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Marta o garduña: cómo distinguir los dos mustélidos en la cámara de fauna

Una marta y una garduña comparadas en su hábitat, mostrando el babero ocre de una y el babero blanco bifurcado de la otra

Revisas la tarjeta de la cámara y ahí está: un mustélido esbelto y ágil, de cola larga y peluda, que cruza el encuadre a saltos en plena noche. Cuerpo alargado, patas cortas, una mancha clara en la garganta. ¿Marta o garduña? La pregunta parece menor hasta que intentas responderla, y entonces descubres por qué estos dos parientes han confundido incluso a los especialistas: durante mucho tiempo se pensó que eran el mismo animal, y su cráneo es tan parecido que los genetistas recurren al ADN de las heces porque «no se pueden distinguir solo por la morfología».

La buena noticia es que sí se pueden separar, y casi siempre con lo que la cámara te enseña. La clave más citada es el babero, la mancha del cuello y el pecho: ocre, amarillo o anaranjado y sin llegar a las patas en la marta (Martes martes); blanco y extendiéndose en horquilla hacia las patas delanteras en la garduña (Martes foina). Pero el babero no basta por sí solo —de noche el infrarrojo borra el color, y hasta de día la suciedad lo enturbia—, así que conviene leerlo junto a la forma de la cabeza, el hábitat donde saltó la foto y, sobre todo, cómo se mueve el animal. Esta guía es para quien pone cámaras en el campo —cazadores, gestores, naturalistas, fotógrafos— y quiere anotar la especie correcta, no una conjetura.

Durante años se creyó que marta y garduña eran el mismo animal; hoy se separan con el ADN de sus heces. En la cámara, se separan sumando pistas.

Por qué se confunden tanto (y por qué conviene acertar)

Empecemos por lo honesto: son difíciles de separar de verdad, y no es culpa tuya. Linneo, el padre de la clasificación, no distinguió entre las dos especies en 1758; hubo que esperar a que el naturalista alemán Erxleben las bautizara como especies distintas en 1777. La ficha oficial española lo resume sin rodeos: el cráneo de ambas «es casi idéntico y los caracteres diagnósticos no son constantes, por lo que se requiere cierta experiencia para distinguir ambas especies». Tanto se parecen que sus excrementos «prácticamente indiferenciables» a simple vista obligaron a desarrollar un método de laboratorio: un estudio del norte ibérico montó una prueba genética (PCR-RFLP sobre ADN mitocondrial de las heces) precisamente porque «sus heces no se pueden distinguir solo por la morfología»; con ella lograron asignar la especie sin ambigüedad en el 88 % de 359 muestras.

Que existan es la norma, no la excepción, en buena parte de Europa. Ambas conviven —son simpátricas— en un amplio territorio, y la Península Ibérica es un buen laboratorio: la garduña ocupa casi toda la península, mientras que la marta queda relegada a la franja eurosiberiana del norte. Donde se solapan, en la cornisa cantábrica y los Pirineos, comparten el mismo bosque sin estorbarse demasiado, repartiéndose el espacio y la dieta: las martas cazan más micromamíferos forestales y aves; las garduñas tiran más de frutos e insectos, y de micromamíferos de zonas abiertas. Es un reparto tan fino que, cuando ves la foto, tienes que decidir tú cuál de los dos pasó por delante.

¿Y por qué molestarse en acertar? Porque una identificación errónea contamina cualquier dato que quieras sacar de tus cámaras. Si sigues la actividad de mesodepredadores en tu coto o tu finca, meter una garduña en la casilla de la marta (o al revés) falsea el mapa de quién vive dónde. Tiene además una dimensión de gestión: en los programas de conservación del urogallo cantábrico, en peligro, marta y garduña figuran como depredadores potenciales de nidos y pollos, y se han ensayado extracciones de depredadores generalistas. Ambas especies, conviene saberlo, están protegidas —ninguna es cinegética— y amparadas por convenios internacionales como el de Berna, así que confundirlas no es un detalle académico: es la diferencia entre leer bien el campo y leerlo mal.

