir uno: el nombre científico es el único idioma común.

Las huellas y los rastros: la confirmación que la foto pide

Un jaguarundí de color liso, con el cuerpo bajo y alargado, patas cortas, cabeza pequeña y cola muy larga, cruzando el suelo del bosque

Una cámara te da la imagen; el suelo alrededor te da la prueba. Combinar ambos convierte una sospecha en una identificación firme, y es donde el fototrampeo y el rastreo clásico se dan la mano.

Lo primero que separa a un felino de un perro o un zorro es que las huellas felinas no marcan las uñas, porque son retráctiles, y tienden a ser redondeadas; las de un cánido muestran las garras y son más ovaladas. Una guía oficial mexicana lo añade con más detalle: en los félidos las almohadillas centrales son trapezoidales y la huella es circular, mientras que en los cánidos el cojinete es triangular y la pisada más simétrica y alargada. Si ves marcas de uña, no es un felino.

Entre los dos grandes, jaguar y puma, hay criterios clásicos para separar sus huellas, aunque son de tamaño similar y conviene tratarlos con cautela. El trabajo de referencia en español, de Marcelo Aranda, evaluó cinco criterios y encontró dos especialmente útiles: en el puma los dedos se ven más puntiagudos, y los lóbulos inferiores del cojinete están mejor definidos; además propuso una proporción cuantitativa de la anchura de los dedos que discrimina bien las dos especies. Un estudio venezolano lo sintetiza en una regla de forma: la huella del jaguar es más ancha que larga, y la del puma más larga que ancha. Ese mismo estudio demostró que, midiendo largos, anchos, áreas y ángulos, es posible incluso identificar individuos a partir de sus huellas con más del 70 % de confianza, separando siempre las patas delanteras (más grandes) de las traseras y teniendo en cuenta el sustrato.

Para las huellas de los pequeños manchados hay menos literatura, pero el orden de tamaños sigue la lógica del cuerpo. Las guías de campo mexicanas ilustran una huella de «tigrillo» del orden de 3 cm, muy por debajo de las de jaguar y puma. En la práctica, el tamaño de la huella orienta sobre el grupo (grande, mediano, pequeño), pero rara vez zanja la especie por sí solo; es un dato que se combina con la imagen, no que la sustituye.

Cómo los profesionales convierten estas fotos en un censo

Todo lo anterior —el patrón, la cola, la paciencia— es exactamente lo que sostiene el seguimiento científico de estas especies, y explica por qué un buen registro de aficionado tiene valor. El fototrampeo se basa en que muchos de estos felinos se identifican individualmente por su patrón: las rosetas del jaguar y las cadenas del ocelote son únicas en cada animal, como una huella dactilar. Sobre esa base, los modelos de captura-recaptura estiman densidades sin necesidad de capturar a los animales: en el Parque Nacional Madidi, en Bolivia, un equipo determinó unos 12,7 jaguares por cada 100 km² a partir de las fotos; en la triple frontera amazónica, 1,5 jaguares por 100 km².

Hay un detalle metodológico que conviene conocer, porque cambia cómo se colocan las cámaras: como el patrón de manchas es asimétrico —el flanco izquierdo no coincide con el derecho—, hace falta fotografiar ambos costados del mismo animal para identificarlo por completo. Por eso los estudios de felinos colocan a menudo cámaras enfrentadas a ambos lados del sendero, para captar los dos flancos en el mismo paso. Cuando solo se registra un flanco, el conteo mínimo se hace por lado, sabiendo que no se puede garantizar que un individuo no se haya contado dos veces.

Como el pelaje de un felino manchado es asimétrico, un flanco no basta: identificarlo entero exige fotografiar los dos costados.

