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La nutria en la cámara de fauna: rastros de orilla, excrementos y actividad

Una nutria de cuerpo alargado y pelaje pardo denso caminando por una orilla de barro y piedras junto al río al amanecer

Pones la cámara mirando a un vado, a un tronco caído sobre el agua, a una roca que sobresale en la orilla, y esperas. Puede que pasen semanas. La nutria es de los animales más difíciles de fotografiar en vivo: solitaria, casi siempre activa de noche, y con un olfato tan fino que, si te tiene a favor del viento, «te huele y desaparece» antes de que la veas. Un estudio en China cuantificó esa frustración con números: incluso con las cámaras bien puestas, un buen porcentaje de los pasos de nutria se escapan o quedan como un borrón imposible de interpretar, porque el animal es rápido, va pegado al agua y el disparador por movimiento llega tarde.

La buena noticia es que la nutria compensa con creces esa esquivez: es un animal que firma por escrito. Deja excrementos bien visibles sobre piedras y troncos, huellas inconfundibles en el barro, toboganes por los que se deja caer al agua y restos de sus comidas en la orilla. Aprender a leer esas señales —y a reconocer la silueta cuando por fin cruza el encuadre— es lo que convierte una cámara junto al río en una herramienta real de seguimiento. Esta guía está pensada para naturalistas, rastreadores y quien participa en ciencia ciudadana a ambos lados del Atlántico, porque bajo el nombre «nutria» conviven en el mundo hispano varias especies —la nutria paleártica (Lutra lutra) en la península ibérica y las nutrias neotropicales (Lontra longicaudis y su especie hermana Lontra annectens) en Latinoamérica— y, para colmo, un roedor que se llama igual sin serlo.

La nutria casi nunca se deja ver, pero firma por escrito: excrementos, huellas, toboganes y restos de comida en la orilla.

Por qué es tan difícil de ver (y tan fácil de rastrear)

Empecemos por lo que hace especial a este animal en una cámara de fauna, porque condiciona todo lo demás. La nutria paleártica es «un mamífero bastante difícil de observar», reconocen hasta los rastreadores que llevan años tras ella. Es solitaria, se mueve sobre todo de noche en aguas continentales y pasa mucho tiempo refugiada entre la vegetación de las riberas, en huecos de troncos, tocones y bajo piedras grandes. En el agua se desplaza buceando, con inmersiones que rara vez pasan de treinta segundos, y a menudo emerge mucho antes. Todo en ella está diseñado para pasar desapercibida.

Eso pone en aprietos al fototrampeo clásico. Un trabajo desarrollado en el Sanjiangyuan chino comparó cámaras de vídeo en grabación continua con cámaras trampa activadas por movimiento y encontró que las segundas se dejaban una parte importante de los eventos, y que de los que sí registraban, muchos duraban tan poco que no permitían saber qué estaba haciendo el animal. No es un fallo del equipo: es que un carnívoro semiacuático, veloz y a ras de agua es justo el caso que peor detecta un sensor de movimiento pensado para un ciervo que cruza un claro.

Por eso el seguimiento serio de la nutria se ha apoyado históricamente en los indicios, no en el avistamiento. Los grandes sondeos nacionales de la especie en España se hicieron buscando huellas y excrementos a lo largo de miles de puntos de muestreo: en la síntesis de referencia se efectuaron 3.966 muestreos, de los cuales alrededor de un tercio dieron positivo, y de ahí se dedujo que la nutria seguía presente en torno a la mitad del territorio peninsular. La cámara, bien usada, no sustituye ese rastreo: lo complementa. Le pones ojos a la letrina que ya localizaste por el suelo, y entonces sabes cuántos animales la usan y a qué horas.

Un sensor de movimiento pensado para un ciervo en un claro es justo lo que peor detecta a un carnívoro veloz y pegado al agua.

