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El oso en la cámara de fauna: huellas, árboles de marcaje y cómo detectarlo sin molestarlo

Un oso pardo cantábrico se frota la espalda contra un abedul grande de corteza arrancada en un bosque de montaña al amanecer

Un oso rara vez se deja ver. Con un olfato tan fino que detecta comida y peligro a distancias que a nosotros nos parecen imposibles, y una tendencia clara a esquivar cualquier rastro humano, el oso pardo cantábrico se las arregla para vivir a pocos kilómetros de los pueblos y aun así cruzarse con la gente casi nunca. Por eso, quien quiere saber si un oso pisa un valle casi nunca lo hace mirándolo: lo hace leyendo lo que deja atrás. Una huella en el barro. Un tronco frotado y arañado a la altura del pecho. Un excremento lleno de huesos de cereza. Y, cada vez más, un fotograma de una cámara colocada donde se sabe que pasa.

Ese es el arte de detectar un oso sin molestarlo, y no es un matiz menor de etiqueta. En la península ibérica el oso es una especie protegida cuya población cantábrica ronda los 370 ejemplares según la última estimación genética; al otro lado del Atlántico, el oso de anteojos —el único úrsido de Sudamérica— figura como Vulnerable en la Lista Roja de la UICN, con su hábitat reducido cerca de un 30 % en veinte años. Acercarse demasiado a cualquiera de los dos no solo es arriesgado para ti: puede alterar su comportamiento, y en el peor de los casos empujarlo hacia el conflicto con las personas. La buena noticia es que las señales que dejan cuentan casi toda la historia, si sabes leerlas.

Al oso casi nunca se le ve; se le lee. La huella, el árbol frotado y el excremento cuentan la historia que el animal se cuida de no contar en persona.

Dos osos, dos historias

Antes de leer un rastro conviene saber a qué oso puedes estar siguiendo, porque las cifras y las señales no son intercambiables.

En Europa, el protagonista es el oso pardo (Ursus arctos), el mayor mamífero terrestre salvaje de la fauna ibérica. Vive en dos grandes núcleos: la cordillera Cantábrica —dividida a su vez en una subpoblación occidental y otra oriental, ambas en recuperación— y, con una población mucho más pequeña y delicada, los Pirineos. Es un animal que hiberna: bien alimentado en otoño, las hembras paren en enero una a tres crías ciegas dentro de la osera y salen con ellas en abril o mayo. Su dieta lo define mejor que ninguna otra cosa. Se le ha llamado «el carnívoro arrepentido»: conserva la dentición y el aparato digestivo de un carnívoro, pero come sobre todo vegetación, frutos y, de forma oportunista, algo de proteína animal —desde hormigas hasta carroñas. El otoño es su estación crítica, cuando los frutos secos (bellotas, hayucos, castañas) deciden si llegará al invierno en condiciones de reproducirse.

El oso de anteojos u oso andino (Tremarctos ornatus) juega con otras reglas. Es el único oso de Sudamérica y habita la cordillera andina desde el oeste de Venezuela hasta el sur de Bolivia, en ambientes que van del bosque nublado al páramo y hasta el desierto costero del noroeste peruano. A diferencia del pardo, es diurno, no hiberna y lleva una vida marcadamente arborícola: construye nidos en las copas de los árboles y en paredes de roca para descansar, dormir y vigilar. Su dieta es vegetariana en hasta un 90 %, dominada por plantas duras y fibrosas —bromelias, palmas, bambú— que tritura con unas mandíbulas potentes y un cráneo corto. Y su rasgo más útil para quien lo estudia está en la cara: esas manchas blancas o cremas alrededor de los ojos, que a menudo bajan al pecho, son distintas en cada individuo, como una huella dactilar.

Esa asimetría también marca lo que sabemos. Al oso pardo cantábrico lo respalda un programa de investigación de décadas, con cámaras trampa apostadas en árboles de marcaje temporada tras temporada. Del oso de anteojos, el trabajo de campo es más reciente, más disperso y más apoyado en ONG; incluso su comportamiento de marcaje solo se ha descrito en detalle en un puñado de estudios. Ten esa diferencia presente cada vez que compares una cifra de uno con la del otro.