Con el volumen de imágenes que genera una campaña, los investigadores recurren cada vez más a programas de reconocimiento de patrón. Dos de los más usados con datos de cámara trampa son HotSpotter y Wild-ID, que detectan rasgos del pelaje (puntos, rayas, rosetas) y proponen coincidencias para que un humano las confirme. Un estudio en Belice que comparó ambos sobre fotos de jaguares y ocelotes encontró que HotSpotter acertaba la mejor coincidencia entre el 71 % y el 82 % de las veces, frente al 58–73 % de Wild-ID, y que el rendimiento dependía muchísimo de la calidad de imagen: entre el 85 % y el 99 % en fotos nítidas, pero solo entre el 28 % y el 52 % en fotos borrosas. Una plataforma de reconocimiento de patrones basada en el algoritmo de HotSpotter ha servido para identificar ocelotes individuales en la Amazonía brasileña: en cinco años de monitoreo se reconocieron al menos 78 ocelotes.

Un matiz que ninguna de estas herramientas elude: no son totalmente automáticas; el ser humano sigue teniendo que confirmar cada coincidencia. Su valor está en la velocidad y en reducir el error. La identificación puramente manual es lenta y propensa a sesgos: en un caso, un investigador tardó diez días en identificar quince jaguares de 561 imágenes «a ojo», mientras que con una de estas plataformas una sola persona reunió 164 identificaciones de ocelotes a partir de 810 imágenes en 26 días. Y, sobre todo, el ojo humano tiende a sobreestimar: comparaciones con leopardos y guepardos hallaron sobreestimaciones del 7 % al 22 % en la identificación manual frente al algoritmo. Para el jaguarundí y el puma, que no tienen patrón, este flujo no sirve, y hay que apoyarse en cicatrices, tamaño y, cada vez más, en herramientas complementarias como el ADN de heces o el ADN ambiental.

Aquí es donde una cámara con la inteligencia adecuada ahorra el trabajo pesado. Una campaña puede generar decenas de miles de fotos —el proyecto colombiano de Buenaventura revisó más de diez mil imágenes para su registro de cinco felinos— y la mayoría no contienen ningún felino.

Un jaguar caminando a distancia natural por un sendero del bosque en la penumbra, la escena típica de un registro de cámara trampa

Dónde y cuándo aparecen: pistas de contexto

El lugar y la hora también ayudan a estrechar el abanico, aunque nunca deciden solos. El jaguar se asocia al agua y a la cobertura densa, nada bien y evita las áreas abiertas o muy perturbadas; es solitario y sobre todo nocturno, aunque puede moverse de día. El puma es el felino de distribución más amplia del hemisferio: ocupa desde desiertos hasta selvas y páramos, del sur de Chile a Canadá, y llega a los 5.800 m en los Andes; es crepuscular y nocturno, con picos al amanecer y al anochecer.

El ocelote es principalmente nocturno y buen trepador y nadador, ligado a hábitats con buena cobertura y agua; en ambientes muy cálidos tiende a ser aún más nocturno. El margay es el más arborícola y sobre todo nocturno. El jaguarundí, ya lo vimos, es la excepción diurna del grupo. Estos patrones se solapan y varían por región, así que la hora de la foto es un indicio más, útil junto al resto, no una prueba por sí misma. En un estudio de Oaxaca, por ejemplo, el ocelote mostró un 79 % de actividad nocturna, pero los depredadores tope resultaron algo más diurnos de lo esperado en ese sitio concreto.

Conviene recordar que el Neotrópico cruza el ecuador y abarca los dos hemisferios: describir a estas especies por su biología —hábitat, actividad, patrón— es más fiable que anclarlas a una «estación» que no significa lo mismo en México que en la Patagonia. Y una nota sobre colocación que repiten los estudios: las cámaras suelen ubicarse en senderos y trochas para maximizar la detección, en terreno plano, a la altura de la rodilla y con buena iluminación, allí donde también aparecen huellas de las presas.

Una huella felina redondeada sin marcas de uñas impresa en el barro de un sendero, junto a huellas de presa

El estado de conservación, especie por especie

Situar a cada felino en su contexto de conservación importa, porque parte de por qué identificarlos bien es que cada registro fiable alimenta su seguimiento. Los estatus globales y nacionales no coinciden, así que conviene citarlos con su fuente y su fecha.

