Es uno de los carnívoros más comunes de buena parte de Europa y, a la vez, uno de los que menos gente ha visto vivo. El tejón (Meles meles) pasa el día bajo tierra y solo sale cuando ha caído la noche, así que quien quiera conocerlo tiene dos caminos: pasar noches enteras en vela junto a una madriguera, o dejar que una cámara de fauna monte la guardia por él. La segunda opción es la que ha destapado buena parte de lo que hoy sabemos de esta especie —desde el tamaño de sus grupos hasta las horas exactas a las que emerge—, precisamente porque la cámara ve lo que un observador rara vez alcanza a ver.
Pero una cámara solo sirve si la pones en el sitio correcto, y ese sitio casi siempre es una tejonera: la red de túneles y cámaras subterráneas donde el clan descansa, cría y se relaciona. El problema es que un agujero en el suelo puede ser de un tejón, de un zorro, de un conejo o de nadie, y que muchas tejoneras están medio ocultas o abandonadas. Esta guía es para leer el terreno como lo lee un rastreador: reconocer una tejonera activa, separar sus indicios de los de otras especies excavadoras, y entender qué patrón de actividad esperar cuando la cámara empiece a grabar. Está pensada para propietarios de fincas, naturalistas y aficionados al fototrampeo que quieren registros fiables, no un carrete lleno de dudas.
El tejón vive de noche y bajo tierra: la cámara de fauna ve por ti lo que tú casi nunca llegarás a ver.
Un carnívoro común que casi nadie ve
Empecemos por lo que hace del tejón un sujeto difícil. Es un animal fundamentalmente nocturno: descansa el día en la tejonera y sale a alimentarse cuando oscurece. Tiene el olfato y el oído muy desarrollados y la vista más limitada, algo lógico en un animal hecho para la vida bajo tierra y para moverse a oscuras. El resultado práctico es que toparse con uno vivo a plena luz del día es rarísimo. Un naturalista asturiano que siguió a los tejones de su zona muchas noches lo resume sin adornos: nunca consiguió fotografiar uno de día, y los que él conocía «nunca antes de las 22 h» en verano salían de la madriguera; incluso en noches de luna llena, algunos no asomaban en toda la noche.
Esa discreción explica por qué durante mucho tiempo se supo tan poco de su comportamiento, y por qué la cámara de fauna ha cambiado las reglas. Al grabar sin molestar, permite documentar el tamaño de los grupos, las cópulas, la salida de las crías o qué otras especies entran en la madriguera —cosas que un observador nocturno rara vez ve completas. El tejón, además, merece la atención: es un ingeniero del ecosistema. Al excavar remueve el suelo, dispersa semillas con sus excrementos y crea refugios que aprovechan zorros, martas, conejos, ratones de campo y topillos.
Conviene también situar la escala. En su óptimo del noroeste de Europa el tejón alcanza densidades altas, pero en Iberia, el límite suroccidental de su área, vive mucho más disperso: los estudios dan entre 0,13 y 0,67 individuos por kilómetro cuadrado en España y entre 0,36 y 0,48 en Portugal. Un trabajo portugués con cámaras en dehesa mediterránea estimó una densidad intermedia, en torno a 0,49–0,73 tejones/km², y la atribuyó a los recursos ligados al ser humano —comederos de caza, puntos de agua— que suavizan la escasez del clima mediterráneo. Traducido al campo: en gran parte de Iberia hay menos tejones por hectárea de los que un aficionado británico daría por sentado, y encontrar la madriguera cuesta más.
En Iberia hay menos tejones por hectárea de lo que muchos suponen: aquí, dar con la tejonera es la mitad del trabajo.
Dónde buscar la tejonera
Antes de buscar agujeros, conviene pensar como un tejón y leer el paisaje. La especie necesita dos cosas a la vez: terreno donde excavar sin que se derrumbe, y comida a mano. Su alimento principal en gran parte de Europa occidental es la lombriz de tierra, y las lombrices se cogen mejor en pasto corto, sobre todo si lo pastan herbívoros. De ahí una regla clásica: busca bosque o matorral que linde con prados o pastizales; el animal se refugia en la cobertura y sale a comer al claro.