Un oso que hiberna en un hayedo cantábrico y otro que duerme en un nido sobre una copa andina no dejan el mismo rastro. Identifica primero la especie; después, la señal.

La huella: por qué la del oso no se parece a ninguna otra

Empecemos por lo que más veces vas a encontrar. La huella de oso es de las pocas que un principiante puede aprender a reconocer casi de un vistazo, y la razón es anatómica: el oso, como nosotros, es plantígrado. Apoya toda la planta del pie al caminar, y eso deja una impresión que ningún otro gran mamífero ibérico imita.

Conviene distinguir las dos patas. La trasera deja la huella característica del plantígrado: se marca claramente la planta alargada, los cinco dedos y, en muchas ocasiones, las uñas. La delantera, en cambio, imprime sobre todo los dedos y una pequeña porción de la palma, y sus dedos aparecen más enfrentados que en línea recta, porque el oso camina «como si fuera zambo», con las manos giradas hacia dentro. En un rastro, esa convergencia de las manos hacia el interior es una pista fiable de que vas tras un oso y no tras otra cosa.

Una sola huella cuenta mucho más de lo que parece. Con solo observarla se puede deducir si el animal corría o paseaba, si es pesado o ligero, si arrastra alguna herida y si camina acompañado de crías. Y ofrece un dato que rara vez da un rastro: una idea del sexo. En el oso cantábrico, las huellas que superan los 13 cm son casi siempre de machos, que pueden pasar de los 14 cm en la mano; las hembras adultas dan una media de entre 10 y 12 cm, y las crías, más pequeñas, de 6 a 6,5 cm. Ese último tamaño es el que puede jugarte una mala pasada, porque se acerca al del tejón, aunque el del tejón resulta aún menor, de unos 4 a 4,5 cm. Un apunte de método que usan los técnicos: la huella se mide desde la mitad de la impresión de los dedos, del primero al quinto.

Y una advertencia que evita muchos errores de aficionado: la calidad de una huella no depende del animal, sino del terreno. Un oso enorme deja una impresión pobre sobre roca o hierba seca, y una cría deja una huella nítida en barro fino. No juzgues el tamaño ni la especie por una huella mala; busca varias y quédate con la mejor.

En los Andes, el principio es el mismo pero el manual cambia: el oso de anteojos también tiene cinco dedos, con garras fuertes, curvas, achatadas y no retráctiles que le sirven para trepar, y esa aptitud trepadora tiñe todo su rastro —lo verás tanto en el suelo como, arañado, en la corteza y las ramas. Las medidas ibéricas no valen allí; para el oso andino existen guías de huellas propias que conviene consultar en cada país.

Huella trasera de oso pardo, plantígrada y con cinco dedos y uñas marcadas, impresa en barro fino junto a un pequeño palo para escala

Árboles de marcaje: la firma que un oso deja a la altura del pecho

Si la huella es la señal más común, el árbol de marcaje es la más rica en información, y probablemente la más fascinante. Los osos dejan su impronta en la naturaleza para comunicarse entre ellos: a través de heces, orina, secreciones de sus glándulas y marcas físicas transmiten su estado, su rango, su sexo. El soporte estrella de ese sistema es un tronco.

Suelen frotarse contra él, arañarlo y morderlo. Los machos dedican mucho tiempo a dejar constancia de su presencia, sobre todo en la época de celo, y a veces enganchan en la corteza restos de pelo —un pelo bastante sedoso, más fino que el del jabalí o el ciervo, que puede quedar a más altura de la que dejaría otro animal, e incluso prendido en los alambres que cierran las fincas. Las marcas de las uñas dejan arañazos equidistantes, y suelen quedar señalados tres o cuatro dedos. Aprende a mirar arriba: buena parte de estas marcas están a la altura del pecho de una persona o por encima.