Sus excrementos son casi indistinguibles y su cráneo, casi idéntico. Si la ciencia necesita ADN para separarlas, tú necesitas sumar varias pistas de la foto.

El babero: la primera pista, y sus trampas

Ve al cuello. El babero —esa mancha clara en la garganta y el pecho— es, con diferencia, el rasgo más citado para separar las dos especies, y cuando la foto es buena resuelve la mayoría de los casos. La regla, repetida por fuentes de España, Portugal y Francia, es esta:

La descripción portuguesa añade un detalle precioso para la cámara: en la garduña, la mancha blanca del pecho «está subdividida por una franja longitudinal del mismo color que el resto del cuerpo», es decir, la horquilla deja una lengüeta oscura en medio. La ficha del Parque Natural Sierra de Baza lo llama directamente el babero «que se abre en horquilla hacia las extremidades anteriores», y apunta algo que a un fototrampero le interesa mucho: ese dibujo «presenta una impronta específica en cada ejemplar», tanto que se usa en el campo para identificar individuos concretos.

Ahora las trampas, porque son reales y más de un registro se ha ido al traste por ignorarlas. La primera: el color no es fiable de noche. El estudio más directamente pensado para esto —dos especies determinadas con cámaras trampa a partir de 280 fotos— encontró que «las fotos nocturnas mostraban las diferencias en la proporción corporal, pero no las del color del babero». Bajo el infrarrojo, en escala de grises, el blanco de la garduña y el crema de la marta se parecen demasiado. La segunda: incluso de día el color se ensucia. Como advierte una fuente divulgativa española, la suciedad puede enturbiar el blanco de la garduña «haciéndolo similar al tono crema de la marta». Y la tercera, la más traicionera: el color varía por sí mismo. El pelaje de la marta cambia con la estación —más largo y claro en invierno, más corto y oscuro en verano—, y hay variación geográfica, estacional y por edad hacia el aclaramiento en todo el género; hasta se han fotografiado martas leucísticas (despigmentadas) con cámaras trampa en la isla de Elba.

Por eso los propios comparadores de campo degradan el babero de «prueba» a «indicio fuerte». Una ficha técnica del atlas de mamíferos de Aquitania clasifica el color del plastrón como criterio «medio» —fiable en forma pero variable— y avisa de que la garduña «presenta a veces una ligera mancha anaranjada en medio de su babero blanco» y la marta «puede presentar manchas en la parte alta de las patas delanteras». Traducido: el babero orienta, no sentencia. Míralo, pero no cierres el caso con él solo.

De noche el infrarrojo se come el color del babero. Lo que no se come es su forma: si la mancha se bifurca hacia las patas, es garduña.

La cabeza, las orejas y el hocico

Una marta erguida sobre un tronco mostrando la pequeña mancha ocre del babero restringida a la garganta

Cuando el babero deja dudas —una foto de tres cuartos, un animal a contraluz—, sube a la cara. Aquí las diferencias son sutiles pero útiles, sobre todo si tienes un buen perfil.

La marta tiene el hocico más afilado y las orejas más grandes y de aspecto más triangular, con un reborde claro bien marcado. Un naturalista de campo lo describe con precisión: en la marta «el rostro resulta menos aplastado y las orejas son triangulares», mientras que la garduña «tiene un rostro más aplastado dorsoventralmente y las orejas redondeadas». La ficha francesa lo confirma desde el otro lado: la garduña tiene «las orejas más pequeñas, el reborde claro menos marcado» y, un detalle que a veces se ve en un primer plano nocturno, la nariz rosada, frente a la nariz oscura de la marta. La garduña, además, parece «más esbelta» en el campo y de «hocico más macizo», con la cola algo menos poblada.