Cómo reconocerla en el encuadre

Cuando la nutria por fin aparece, conviene tener claras sus proporciones, porque en la penumbra y bajo el infrarrojo es fácil confundir tamaños. La nutria paleártica es, dentro de los mustélidos, un animal grande: mide entre 102 y 138 cm de longitud total, de los cuales el cuerpo ocupa 57-70 cm y la cola 35-40 cm, y pesa entre 4 y 11 kg. Un macho puede llegar a los 71 cm solo de cuerpo. Tiene el cuerpo alargado y fusiforme, pelaje pardo-grisáceo denso e impermeable, un babero claro en la garganta y el pecho, hocico ancho, orejas pequeñas y los ojos altos en la cara, una adaptación para ver mejor cuando nada casi sumergida. La cola es gruesa y muscular en la base y se afina hacia la punta, y hace de timón.

El rasgo que mejor la delata en el agua no es el tamaño, sino cómo nada: la nutria avanza «asomando únicamente la cabeza», mientras que el visón —el mustélido acuático con el que más se confunde en Iberia— «muestra parte del lomo y la cola». Es una diferencia que se aprecia bien incluso en un vídeo nocturno movido. Y hay un desnivel de talla enorme: el visón no pasa de unos 70 cm de largo y es más pequeño que un gato doméstico, con un pelaje marrón oscuro uniforme y una mancha blanca en el labio superior. La regla de la Mammal Society británica lo resume bien: el visón americano tiene la cola «cilíndrica, esponjosa y roma, no musculosa y afilada como la de la nutria», y un hocico puntiagudo frente al hocico ancho de la nutria.

En Latinoamérica la protagonista es la nutria neotropical, y las proporciones cambian. Según el grupo de especialistas en nutrias de la UICN, Lontra longicaudis mide 90-136 cm (cuerpo 50-79 cm, cola 37-57 cm) y pesa entre 10 y 14 kg, con una cola larguísima —de ahí su nombre científico, longicaudis— cónica, cilíndrica y terminada en punta. Las fichas nacionales dan rangos algo más amplios de peso, de 5 a 24 kg según el país y el sexo, con los machos alrededor de un 20 % mayores que las hembras. Su pelaje es corto, de color pardo canela a pardo grisáceo en el lomo, con una o más manchas claras, y el vientre, el cuello y el labio superior varían del blanco plateado al amarillo claro. Las patas delanteras son cortas, con cinco dedos, garras fuertes y membranas interdigitales; las traseras, más grandes.

Excremento de nutria negro y grasiento sobre una piedra que sobresale de la orilla, con restos visibles de escamas de pez

El excremento: la firma que la nutria deja por escrito

Si solo pudieras aprender una señal, aprende esta. El excremento de nutria —en español ibérico se ha adoptado también el término inglés spraint, «esprainta»— es la prueba más abundante, más específica y más fácil de encontrar, y además cuenta cosas.

Empecemos por dónde aparece, porque no es al azar. La nutria coloca sus excrementos en sitios prominentes y bien visibles: piedras que sobresalen del resto, troncos, muros, pilastras de puentes, promontorios en la orilla. En zonas costeras usa hasta las cunetas, alcantarillas bajo carreteras y el punto donde dos arroyos se juntan; los rastreadores escoceses avisan de que «las nutrias usan los mismos lugares una y otra vez para depositar la esprainta y marcar territorio», de modo que una vez localizado un punto de marcaje, seguirá activo. Esos puntos se llaman letrinas, y funcionan, en la feliz imagen de una guía de ciencia ciudadana del Smithsonian, «como las redes sociales de las nutrias»: transmiten quién ha pasado, cuántos animales viven en la zona y en qué estado. Son, por eso, el sitio ideal para apuntar una cámara.

Ahora el aspecto, que es lo que permite distinguirla de otros excrementos. En fresco es negra, alquitranada y viscosa, ligada por una especie de baba grasienta; con el tiempo y la intemperie esa baba se seca y desaparece, y la esprainta se vuelve clara y quebradiza, dejando a la vista los restos de las presas. Ese cambio de color es tan fiable que sirve para datar: «el excremento de nutria se aclara con el tiempo», empieza oscuro y termina blanquecino, así que en una letrina muy usada se ven esprraintas «de todas las edades», unas frescas y otras blanqueadas, lo que a su vez indica la frecuencia de uso. Una ficha española lo mide: los excrementos van de 2 a 6 cm de largo por 1,5-1,8 cm de ancho, con una coloración rojiza en fresco cuando llevan restos de cangrejo, que también se vuelve blanca al secar.