La ciencia cantábrica ha desmenuzado por qué un oso elige un árbol y no el de al lado. Un estudio del Journal of Mammalogy comparó 101 árboles marcados con 263 árboles «control» en la cordillera y encontró un patrón claro: los osos prefieren árboles más conspicuos —de mayor diámetro, más aislados de sus vecinos y con el tronco despejado más arriba—, porque esas características hacen que la marca química y visual destaque y dure más. Y tienen un favorito: el abedul. Representaba el 28,7 % de los árboles marcados aunque solo suponía el 18,6 % de los disponibles, y no por casualidad: su corteza se lacera con facilidad y ofrece un fuerte contraste entre la capa externa blanca y la interna oscura, un lienzo ideal para un mensaje que debe verse de lejos y aguantar el tiempo. Cuando busques indicios en zona osera, los abedules grandes y despejados son un buen sitio por donde empezar.

Lo que hace un oso frente a ese árbol también está descrito paso a paso. Cámaras trampa colocadas en un punto de marcaje cantábrico durante varios años registraron 285 visitas y más de 400 comportamientos de comunicación, y revelaron una secuencia típica en los machos: husmear las depresiones del suelo, marcar con las patas —un giro de los pies contra el terreno—, oler el tronco y, por fin, frotar la espalda contra él. No es un gesto para rascarse un picor; es un ritual de comunicación. Ese mismo trabajo mostró que el sitio funcionaba como un «centro de comunicación» de toda la población: los machos adultos hacían casi todo el marcaje —el 95 % del marcaje pedal y el 66 % del de árboles—, mientras que las hembras apenas frotaban (un 9 % de las visitas) y nunca marcaban con las patas; en cambio, osos de todas las clases se acercaban a oler las marcas, como receptores de la información.

Hay un matiz que ayuda a interpretar un tronco descortezado. Arrancar la corteza —el marcaje visual— es, en el oso pardo, un comportamiento exclusivo de machos adultos, que lo ejecutan con uñas y dientes y casi siempre concentrado en la temporada de celo, principalmente entre abril y junio en el hemisferio norte. Y nunca va solo: el marcaje visual siempre acompaña al marcaje químico, nunca aparece aislado. Es decir, un descortezado alto y fresco no solo dice «oso»: dice «macho adulto, en celo». Un estudio comparativo en osos negros de California, filmado con cámaras de vídeo, describió posturas de marcaje muy variadas —a dos patas, con las patas, a cuatro patas— y confirmó que el marcaje es casi siempre cosa de machos adultos, un patrón que se repite entre especies de oso.

¿Y por qué importa tanto un árbol frotado, más allá de la etología? Porque es una estación de muestreo gratuita. El pelo que el oso deja prendido contiene ADN, y de ahí sale la identidad y el sexo del animal; un estudio en osos grizzly llegó a reconstruir árboles genealógicos con el pelo de los árboles de frotamiento, y comprobó que los osos que más marcan también dejan más descendencia. Marcar, para un oso, es reproducirse mejor; para quien lo estudia, un árbol de marcaje es una fuente de datos que no requiere tocar al animal.

Un dato reciente añade una advertencia de gestión. Un trabajo de 2026 del Museo Nacional de Ciencias Naturales, apoyado en más de 15.000 días de cámara trampa repartidos en 14 árboles a lo largo de nueve temporadas de celo, halló que la intensidad del marcaje —sobre todo el marcaje pedal, exclusivo de machos— aumenta cuando hay más osos compitiendo en la zona. Y, lo que más interesa aquí: a medida que crecía el número de osos, el marcaje se desplazaba hacia horas más diurnas, incluso en paisajes modificados por el ser humano. Traducido al campo: en zonas con muchos osos y presencia recreativa, la probabilidad de coincidir con uno marcando de día sube, y con ella la responsabilidad de no interferir.