Conviene una advertencia de honestidad, porque las fuentes no siempre coinciden en la cabeza. Algunas fichas divulgativas describen a la marta con «cabeza ancha» y a la garduña con «hocico puntiagudo», justo lo contrario de lo que dicen las fichas oficiales. Ante ese ruido, la referencia más sólida es la oficial: la ficha del Atlas y Libro Rojo caracteriza a la garduña por «cabeza estrecha y morro afilado» dentro de un patrón generalista, y reserva el rasgo verdaderamente diagnóstico —una vez más— al babero. La lección práctica: usa la cabeza y las orejas como apoyo, no como criterio único, y desconfía de cualquier regla de cabeza que contradiga el babero y el hábitat.

Una garduña junto a un muro de piedra mostrando el babero blanco que se bifurca en horquilla hacia las patas delanteras

Cómo se mueve: la pista que el vídeo regala

Si tu cámara graba vídeo, tienes una ventaja que una sola foto no da: la forma de andar. Y resulta ser una de las pistas más consistentes, porque no depende del color ni de la luz.

La marta se desplaza «a saltos» y anda más erguida, alzando más los cuartos traseros; la garduña «no alza tanto las patas traseras para andar, dando la apariencia de extremidades más cortas». La guía bretona lo confirma en una frase: «la marta va un poco más alta de patas». Sobre el terreno, eso se traduce en una marta que parece más ligera y elástica, casi felina en su forma de encaramarse —es capaz de trepar abrazando los troncos como una ardilla y lanzarse al vacío desde copas a veinte metros—, frente a una garduña de andares algo más agazapados. Ambas trepan bien y ambas saltan; la diferencia está en el porte, en cuánto levantan la grupa, y eso se aprecia mucho mejor en dos segundos de vídeo que en un fotograma congelado.

No es infalible —un animal parado, o enseñado a medias por el encuadre, no te da el andar—, pero cuando lo tienes, súmalo: un mustélido que cruza el claro a botes largos y con la espalda arqueada, en un hayedo maduro, apunta con fuerza a la marta.

Una marta en lo profundo de un hayedo maduro, lejos de cualquier construcción humana, sobre un tronco cubierto de musgo

El hábitat: dónde saltó la foto dice mucho

Aquí está, para muchos casos, la pista más poderosa de todas, y es gratis: dónde pusiste la cámara. Como lo resume FAPAS, «lo que verdaderamente las diferencia es que viven en entornos muy distintos».

La marta es una especialista del bosque bien conservado y huye del hombre. Vive «en lo más profundo del bosque, apartada del medio humano», ligada a masas forestales maduras de coníferas y caducifolios —hayedos, pinares, robledales— con árboles viejos, huecos y tocones que le sirven de refugio. Selecciona positivamente las cercanías de cursos de agua y las zonas con roca. En la Península Ibérica está restringida a la franja norte: Cordillera Cantábrica, sierras orientales de Galicia, Pirineos, y poblaciones introducidas en Mallorca y Menorca. Sube desde el nivel del mar hasta unos 2.300 metros, y esa querencia por lo alto y lo nevado —donde su pelo plantar le da ventaja sobre la garduña— es parte de por qué las dos se reparten la montaña sin chocar.

La garduña, en cambio, es la generalista por excelencia, y no le hace ascos a la compañía humana. Ocupa «gran diversidad de biotopos, incluyendo masas forestales, estepas, medios rupícolas y áreas cultivadas». Le van especialmente los roquedos —«precisa de una cierta abruptosidad para vivir»— y, sobre todo, tolera y coloniza las construcciones humanas: graneros, establos, desvanes, casas abandonadas, donde a menudo instala su madriguera en invierno. Está presente en casi toda la península, algo más escasa solo en el noroeste. Su plasticidad se ve en las densidades: alrededor de un individuo por kilómetro cuadrado en el campo centroeuropeo, pero hasta 4,7–5,8 en ciudades; un estudio con fototrampeo en Badajoz estimó 0,24 garduñas por kilómetro cuadrado en el monte extremeño.