El contenido y el olor cierran la identificación. Como las nutrias apenas mastican, el excremento va lleno de trozos grandes sin digerir: sobre todo escamas y espinas de pez, y a menudo fragmentos de caparazón de cangrejo o de concha de molusco. Y huele a pescado, sí, pero con un matiz característico: un fondo dulzón y almizclado que, según muchos observadores, recuerda al té de jazmín —y que, sobre todo, lo distingue del olor del visón. Ese matiz no es un detalle poético: es un criterio de campo real. Un rastreador con años de fototrampeo de nutria documenta cómo, puestos uno al lado del otro, el excremento oscuro y con espinas de la nutria se separa a simple vista del más estrecho y retorcido del visón americano.

El excremento de nutria empieza negro y grasiento y termina claro y quebradizo: por su color puedes saber si el rastro es de hoy o de hace semanas.

Las huellas: cinco dedos, membrana y saltos arqueados

Huella de nutria de cinco dedos con la membrana interdigital marcada, impresa en el barro blando de la orilla

La huella es la segunda gran señal, y la que confirma la esprainta. Búscala en las orillas de barro o de arena, en los limos blandos junto al agua. La nutria es un mustélido, y como todos los mustélidos marca cinco dedos, frente a los cuatro de perros y zorros; ese solo dato descarta un cánido de un vistazo. En sustrato suficientemente blando, entre los dedos aparece a veces la membrana interdigital, un rasgo que casi ningún otro animal de la orilla deja y que, cuando sale, es prácticamente una firma.

En cuanto a forma y tamaño, hay una diferencia útil entre las patas: la delantera es más redondeada, con la almohadilla algo más ancha, y mide aproximadamente 6 cm de largo por 6 de ancho; la trasera es más alargada, con la almohadilla principal más estrecha, y ronda los 8 cm de largo por 6 de ancho. Los rastreadores escoceses dan cifras muy parecidas —pie delantero bastante redondo de 6,5-7 cm, pie trasero de 6-9 cm— y añaden un contraste que orienta enseguida sobre el grupo: los demás mustélidos costeros son mucho más pequeños (la marta, unos 5 × 3 cm; armiños y comadrejas, huellas diminutas), así que una huella grande de cinco dedos junto al agua tiene pocas alternativas. La ficha de la Mammal Society cifra el rastro en 40-80 mm de anchura, con las marcas de uña normalmente ausentes pero la membrana a veces visible.

Un detalle que ayuda mucho a leer un rastro completo: la nutria no camina, salta arqueando el lomo, de modo que las huellas aparecen agrupadas en grupos característicos. Y con frecuencia deja, además, una marca de arrastre de la cola entre las pisadas, sobre todo en la nieve o el barro fino. Si ves grupos de huellas de cinco dedos, membranas ocasionales y un surco de cola, la identificación es firme.

Aquí conviene meter una advertencia, porque es la trampa más frecuente. La huella del visón también tiene cinco dedos y, por la disposición de estos y las uñas, adopta una «forma de estrella» muy parecida a la de la nutria; de hecho, en ambas especies la unión de las uñas con los dedos les da forma de lágrima. La diferencia decisiva es el tamaño: la huella del visón llega como mucho a 4,5 cm de largo por unos 3 de ancho en las manos, muy por debajo de los 6-9 cm de la nutria. Con la huella dudosa, manda el tamaño; y si además tienes la esprainta al lado, el olor y las escamas zanjan la cuestión.