En los Andes, el marcaje en árboles existe pero está mucho menos estudiado. El único trabajo detallado hasta la fecha, un estudio piloto en un bosque nublado de Ecuador, instaló cámaras en sitios de marcaje y obtuvo 22 vídeos de osos de anteojos —todos de día—, de los cuales 18 incluían comportamiento de marcaje. El frotamiento de árboles era el gesto principal y seguía cuatro pasos: oler el árbol, frotar cuello y hombros, frotar los flancos y frotar la espalda; algunos también arañaban y orinaban mientras frotaban, y el marcaje olfativo solo se observó en machos. Es poco, pero encaja con lo que sabemos del oso pardo y sugiere que la lógica de comunicación es común a los osos.

Un descortezado alto y reciente en un abedul no dice solo «pasó un oso». En el oso pardo dice «macho adulto, en celo»: la corteza arrancada es marca exclusiva de machos y casi siempre va con marca de olor.

Excrementos y señales de comida: lo que el suelo cuenta que la cámara no

Un oso de anteojos con manchas faciales blancas únicas se alimenta en un árbol del bosque nublado andino

El excremento de oso es una guía de campo en sí mismo, porque cambia de aspecto con la dieta y, por tanto, con la estación. El oso digiere mal la materia vegetal, así que en sus deposiciones se reconoce buena parte de lo que ha comido, con un olor suave y afrutado cuando la ingesta ha sido vegetal, y bastante más intenso cuando ha comido carne, de carroña o depredación.

El calendario cantábrico se lee así. A comienzos de la primavera, los excrementos son oscuros o verdosos, con restos de insectos y herbáceas. Con la llegada de los frutos carnosos a finales de la primavera y en verano —las cerezas sobre todo—, aparecen repletos de sus semillas; aquí acecha una confusión clásica, porque a veces se encuentran deposiciones con abundantes huesos de cereza en pequeños agujeros excavados, que en realidad son las letrinas del tejón, no del oso. Otros llevan restos de ciruela o manzana. Y en otoño, cuando los frutos de las fagáceas (hayucos, bellotas, castañas) son el recurso clave, el excremento suele ser una masa blanquecina con trozos de las envolturas de esas semillas. Aprender ese calendario convierte un excremento anónimo en una fecha aproximada y una historia de alimentación.

Alrededor del excremento suele haber más pistas, las señales de alimentación. Los cerezos y ciruelos aparecen con ramas rotas; hay grandes hormigueros excavados para llegar a las larvas, colmenas destruidas con restos de cera, troncos y piedras de buen tamaño volteados en busca de invertebrados. Ese destrozo tiene su lógica en la dieta oportunista del «carnívoro arrepentido»: el oso saquea colmenas y hormigueros, visita los cerezales incluso cerca de los pueblos y aprovecha restos de ungulados muertos, mientras que la depredación sobre presas vivas es escasa y a menudo se confunde con carroñeo.

El oso de anteojos deja su propia versión de estas señales. Como se alimenta durante largos periodos en un mismo sitio, a veces defeca repetidamente en un mismo punto, a modo de letrina. Y su vida arborícola imprime marcas propias: nidos de ramas en las copas, árboles trepados y frutales trabajados en altura. En los bosques secos del norte de Perú, precisamente, el clima árido juega a favor del rastreador: conserva bien las señales de presencia —marcas en árboles y excrementos— y concentra la actividad del oso en torno a las pocas charcas dispersas, lo que facilita encontrar indicios y decidir dónde vigilar.

Corteza de abedul arrancada por un oso con arañazos equidistantes de garras a la altura del pecho, junto a un excremento con huesos de cereza

La cámara trampa: ver al oso sin perseguirlo

Aquí es donde la detección de indicios se cruza con la tecnología, y donde una cámara de fauna se gana su sitio. La lógica es sencilla y poderosa: en lugar de buscar al oso, colocas una cámara donde el rastro dice que pasa —un cruce, un paso obligado, un árbol de marcaje conocido— y dejas que el animal aparezca a su ritmo, sin que nadie lo moleste. Los equipos oficiales de seguimiento del oso cantábrico lo hacen exactamente así: además de buscar huellas, excrementos y pelos, y de observar a gran distancia con óptica de largo alcance, utilizan cámaras de fototrampeo para estudiar las zonas de paso y el comportamiento de los osos. En los Andes, las organizaciones que estudian al oso de anteojos describen sus cámaras casi con las mismas palabras: «nuestros ojos en el bosque», que permiten seguir a los osos sin molestarlos.