Para el sustrato, el tejón evita lo encharcado y lo inundable, y rehúye las zonas sin cobertura vegetal. Prefiere pendientes: un talud, la ladera de una vaguada, el borde de una cantera vieja o un ribazo grande, donde puede tunelar de lado en lugar de hacia abajo —más fácil de cavar, mejor drenado y más cómodo para entrar y salir. El tipo de roca importa: un estudio a escala nacional en Portugal, con 657,5 km de transectos y 54 tejoneras principales localizadas, encontró que los tejones eligen sitios fáciles de excavar y evitan las composiciones de rocas sedimentarias o metamórficas duras. El mismo trabajo señaló que tienden a instalarse lejos de colmenares y ganado, es decir, esquivando molestias, aunque no les importe la cercanía de caminos. Otro estudio portugués añadió un matiz útil para quien busca en fincas: las tejoneras aparecen con más probabilidad algo alejadas de las fuentes de agua pero cerca de los comederos de caza, y se usan más cuando hay poca perturbación —menos ganado, sin desbroces del sotobosque.
En terreno mediterráneo el tejón ocupa dehesas, bosque y matorral, y en zonas de montaña prefiere las elevaciones medias y las umbrías frescas en verano. Un apunte de escala geográfica que conviene tener presente si comparas fuentes: en el sur de Europa, donde el alimento escasea, los tejones recorren distancias mayores, forman grupos más pequeños y pueden ser casi errantes, cambiando de madriguera de una noche a otra; el patrón «bosque-pradera con la tejonera a 300–500 m del comedero» describe bien al tejón británico, pero se relaja según el paisaje. Por eso, más que fiarte de una distancia fija, sigue los indicios: una vez que encuentres huellas, sendas o letrinas, la madriguera no andará lejos.

La anatomía de una tejonera
Cuando llegues a los agujeros, tres rasgos separan una tejonera de cualquier otro hoyo. El primero es la forma de la boca: más ancha que alta, lo que los rastreadores describen como una «D» tumbada, ajustada a la silueta baja y ancha del animal. En una ficha española de indicios, las bocas medidas daban una anchura media de unos 56 cm frente a una altura de unos 23 cm —efectivamente, mucho más anchas que altas. Si dudas, alumbra el túnel con una linterna: verás que es más largo que ancho, con esa sección en D característica [ver también: cómo distinguir madrigueras de zorro y conejo].
El segundo rasgo es el montículo de tierra. El tejón mueve mucho sustrato, y al hacerlo forma grandes escombreras a la entrada, con un surco o canal que deja al arrastrar la tierra hacia fuera. Con el tiempo, esas escombreras cambian la forma del terreno y crean auténticas plataformas frente a las bocas. En las escombreras suele quedar también material vegetal viejo: hierba o helecho seco que los tejones usaron de cama y luego sacaron al renovarla.
El tercer rasgo son las sendas. El tejón es fiel a sus caminos: abre veredas anchas y muy pisadas que unen las bocas entre sí y la madriguera con las zonas de comida. Suelen estar rebajadas hasta la tierra desnuda, y en los obstáculos —una raíz, un tronco caído— se ven arañazos de garra o la superficie pulida por el paso continuado del animal. Seguir una de estas sendas es, de hecho, una de las mejores formas de dar con la tejonera.
Por dentro, la madriguera es una obra considerable. Las cámaras de descanso y cría van tapizadas de material vegetal —hierba, hojas, musgo— que el animal renueva, y el sistema incluye conductos de ventilación y salidas secundarias de escape. La escala puede impresionar: la referencia clásica es una tejonera inglesa excavada por los investigadores que tenía 879 metros de túneles, 50 cámaras y 178 bocas, y cuya construcción exigió mover unas 70 toneladas de tierra a lo largo de varias generaciones. Eso es un extremo. Lo habitual en Iberia es mucho más modesto: tres o cuatro bocas y una decena de metros de galerías. En una ocasión, una tejonera andaluza de doce bocas se hundió tras unas lluvias torrenciales y dejó a la vista la cámara principal, tan amplia que una persona podía pasar por su interior; algunas cámaras principales alcanzan tres o cuatro metros de altura.