Toboganes, letrinas y refugios: la orilla como escenario

Más allá de la esprainta y la huella, la nutria remodela su orilla de formas que la cámara puede captar. La más llamativa son los toboganes: rampas de barro o de nieve por las que el animal se deja resbalar hasta el agua sobre el vientre. No es solo juego —aunque las nutrias son famosas por deslizarse por taludes embarrados—; se cree que ayuda a los jóvenes a perfeccionar sus técnicas. Un tobogán liso y reluciente que baja directo al agua es una señal de presencia de primer orden, y un buen sitio donde encarar una cámara.

Luego están los refugios. La madriguera de la nutria se llama en inglés holt, y suele estar en cavidades naturales de las riberas: entre raíces de árboles, en zarzales y matorrales, bajo amontonamientos de rocas o en pequeños huecos del talud. Un buen indicio de que un hueco es un holt activo es la combinación de esprraintas, huellas, un desgaste liso característico en las entradas y el olor. La nutria neotropical hace lo mismo: descansa en cuevas de las paredes del río, huecos de árboles o camas de vegetación, y sus refugios rara vez están a más de 150 metros de la orilla.

Y hay una pista sutil que se aprecia a distancia: en los puntos de marcaje muy usados, visitados durante años por generaciones de nutrias, la vegetación cambia. A veces queda pelada; otras veces, al revés, se vuelve exuberante, formando matas de un verde oscuro intenso, muy distintas de su entorno, que pueden detectarse desde lejos. Si conoces el aspecto de esas matas, tienes un mapa de dónde poner las cámaras sin ni siquiera acercarte.

Un tobogán de barro liso y brillante que baja directo desde la orilla hasta el agua, la rampa por la que se desliza la nutria

Los restos de comida como señal indirecta

La nutria también delata su paso por lo que deja a medio comer. Suele sacar las presas grandes del agua para devorarlas en tierra, y ahí quedan las sobras. La Mammal Society lo describe con precisión: las nutrias «arrastran los peces orilla arriba para comérselos y dejan la cabeza», y también se encuentran mejillones y cangrejos con marcas de mordisco, o pinzas de cangrejo de río abandonadas. En un río donde haya nutria, una cabeza de barbo sobre una roca o un montoncito de pinzas de cangrejo señal es una firma tan buena como una esprainta.

Ese vínculo con la comida no es anecdótico: define a la especie. La nutria come sobre todo peces y crustáceos, con anfibios, moluscos, algún ave, reptiles e insectos como complemento. En la cuenca del Segura, crustáceos y peces superaron cada uno el 50 % de frecuencia de aparición en la dieta; en la Sierra Norte de Sevilla, el barbo (Barbus sclateri) fue la presa principal. Por eso la nutria es un bioindicador: necesita aguas limpias, con vegetación en las orillas y buena población de peces, de modo que su presencia «ofrece indicios de que el río está limpio». Encontrar sus restos de comida no solo confirma la especie: confirma la salud del río.

Una cabeza de barbo sobre una roca o un montón de pinzas de cangrejo son, en un río con nutria, una firma tan buena como un excremento.

El ritmo diario que revela la cámara

Restos de una comida de nutria en una piedra de la orilla: una cabeza de pez a medio comer junto a pinzas de cangrejo de río

Aquí es donde el fototrampeo aporta lo que el rastreo no puede: el cuándo. Y lo que muestran las cámaras es que el horario de la nutria no es fijo, sino que responde a nosotros. Un estudio del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), desarrollado durante dos años en una docena de ríos de Asturias, León y Madrid, acumuló 6.935 grabaciones de fototrampeo, de las que más de mil eran de nutria (1.052 en total), y encontró un patrón claro. Los momentos de mayor actividad se concentran «durante la puesta y la salida del sol» —es decir, es un animal marcadamente crepuscular—, pero durante la temporada de pesca las nutrias reducen su actividad diurna y se vuelven más nocturnas para esquivar a las personas. Y hay un matiz de hábitat precioso: «en los ríos más anchos y con mayor cantidad de vegetación se vuelven más confiadas, reduciendo su actividad nocturna», probablemente porque la cobertura les da refugio. La presión humana, en palabras del investigador Vincenzo Penteriani, «se refleja en el hábitat de las nutrias a través de las infraestructuras que rodean los ríos, la agricultura y la pesca».