Hay un matiz biogeográfico que explica el reparto y conviene tener presente: la garduña es una recién llegada en términos evolutivos. Un análisis genético a escala ibérica la describe como «una inmigrante del Holoceno procedente del suroeste asiático» que probablemente colonizó la península hace unos 7.000 años, siguiendo la expansión de la agricultura neolítica; en Iberia prefiere mosaicos, bosque, matorral y roquedos antes que los ambientes urbanos que sí ocupa en otras partes de su área. En la práctica, la regla de campo es sencilla: si la cámara está en un cobertizo, un granero o un roquedo cerca de un pueblo, la probabilidad se inclina hacia la garduña; si está en el corazón de un hayedo maduro del norte, lejos de todo, hacia la marta. Con una salvedad que repiten los propios naturalistas: siempre hay excepciones, y donde las dos coexisten el hábitat orienta pero no cierra el caso.

Dónde pusiste la cámara vale tanto como lo que salió en ella: la marta es el bosque profundo; la garduña, el roquedo y el granero.

Las huellas y los rastros: la confirmación del suelo

Una garduña asomando entre las rocas de un roquedo cerca de un granero abandonado, su hábitat típico

La cámara te da la imagen; el barro de alrededor te da la prueba física, y en este par hay un rasgo de huella casi hecho a medida para separarlos. La marta tiene la planta del pie cubierta de pelo; la garduña, no. Esa sola diferencia cambia la huella.

En la marta, «la presencia abundante de pelos entre los dedos» —que además le permiten andar sobre nieve blanda— «dibuja una huella típica difuminada». Sus rastros «no son fáciles de detectar» y, aun en terreno muy blando, cuesta apreciar los dedos interiores; son muy parecidos a los de la garduña, pero más borrosos y algo mayores. La garduña, al no tener pelo en la planta, deja marcas más nítidas, con los cuatro dedos y las uñas bien impresas —recuerda que sus garras no son retráctiles y las usa para trepar. Ambos son mustélidos semiplantígrados: marcan una planta incompleta de almohadillas flexibles, distinta de la zarpa completa de un tejón o del pie entero de un oso. Como orden de magnitud, las huellas rondan los 3–4,7 cm de longitud, algo mayores en la marta.

Con los excrementos, en cambio, no te fíes: a simple vista son «prácticamente indiferenciables», y ni siquiera el laboratorio los separa por la forma —de ahí el recurso al ADN. La única ayuda de campo es sutil y subjetiva: el olor de la marta tiende a ser «más agridulce o afrutado», y el de la garduña «más repulsivo». Es un indicio, no una identificación.

Y una tercera especie que conviene tener en el radar para no equivocar la familia entera: la gineta (Genetta genetta). No es un mustélido, sino un vivérrido, y comparte veredas con la garduña, de modo que sus rastros «en alguna ocasión pueden crear cierta confusión». En la imagen se separa fácil —cuerpo más estilizado, cola larguísima y anillada, pelaje manchado—, pero es un buen recordatorio de que no todo lo que cruza la cámara de noche en el monte ibérico es marta o garduña.

Comparación de dos huellas en el barro: la huella difuminada de una marta junto a la huella nítida con uñas marcadas de una garduña

Cuándo la cámara no basta: el papel del método

Si después de sumar babero, cabeza, andar, hábitat y huella sigues con dudas, estás en buena compañía: es exactamente el punto en el que la ciencia deja de fiarse del ojo y pasa al laboratorio. El método genético no invasivo sobre heces existe precisamente porque la morfología no da para todo, y ha permitido cartografiar la distribución de ambas especies en zonas de simpatría con una fiabilidad del 88 %. Para el fototrampero de a pie eso significa dos cosas: una, que no pasa nada por anotar «marta/garduña sin confirmar» cuando la foto no llega —es más honesto y más útil que inventar una especie; y dos, que el valor de tus imágenes crece cuando registran los rasgos correctos.

Y aquí es donde el propio diseño de la cámara ayuda. El estudio de fototrampeo que separó las dos especies lo hizo con un montaje pensado para el problema: árboles inclinados como paso obligado, un cebo de miel y trozos de ala de ave, y la cámara colocada de perfil para captar al animal trepando de lado. Ese perfil no es casual: es lo que hace visible la forma del babero (aunque el color se pierda de noche) y las proporciones del cuerpo, y lo que permitió incluso «una determinación individual basada en la forma y el área del babero». La lección de colocación es directa: busca el perfil, no el plano frontal, si quieres separar estos dos.