Los ejemplos recientes dan la medida de lo que una cámara consigue donde el ojo humano fracasa. En 2015, un equipo del Smithsonian obtuvo la primera evidencia fotográfica de un oso de anteojos en la reserva comunal Amarakaeri, en Perú, con tres localizaciones de cámaras. En 2025, en la selva central peruana, una cámara registró a un oso de metro y medio que se acercaba al objetivo, olfateaba el suelo unos segundos y se marchaba, en un mismo enclave que también captó jaguar, sachavaca (tapir), ocelote y puma. Y en Colombia, cámaras trampa han servido para documentar nuevos registros de distribución de la especie en hábitats fragmentados, allí donde nadie esperaba encontrarla.

Si tu objetivo no es solo saber que hay un oso, sino cuál, hay una lección técnica que vale oro para el oso de anteojos: graba en vídeo, no en foto. Un estudio en Colombia comparó 4.588 archivos de cámaras trampa y encontró una diferencia demoledora: solo el 5,25 % de las fotos resultaron útiles para identificar al individuo, frente al 53 % de los vídeos. El vídeo permite ver al oso desde varios ángulos y distancias y capta las manchas faciales y pectorales —esas «huellas dactilares»— mucho mejor que una foto fija, además de revelar rasgos como una cojera que una imagen congelada se pierde. En aquel estudio, las cámaras se colocaron a 0,6 m del suelo, una altura pensada para encuadrar bien el pecho y la cara del animal en ese sistema concreto —no es una regla universal, sino la solución que le funcionó a ese equipo. Los programas andinos combinan además estas cámaras con modelos de ocupación, que cruzan las señales de presencia y las capturas de cámara para estimar dónde está la especie y cómo la afectan la presión humana y la pérdida de bosque.

Un rasgo de comportamiento del oso de anteojos merece un aviso práctico. Son animales curiosos y juguetones con las cámaras: en Bolivia, se fotografiaron osos y crías rodeando los equipos, desmontándolos y hasta dejando una cámara abierta y colgando de un árbol —«las cámaras son como grandes juguetes que destellan», resumió la investigadora que dirigía el trabajo. La solución que adoptaron es transferible a cualquiera: coloca varias cámaras enfocando el mismo punto desde ángulos distintos, de modo que, si el oso ataca una, las demás sigan grabando. Con esta especie, proteger y multiplicar las cámaras importa más que temer que el animal huya de ellas.

Aquí es donde una plataforma como trail.cam encaja en el flujo de trabajo del rastreador, porque el cuello de botella deja de ser el oso y pasa a ser el montón de imágenes.

No busques al oso: busca su rastro, pon la cámara donde el rastro manda y deja que el animal venga solo. Es la diferencia entre perseguir y detectar.

Cómo detectarlo sin molestarlo

Cámara de fauna sujeta a un árbol de marcaje de oso, enfocando la corteza descortezada a la altura del pecho en un bosque de montaña

Todo lo anterior se sostiene sobre una regla que en el caso del oso no es opcional. Hablamos de una especie protegida, y en el oso de anteojos, además, catalogada como Vulnerable; perseguir, perturbar o molestar de forma deliberada a estos animales es una infracción que puede acarrear sanción, y acosarlos para conseguir un mejor plano de foto es una de las peores formas de hacerlo. Pero hay también una razón de seguridad: aunque el oso tiende a huir de las personas, un encuentro a corta distancia puede torcerse si el animal está herido, si es una hembra con crías, si se le sorprende comiendo o hibernando, o si lo hostigan perros.