Este mismo grupo hizo un segundo hallazgo que cambia cómo interpretar las letrinas. En un experimento publicado en Royal Society Open Science, basado en 217 registros de vídeo obtenidos con cámaras trampa en 26 enclaves de 17 ríos de Asturias y León, los investigadores manipularon el «paisaje olfativo» de territorios de nutria: en unos sitios retiraban los excrementos existentes, en otros añadían heces de una nutria forastera. El resultado fue nítido. Retirar los olores conocidos no cambió nada —«la desaparición de los olores, algo que sucede habitualmente tras lluvias o crecidas, no parece preocupar a las nutrias»—, pero introducir el olor de un desconocido provocó una reacción inmediata: en la mayoría de los casos las nutrias respondían en menos de 24 horas, lo que indica que «patrullan sus zonas de marcaje prácticamente cada día». Y más del 58 % de los comportamientos registrados consistieron en olfatear y evaluar el nuevo estímulo, no en agredir ni en sobre-marcar. La lectura de los autores es que la nutria europea es más social que territorial: antes de gastar energía, recopila información sobre el intruso, «quién ha pasado por allí y si es una posible pareja». Para quien pone cámaras, la consecuencia práctica es directa: una letrina no es una frontera hostil, es un tablón de anuncios que el animal revisa a diario, y por eso es un punto de detección tan fiable.

La nutria neotropical muestra un patrón distinto y también revelador. Las fichas la describen como de hábitos «normalmente diurnos», pero que pueden volverse completamente nocturnos en lugares alterados por el hombre. En Costa Rica se la ve, de hecho, más activa de día. La UICN la clasifica directamente como especie que «puede ser diurna o nocturna». Esa plasticidad horaria, común a las nutrias de uno y otro continente, es en sí misma un dato que la cámara captura mejor que ningún otro método: el mismo animal es más diurno en un tramo tranquilo y más nocturno donde hay pescadores.

La trampa de nomenclatura: «nutria» que no es nutria

Antes de dar por buena una identificación conviene detenerse en las palabras, porque en este tema son un campo minado incluso peor que en otros. El caso más peligroso: en gran parte de Sudamérica —y en el inglés que heredó el nombre— se llama «nutria» a Myocastor coypus, el coipo o «rata-nutria». Y no es una nutria en absoluto: es un roedor, de la familia Myocastoridae, sin ninguna relación con los carnívoros Lutra y Lontra. El nombre se le pegó por sus hábitos acuáticos, pero morfológicamente es otra cosa. La ficha oficial española lo describe como «un roedor similar a una rata grande de pequeñas orejas», con el pelaje pardo y una larga cola cilíndrica y sin pelo; los machos superan los 60 cm y llegan a 6,5 kg. Sus rasgos más característicos son los incisivos naranjas bien visibles y esa cola casi desnuda. Si en tu cámara aparece un bicho tipo rata gigante, de cola pelada y dientes anaranjados, escarbando en la orilla, no es una nutria: es un coipo. (La misma ficha ayuda a separarlo de otros roedores acuáticos: el castor tiene la cola ovalada y aplanada, cubierta de escamas hexagonales negras; la rata almizclera carece de esos grandes incisivos naranjas y tiene la cola aplanada de lado.)

Hay una segunda familia de confusiones, esta vez entre nutrias de verdad. En la Amazonia, la nutria neotropical convive con la nutria gigante (Pteronura brasiliensis), y conviene no mezclarlas. La gigante es enorme —mide entre 1,5 y 2 metros y pesa de 25 a 32 kg—, tiene la cola aplanada hacia la punta (no cónica como la neotropical) y, sobre todo, luce unas manchas claras amarillentas en la garganta que forman un patrón único en cada individuo, lo que permite identificarla ejemplar por ejemplar; además es social y se mueve en grupos. La neotropical, en cambio, es más pequeña, solitaria o en pareja, y tiene la cola cónica terminada en punta. Rara vez se confunden por el tamaño, pero sí comparten hábitat, así que en una cámara amazónica conviene tener las dos en mente.