Boca en D más ancha que alta, montículo con surco de arrastre y sendas muy pisadas: las tres marcas juntas cantan «tejonera».
Principal, anexa, secundaria o de paso

No todas las tejoneras de un territorio son iguales, y saber distinguirlas te dice dónde poner la cámara. La guía de campo estandarizada más detallada que existe, la de una entidad escocesa dedicada al tejón, clasifica las madrigueras de un clan en cuatro tipos:
| Tipo de tejonera | Rasgos | Nº medio de bocas* | Uso |
|---|---|---|---|
| Principal | Varias bocas, grandes escombreras, aspecto muy usado, sendas evidentes | 12 | Ocupada todo el año; es donde crían |
| Anexa | Cerca de la principal (< 150 m), unida por sendas muy marcadas | 8 | No siempre activa, aun con la principal muy usada |
| Secundaria | A ≥ 50 m de la principal, sin senda obvia que las conecte | 4 | Actividad intermitente |
| De paso (outlier) | Poca tierra fuera, sin senda de conexión, uso esporádico | pocas | A menudo la ocupan zorros o conejos cuando no hay tejón |
*Medias del censo nacional británico de tejoneras; en Iberia los números tienden a ser menores.
La consecuencia práctica es doble. Primero, si quieres actividad garantizada, apunta la cámara a una tejonera principal: es la que está ocupada todo el año y donde salen las crías. Segundo, no confundas una tejonera de paso vacía con «ausencia de tejones»: esas madrigueras pequeñas «pueden quedar desiertas durante años antes de que, de repente, las limpien y las vuelvan a habitar».
Distinguir activa de inactiva es igual de importante y bastante fiable a simple vista. Una tejonera activa muestra entradas lisas y despejadas de palos y hojarasca, tierra recién excavada, hierba de cama arrastrada a la boca y huellas frescas. Una inactiva se reconoce porque las entradas están tapadas con hojas, palos o tierra, crece hierba en la boca, se acumula broza y aparecen telarañas. Un truco de campo español: si la entrada está limpia de telarañas fuera de la primavera —que es cuando el zorro usa las madrigueras para criar—, es fácil que sea un tejón el que la mantiene.
Tejonera, zorrera, conejera y hozadura: no te equivoques
Aquí es donde más gente se confunde, porque zorros y conejos también excavan, y el jabalí también remueve el suelo. Por suerte, cada uno deja una firma distinta.
El zorro es el gemelo más peligroso. La diferencia decisiva está en cómo queda la tierra extraída: el tejón la saca en canal, formando ese surco de entrada y salida, mientras que el zorro la amontona en abanico en la misma boca. La zorrera, además, suele tener una sola boca (o dos), de perfil más redondeado; el zorro no prepara cama, y alrededor abundan restos de presas y excrementos esparcidos. Y hay un sentido que no engaña: la zorrera «despide un fuerte olor a almizcle». Si te asomas y apesta, o ves tierra lanzada en todas direcciones, sospecha del zorro; si hay un surco limpio de tanto entrar y salir, sospecha del tejón. La complicación final es que a veces se solapan: un zorro puede ocupar una tejonera abandonada, y las madrigueras de paso del tejón acaban con frecuencia en manos de zorros o conejos.
El conejo abre agujeros de sección más bien oval —una «O», frente a la «D» tumbada del tejón— y sus túneles son mucho menos extensos. La escala ayuda: un sistema de tejón puede tener cientos de metros de galería, muy por encima de lo que excavan conejos o zorros.
El jabalí no hace madriguera, pero sus hozaduras confunden con las del tejón. La diferencia es la profundidad y el volteo: el jabalí levanta el suelo con el morro «como si un hortelano loco se hubiera dedicado a pegar golpes de azada», dando la vuelta a la tierra; las hozaduras del tejón son más superficiales y sin volteo, porque introduce su hocico fino en el suelo blando para sacar lombrices, insectos y raicillas. En las fichas de indicios españolas, el surco del tejón se describe explícitamente como «menor y no tan profundo como el del jabalí».
La regla de oro tejón-zorro cabe en una frase: tierra en canal y sin olor, tejón; tierra en abanico y con almizcle, zorro.