El manual oficial de buenas prácticas para la observación de oso, lobo y lince en España marca el criterio con claridad. La distancia adecuada es la que te hace pasar desapercibido y permite al animal comportarse con naturalidad; en la práctica, eso significa observar de lejos y apoyarse en telescopios y teleobjetivos en vez de acercarse. A partir de ahí, unas pautas que conviene grabar a fuego:

Hay una línea roja que va más allá de la observación: no alimentar ni habituar. El protocolo de intervención con osos en los Pirineos distingue entre un «oso habituado» —que ha perdido el miedo y tolera la presencia humana a corta distancia— y un «oso problemático» condicionado por recursos de origen humano, y su primera recomendación de prevención es evitar la basura y la comida que puedan atraerlo. Un oso que asocia a las personas con comida es un oso en peligro, porque el conflicto que sigue rara vez acaba bien para él. Dejar comida a un oso, aunque sea sin querer, es empujarlo por esa pendiente.

La forma más elegante de resolver toda esta tensión es, precisamente, la que abre este artículo: leer sus rastros y dejar que una cámara haga la observación por ti. Los propios equipos profesionales estructuran su trabajo en torno a la observación a distancia con óptica, la búsqueda sistemática de indicios y las cámaras trampa, precisamente para no interferir. Es un modelo que cualquier naturalista puede imitar a su escala, y el que menos huella deja en el animal.

Acosar a un oso para una foto es ilegal y peligroso; alimentarlo, aunque sea sin querer, puede acabar matándolo. La cámara y el rastro observan sin cobrar ese precio.

Preguntas frecuentes

¿Cómo distingo una huella de oso de la de otro animal?

Por la anatomía plantígrada: la pata trasera deja una impresión completa de planta, cinco dedos y a menudo las uñas, y las manos delanteras aparecen giradas hacia dentro. Ningún otro gran mamífero ibérico deja esa huella; la única confusión posible es la de una cría de oso (6-6,5 cm) con un tejón, más pequeño (4-4,5 cm).

¿Puedo saber el sexo del oso por la huella?

En el oso pardo cantábrico, de forma orientativa sí: una impresión que supera los 13 cm es casi siempre de un macho adulto, mientras que las hembras dan una media de 10-12 cm. Mide siempre la mejor huella de un rastro, no una impresión pobre, y recuerda que la nitidez depende del terreno, no del animal.

¿Qué es un árbol de marcaje y cómo lo reconozco?

Es un tronco que los osos usan para comunicarse frotándose, arañándolo y mordiéndolo, a menudo a la altura del pecho o más arriba. Busca corteza arrancada, arañazos equidistantes de tres o cuatro uñas, pelo sedoso prendido y, con frecuencia, un abedul grande y despejado, que es el árbol favorito en la cordillera Cantábrica.

¿Un tronco con la corteza arrancada indica siempre un oso cualquiera?

En el oso pardo, arrancar la corteza (el marcaje visual) es un comportamiento exclusivo de machos adultos y se concentra en la época de celo, sobre todo entre abril y junio en el hemisferio norte. Además, siempre acompaña al marcaje de olor. Por eso un descortezado alto y fresco apunta a un macho adulto en celo, no a cualquier oso.

¿Sirve mejor la foto o el vídeo para identificar a un oso concreto?

El vídeo, sin discusión, sobre todo con el oso de anteojos, cuyas manchas faciales y pectorales son únicas de cada individuo. En un estudio colombiano, solo el 5 % de las fotos servían para identificar al ejemplar, frente al 53 % de los vídeos, porque el vídeo capta al animal desde varios ángulos y distancias.

¿Cómo observo a un oso sin molestarlo ni infringir la ley?

Manteniendo la distancia y usando óptica de largo alcance o una cámara trampa en un paso conocido, en lugar de acercarte. Nunca sigas al animal, no le cortes la vía de escape, no te interpongas entre una osa y sus crías, no lleves perros sueltos y jamás lo atraigas con comida: acosar o habituar a un oso está prohibido y es peligroso para ambos.