Y una tercera, en el extremo sur del continente: el huillín (Lontra provocax), la nutria de río patagónica, una especie distinta endémica del sur de Chile y Argentina. Mide 1,1-1,3 m (cola de 38-45 cm), pesa de 6 a 15 kg y es la nutria más austral, presente en ríos, lagos y hasta en los canales marinos del Pacífico. Ambas se llaman a veces «nutria de río» en sus zonas de solape, pero son especies diferentes con distribuciones distintas.

Si en la cámara ves un bicho tipo rata gigante, de cola pelada y dientes anaranjados, no es una nutria: es un coipo, y es un roedor.

Una misma nutria, muchos nombres — y una especie recién partida en dos

Una cámara de fauna sujeta a un tronco junto al río, apuntando en horizontal sobre una orilla tranquila donde se ven huellas y una letrina

La maraña de nombres populares es enorme, y el nombre científico es el único idioma común. A la nutria neotropical se la llama «perro de agua» en Costa Rica y otros países centroamericanos, y «lobito de río» o «lobito de agua» en Argentina, Uruguay y Colombia. Ojo con no confundir «lobito de río» (la neotropical) con «lobo de río» o «ariraí» (la nutria gigante). En la península ibérica, Lutra lutra recibe nombres regionales según la lengua: llúdriga en catalán, lontra en gallego, igaraba en euskera, «llondra» en asturiano. Todos, la misma especie.

A esa confusión de nombres se ha sumado hace muy poco un cambio de fondo en la taxonomía que conviene conocer para no manejar un mapa desactualizado. En 2024, un estudio genómico publicado en el Journal of Mammalogy demostró que lo que se consideraba una sola nutria neotropical, Lontra longicaudis, son en realidad dos especies distintas. Analizando marcadores de todo el genoma de 29 individuos a lo largo de su rango, los autores separaron las poblaciones transandinas —desde México y Centroamérica hasta el occidente de los Andes de Colombia y Ecuador— como una especie propia, Lontra annectens, dejando a Lontra longicaudis restringida a las cuencas del Amazonas, el Orinoco y el Paraná, al este de los Andes. Son especies crípticas: casi idénticas por fuera —una de las pocas pistas morfológicas es la forma de la almohadilla nasal—, pero genéticamente diferenciadas. La UICN aún debe validar formalmente la propuesta, pero el consenso entre los especialistas es que probablemente lo hará. En la práctica del fototrampeo esto no cambia lo que ves —una nutria neotropical sigue pareciendo una nutria neotropical—, pero sí cambia qué nombre le pones a un registro según el país: la de tu cámara en México o Costa Rica es, muy probablemente, L. annectens; la del Pantanal, L. longicaudis.

Bajo el nombre «nutria» viven varias especies y hasta un roedor: el nombre científico es el único idioma común.

Estado de conservación: por qué cada registro cuenta

Una nutria nadando bajo y profundo en agua oscura y tranquila, asomando solo la cabeza y el lomo, con la cola gruesa arrastrando por detrás

Situar a estas nutrias en su contexto de conservación importa, porque parte de por qué merece la pena identificarlas bien es que cada registro fiable alimenta su seguimiento. Y aquí conviene ser cuidadoso, porque el estado global y el nacional no coinciden, así que hay que citarlos con su fuente y su fecha.

La nutria paleártica figura como Casi Amenazada a escala global según el grupo de especialistas de la UICN, con poblaciones en declive en muchos países donde no está protegida. A escala nacional, la ficha del Ministerio español la cataloga como Vulnerable en España. Pero la especie protagoniza además una de las grandes historias de recuperación de la fauna europea, y esa historia es en sí misma un argumento para vigilarla. La ficha oficial documenta que entre 1966-68 y 1985 desapareció en torno al 60 % de la población nacional española, arrasada por la contaminación por dieldrín, PCB y metales pesados, y por la alteración de las riberas. Desde su protección legal a mediados de los ochenta, la nutria ha vuelto con fuerza a los ríos de buena parte de la península. Es el ejemplo de manual de un bioindicador que sube y baja con la salud del agua.