Las huellas: cinco dedos en línea y garras de excavador

Cuando una senda o una boca te deja una huella clara, casi puedes cerrar la identificación. La pisada del tejón es, según la guía española de referencia, «inconfundible»: es un animal plantígrado —apoya toda la planta, como un pequeño oso—, con una almohadilla plantar grande, rectangular y apenas lobulada. Lo determinante es la disposición de los dedos: se marcan los cinco, redondeados, juntos y casi en línea por delante de la almohadilla. Ese detalle es la mejor pista, porque en los demás carnívoros los dedos se disponen en arco alrededor de la almohadilla, no alineados. A menudo el quinto dedo, algo retrasado, no llega a imprimirse, sobre todo en terreno duro, y quedan solo cuatro marcas.
La segunda firma son las garras. El tejón es un excavador potente, con uñas largas y curvas en las patas delanteras: la marca de sus potentes garras excavadoras, largas y curvas, es siempre clara y queda impresa bastante por delante de los dedos.
En cuanto al tamaño, las cifras coinciden bien entre fuentes. La huella de la mano (delantera), sin contar el talón, ronda los 5 cm de largo, y con las garras puede llegar a 8 cm; de ancho, entre 3 y 4 cm en un rastreador de campo, algo más en las medias de la guía técnica española (anchura de la mano con pulgar, ~5,3 cm). Una ficha británica cifra la anchura de la almohadilla en 4,5–6,5 cm, y otra técnica da 5–6 cm para la pisada completa. Un rasgo final ayuda a confirmar: al andar al paso, el tejón coloca el pie casi exactamente sobre la pisada de la mano, de modo que a veces una sola huella parece tener ocho o diez dedos.
Letrinas: los cuencos que marcan el territorio
Pocos indicios son tan característicos del tejón como sus letrinas: pequeños hoyos que él mismo excava y va llenando de excrementos, sin cubrirlos, y que usa para marcar el territorio. Son «extremadamente pulcras»: el animal cava un hoyo, lo colma noche tras noche y entonces empieza otro cerca, a veces enterrando el anterior. En las medidas españolas, esos hoyos rondan los 25 cm de largo por 18 de ancho y unos 12 cm de profundidad, de media. Los excrementos, cilíndricos y a menudo fragmentados en dos o tres segmentos, cambian de aspecto con la dieta: cuando el tejón ha comido lombrices son terrosos y huelen a tierra mojada —de hecho el excremento «como de barro» es casi una firma; una fuente británica describe ese color «gris verdoso oscuro» como señal inequívoca de una dieta de lombrices. Otras veces llevan pelo y quitina de insectos, o restos de fruta sin digerir. Ese contenido, dicho sea de paso, es información: las heces del tejón «suelen contener indicadores de su dieta, como trigo o maíz parcialmente digeridos».
Dónde se sitúan las letrinas dice mucho. El tejón las coloca bajo un saliente de roca o un árbol para que la señal química de la orina y de sus glándulas anales persista, y las reparte en dos contextos: cerca de la tejonera y de las sendas de alimentación, y en los límites del territorio —junto a vallas, setos vivos o muros de piedra seca. Estas últimas, las letrinas de frontera, son compartidas por grupos vecinos y «definen la frontera».
La ciencia ha profundizado en ese patrón, y el resultado es útil para interpretar lo que ves. Un estudio británico distingue letrinas de borde, compartidas entre grupos y situadas en la periferia, y letrinas de interior (hinterland), usadas por un solo grupo en el corazón del territorio. Los tejones concentran el esfuerzo en el perímetro: una franja de unos 30 metros a cada lado del borde —apenas el 30 % de la superficie del territorio— recibe un marcaje desproporcionado, con un anillo denso de letrinas conectadas por sendas muy transitadas. Curiosamente, cuanto más grande es el territorio, más letrinas hay pero con menos excrementos frescos en cada una, como si las heces fueran un recurso limitado y lo importante fuera cubrir el perímetro, no la cantidad depositada en cada punto. Los propios autores concluyen que la función principal de tanto marcaje quizá no sea tanto defender una frontera exclusiva como intercambiar información olfativa entre individuos, sobre todo en el contexto reproductivo.