Con el volumen de imágenes que genera una campaña de mustélidos —animales nocturnos, escurridizos, que pasan pocas veces— el cuello de botella deja de ser el campo y pasa a ser la pantalla: miles de fotos, la mayoría vacías o con la especie equivocada, que hay que revisar una a una.

Una marta captada de noche por una cámara de fauna trepando de perfil por un tronco, con el babero visible solo como una forma clara

Un apunte de gestión y conservación

Para quien pone cámaras con un objetivo de gestión, hay una razón de peso para afinar la identificación. En los planes de conservación del urogallo cantábrico, marta y garduña aparecen en la lista de depredadores potenciales de nidos y pollos, y en la Cordillera Cantábrica se han realizado extracciones de generalistas —zorros y martas— que, según la estrategia oficial de 2025, incrementaron el éxito reproductor del urogallo en más de 0,5 pollos por hembra. Si un programa así se apoya en cámaras, confundir las especies no es trivial.

Pero conviene contar la historia entera, porque las propias fuentes matizan. El peso de la marta como depredador «se ha visto revisado a la baja», y hay evidencia de que la depredación no es el factor que explica el declive del urogallo cantábrico: recolecciones intensivas de excrementos de carnívoros dieron negativo en restos de urogallo, y los experimentos con nidos artificiales no hallaron relación entre la depredación y el declive de la especie. La marta, además, es una especialista facultativa en micromamíferos, incluso cuando abundan otras presas. Y ambas están protegidas por ley al no ser especies cinegéticas. La conclusión razonable: identificar bien no sirve para señalar a un culpable, sino para no equivocar el diagnóstico —y para que cada foto que subes al montón común valga como dato fiable, con su especie correcta o, si no llega, con una duda honesta.

Aprender a leer un babero bifurcado, unas orejas triangulares o unos saltos más erguidos es, al final, una pequeña forma de mirar mejor el bosque. Y en un par de especies que engañaron a Linneo, mirar mejor ya es bastante.

Preguntas frecuentes

¿Cuál es la diferencia principal entre marta y garduña?

El babero. En la marta es ocre, amarillo o anaranjado, pequeño y restringido a la garganta y el pecho, sin dividirse. En la garduña es blanco y se bifurca en horquilla hacia las patas delanteras. Es el criterio más citado, aunque no el único fiable.

¿Cómo las distingo en una foto nocturna en blanco y negro?

No te fíes del color: bajo el infrarrojo el babero blanco y el crema se ven casi iguales. Fíjate en la forma del babero (si se bifurca hacia las patas, garduña), en las proporciones del cuerpo, en la cabeza y las orejas, y —si tienes vídeo— en cómo se mueve.

¿Se puede saber la especie solo por el hábitat?

Orienta mucho, pero no cierra el caso. La marta es forestal y evita al hombre, y en Iberia solo vive en la franja norte; la garduña es generalista y ronda roquedos, graneros y casas, en casi toda la península. Donde coexisten, siempre hay excepciones.

¿En qué se diferencian sus huellas?

La marta tiene pelo en la planta del pie, así que su huella sale difuminada y cuesta ver los dedos; la garduña no lo tiene, y deja una huella más nítida con las cuatro uñas marcadas. Los excrementos, en cambio, son casi indistinguibles a simple vista.

¿Por qué es tan difícil separarlas incluso para los expertos?

Porque son muy parecidas por fuera y su cráneo es casi idéntico, con caracteres diagnósticos poco constantes. De hecho, para censarlas en zonas de simpatría se recurre al ADN de las heces, ya que estas no se distinguen por la morfología; el método logra identificar la especie en torno al 88 % de las veces.

¿Son especies protegidas?

Sí. Ni la marta ni la garduña son especies cinegéticas, y ambas están amparadas por convenios internacionales como el de Berna (la garduña, además, figura en el Apéndice III de CITES). Por eso identificarlas bien importa también para la gestión.