La nutria neotropical figura también como Casi Amenazada globalmente según la UICN, tras una historia negra: entre los años cincuenta y setenta se llegaron a matar más de 30.000 nutrias al año por sus pieles, lo que la llevó al borde de la extinción antes de que se prohibiera esa caza. Hoy está protegida en todos los países donde vive, y sus poblaciones se han recuperado en varios de ellos. Los estatus nacionales son muy dispares —Vulnerable en Argentina según la categorización de 2021, por ejemplo— y no deben confundirse con el global. De hecho, hay un debate científico abierto y honesto sobre esa etiqueta: un estudio que modeló su distribución concluyó que la nutria neotropical ocupa un área un 34 % mayor de la estimada por la UICN, cubriendo cerca de la mitad de las Américas, y que buena parte de su hábitat óptimo coincide con áreas protegidas ya existentes. La lección para quien aporta registros de cámara es doble: por un lado, cada dato ayuda a afinar esos mapas; por otro, el reciente desdoblamiento en dos especies reduce el área de cada una, lo que vuelve más relevante cada registro nacional a la hora de evaluar su riesgo.

Aprender a leer una esprainta, una huella de cinco dedos o un tobogán en el barro es, en el fondo, una pequeña forma de contribuir a ese seguimiento. Y como una campaña de fototrampeo junto a un río genera muchísimas imágenes —la mayoría sin nutria, porque el animal pasa poco y rápido—, ahí es donde una cámara con la inteligencia adecuada ahorra el trabajo pesado.

Preguntas frecuentes

¿Cómo distingo una nutria de un visón en la cámara?

Por el tamaño y la forma de nadar. La nutria es grande (más de un metro de largo), de cuerpo robusto y cola gruesa, y al nadar solo asoma la cabeza. El visón no llega a 70 cm, es más pequeño que un gato y nada mostrando el lomo y la cola; además tiene una mancha blanca en el labio superior.

¿Cómo es el excremento de nutria y cómo lo diferencio del de otros animales?

Va sobre piedras o troncos visibles, huele a pescado con un fondo dulzón (como a té de jazmín) y contiene escamas y espinas de pez. En fresco es negro y grasiento; al secarse se vuelve claro y quebradizo. Ese olor y ese contenido lo separan del excremento del visón, más estrecho.

¿Qué huella deja la nutria?

Cinco dedos —un cánido solo marca cuatro—, con la delantera redondeada (unos 6 × 6 cm) y la trasera más alargada (hasta 8-9 cm), y a veces la membrana interdigital marcada en barro blando. Se desplaza a saltos arqueando el lomo, dejando las huellas agrupadas y, a menudo, una marca de arrastre de la cola.

¿Por qué es tan difícil fotografiar una nutria con cámara trampa?

Porque es esquiva, sobre todo nocturna, va pegada al agua y se mueve muy rápido, así que muchos pasos escapan al disparador por movimiento o quedan como grabaciones demasiado cortas para interpretarlas. Por eso conviene combinar la cámara con la búsqueda de señales en la orilla.

En Sudamérica llaman «nutria» al coipo. ¿Cómo los diferencio?

El coipo (Myocastor coypus) es un roedor, no una nutria: tiene una larga cola cilíndrica y sin pelo e incisivos naranjas muy visibles, y su cuerpo recuerda a una rata grande. La nutria verdadera tiene cola muscular y afilada, y pelaje uniforme sin dientes anaranjados a la vista.

¿La nutria es diurna o nocturna?

Depende. La paleártica es sobre todo crepuscular y nocturna, con picos al amanecer y al anochecer, y se vuelve aún más nocturna donde hay presión humana como la pesca. La neotropical es normalmente diurna, pero pasa a nocturna en lugares alterados por el hombre.