Una letrina de tejón no es solo un retrete: es un tablón de anuncios donde el clan lee y escribe quién anda cerca.
Pelos, rascaduras y agujeros de hociqueo

Hay indicios menores que, sumados, refuerzan la identificación. Los pelos de guardia del tejón son inconfundibles: largos —hasta unos 10 cm—, recios, claros en la raíz y la punta y negros en el medio. Búscalos donde una senda pasa bajo un alambre de espino: allí suelen quedar prendidos mechones «grises con la punta negra». Al rodarlos entre los dedos se nota que la sección es más bien cuadrada, no redonda, otra pista para separarlos de otros pelos. El tejón también araña troncos, que usa a modo de afiladero, y se restriega en árboles y rocas, dejando marcas y pelo adicional.
Los agujeros de hociqueo —esos pequeños hoyos que abre al hocicar en busca de lombrices e insectos— son un buen indicio de actividad, pero se confunden con facilidad. Miden unos 10–15 cm de ancho y son de forma cónica, con el material excavado repartido a varios lados; a veces levantan «tapas» de musgo que quedan unidas por una bisagra al haber buscado lombrices bajo ellas. La confusión clásica es con los conejos: sus raspaduras son más bien ovales, mientras que el hociqueo del tejón es más cónico. Y ojo con las letrinas, que se parecen mucho a un agujero de hociqueo… salvo que llevan excrementos dentro.
Un aviso honesto sobre todos estos rastros: por muchos indicios que sumes, no permiten contar animales. Como recuerda una ficha técnica, «no hay una forma sencilla de saber cuántos tejones residen a partir de indicios de campo como el número de bocas»; uno o dos animales pueden dejar muchísimas señales, y una tejonera pequeña y compacta albergar a varios. De hecho, el tamaño de una madriguera «depende más del tipo de suelo que del número de animales que viven en ella». Para saber de verdad cuántos hay —y quiénes son— hace falta la cámara.
La mejor hora: leer el reloj del tejón
Puestos a grabar, la pregunta es cuándo. El tejón es crepuscular y nocturno, y su horario cambia con la estación de forma bastante predecible. En latitudes templadas del hemisferio norte, los tejones tienden a asomar antes del anochecer en los meses de más luz —aproximadamente de mayo a agosto— y ya de noche cerrada el resto del año; además, están mucho menos activos en pleno invierno. El patrón se repite invertido en el hemisferio sur y se desplaza con la latitud, así que la regla robusta no es una fecha, sino esta: en la mitad cálida del año emergen más temprano, y en la mitad fría más tarde y menos. La experiencia de campo lo confirma con matices locales: aquel observador asturiano rara vez veía tejones antes de las 22 h en verano, e incluso con luna llena algunos no salían.
Los datos finos ayudan a programar la cámara. En el bosque de Białowieża (Polonia), los tejones emergían de media a las 19:00 y volvían a las 03:42, con el grueso de la actividad entre las 20:00 y las 03:00, y permanecían inactivos una media de 96 días al año. En el sur de Portugal, en alcornocal mediterráneo, salían justo después de la puesta de sol y regresaban poco antes del amanecer, con unas ocho horas de actividad y casi cuatro kilómetros recorridos por noche; y, a diferencia de sus congéneres norteños, no reducían mucho su actividad en invierno. Esa es una lección clave para el fototrampeo mediterráneo: aquí el tejón puede seguir activo casi todo el año, con menos fidelidad a una sola madriguera que en el norte.
El invierno merece una nota aparte. El tejón no hiberna, pero en periodos muy fríos puede entrar en un estado de letargo (torpor), permaneciendo en la tejonera y quemando las reservas de grasa acumuladas en verano y otoño; su temperatura corporal llega a bajar entre 2 y 9 °C de noviembre a abril. En los fríos extremos, incluso usa una letrina dentro de la madriguera para no salir. Aun así, puede aventurarse a la nieve a buscar comida, y la emergencia posinvernal suele darse a finales del invierno o al principio de la primavera. Otro pico de actividad llega con la temporada de celo, que dispara los desplazamientos —y, por desgracia, los atropellos— al final del invierno y principio de la primavera, con un segundo repunte en otoño mientras acumulan grasa.