Según la autoridad felina de la UICN, el jaguar figura como Casi Amenazado a escala global; su mayor subpoblación, la amazónica (cerca del 89 % del total), es la única clasificada como Preocupación Menor, mientras que 33 de las 34 subpoblaciones identificadas están En Peligro o En Peligro Crítico. A escala nacional el contraste es fuerte: en Argentina el yaguareté está En Peligro Crítico y es Monumento Natural Nacional. El ocelote es de Preocupación Menor globalmente, pero está En Peligro en México y Vulnerable en Colombia y Argentina, entre otros. El puma es de Preocupación Menor a escala global —categoría que la UICN le asignó en la evaluación de 2008 por su amplia distribución— y en Chile figura como Vulnerable a nivel regional (desde la Región de la Araucanía hacia el sur, con categorías más severas en el norte), aunque la propuesta nacional vigente del Comité de Clasificación lo sitúa como Casi Amenazado. El margay es Casi Amenazado; el jaguarundí, de Preocupación Menor global aunque amenazado en varios países; y la tigrina/oncilla figura como Vulnerable. En conjunto, casi todas estas especies comparten las mismas amenazas —pérdida y fragmentación del hábitat, atropellos y caza ilegal—, de modo que protegerlas suele significar conservar los mismos bosques.

Aprender a leer una roseta, una cadena de manchas o una cola larga es, en el fondo, una pequeña forma de contribuir a ese seguimiento. Cada foto bien identificada —con su nombre científico— es un dato que un investigador puede usar.

Preguntas frecuentes

¿Cómo distingo un jaguar de un ocelote en una foto de cámara?

Por el patrón y el tamaño. El jaguar es grande y robusto, con rosetas grandes que encierran uno o más puntos negros; el ocelote es mediano y esbelto, sin ese punto central, con manchas alargadas que forman cadenas y bandas a los lados. Si hay rosetas rellenas de puntos sobre un animal grande, es jaguar.

¿Qué felino sale sin manchas y no es un puma?

El jaguarundí. Es unicolor (gris o rojizo), pero con un cuerpo bajo y alargado, patas cortas, cabeza pequeña y cola muy larga; no tiene el porte esbelto y de patas largas del puma. Además es diurno, a diferencia de la mayoría de los felinos neotropicales.

¿Cómo separo un margay de un ocelote?

Por el tamaño, los ojos y la cola. El margay es mucho más pequeño (del tamaño de una oncilla), con ojos grandes y saltones y una cola larguísima, de hasta el 70 % de la longitud del cuerpo. El ocelote es más grande y robusto y tiene la cola corta, que apenas toca el suelo.

¿«Tigrillo» y «gato montés» son especies concretas?

No, son nombres que cambian según el país. «Tigrillo» puede ser el margay, la oncilla o incluso el ocelote según la región; «gato montés», en el Cono Sur, es el gato de Geoffroy, no el gato silvestre europeo. Usa siempre el nombre científico para evitar confusiones.

¿Se puede distinguir un jaguar de un puma solo por la huella?

Con cautela. Sus huellas son de tamaño similar, pero la del jaguar tiende a ser más ancha que larga y la del puma más larga que ancha; además, en el puma los dedos se ven más puntiagudos y los lóbulos del cojinete mejor definidos. Ninguna es un felino si marca las uñas, porque las tienen retráctiles.

¿Cómo identifican los científicos a cada individuo?

En las especies manchadas (jaguar, ocelote, margay), por el patrón único de su pelaje, fotografiando ambos flancos porque el dibujo es asimétrico, y con programas de reconocimiento de patrones basados en algoritmos como HotSpotter, que proponen coincidencias para que un humano las confirme. En puma y jaguarundí, que no tienen patrón, se recurre a cicatrices, tamaño y ADN.