Una última pista que la cámara aprovecha: los tejones son notablemente constantes en la hora a la que emergen cada tarde, aunque varíen la boca por la que salen. Y son sensibles a la molestia humana: usando cámaras de vídeo infrarrojas, un estudio demostró que en poblaciones perturbadas por el ser humano los tejones salían más tarde que en una población vecina tranquila. Si tu cámara los graba emergiendo muy de noche, tal vez el sitio tenga más trasiego del que crees.
El tejón es puntual como pocos: si aprendes a qué hora sale «su» tejonera, la cámara hará el resto casi sola.
Qué vas a ver en el vídeo

Con la cámara bien colocada en una tejonera principal activa, el material que se acumula es mucho más rico que «un tejón que pasa». Verás comportamiento social: los tejones son muy juguetones con sus congéneres, de jóvenes y de adultos, y se acicalan unos a otros. Verás el acarreo de cama: el animal reúne hierba seca, forma una bola con ella y la arrastra hacia atrás hasta meterla en la madriguera para renovar el lecho. Y verás marcaje: el gesto de marcar con la glándula subcaudal dura apenas un segundo —el tejón se agacha, dobla las patas, levanta la cola y presiona la glándula contra un objeto, a menudo una mata o una roca. Ese marcaje se intensifica en la temporada de cría, y las hembras marcan más que los machos mientras hay crías.
El calendario reproductivo da contexto a lo que grabes. Gracias a la implantación diferida, las crías nacen a finales del invierno con relativa independencia de cuándo se produjo la cópula: la implantación suele ocurrir a finales de diciembre o principios de enero, y los partos van de finales de enero a principios de marzo. En una población mediterránea portuguesa seguida con cámaras, las cópulas se detectaron casi todo el año salvo abril, con picos de eventos largos en noviembre y enero, y las crías empezaron a asomar fuera de la madriguera desde principios de marzo —antes que en el norte de Europa, por los inviernos más suaves. Ver crías por primera vez en la boca de la tejonera es, así, una de las escenas más señaladas que puede capturar una cámara.
No esperes ver solo tejones. La madriguera es un hotel para otras especies: un estudio con cámaras en 24 tejoneras del norte y centro de Italia documentó que los tejones compartían su madriguera nada menos que con ocho especies de mamíferos —zorro, marta, garduña, conejo, ratón de campo, rata parda, puercoespín y coipú—, y que ese uso compartido ocurría todo el año, con una reducción marcada en invierno. Otra fuente confirma que zorros y conejos ocupan con frecuencia tejoneras en desuso, y que a veces cohabitan con los tejones. Así que buena parte de tus vídeos tendrá inquilinos y visitantes, no al dueño de la casa.
Incluso pueden aparecer forasteros de la propia especie. Aunque el tejón es territorial, la mayoría de los individuos hacen excursiones fuera de su territorio a lo largo del año —más frecuentes de abril a septiembre y menos en diciembre y enero, con los machos haciéndolas más largas y a menudo—, de modo que las fronteras «son mucho más permeables de lo que se pensaba». En la práctica, un tejón que solo aparece de tarde en tarde en tu cámara puede ser un vecino de paso, no un residente.
Y con paciencia, la cámara caza rarezas. En Noruega hicieron falta casi 400.000 noches-cámara repartidas en diez años por todo el país para reunir once registros de tejones leucísticos —individuos anormalmente claros—; en una población concreta, las cámaras grabaron al menos dos entre 2017 y 2020. Ese tipo de hallazgo, imposible de planear, es justo lo que regala una cámara que vigila una tejonera temporada tras temporada.
El reverso de tanta riqueza es el volumen. Una campaña de fototrampeo en una tejonera activa genera miles de vídeos y fotogramas, y la mayoría no tendrán ningún tejón: tendrán ramas movidas por el viento, un zorro, un conejo o la nada. Revisar todo eso a mano es lo que agota a la gente y hace que se escape justo la escena buena.

El estatus de conservación, con su fecha
Situar al tejón en su contexto de conservación cierra el cuadro, y conviene hacerlo con la fuente y la fecha, porque estos datos cambian con el tiempo. Según la Lista Roja de la UICN, el tejón europeo figura como Preocupación Menor a escala global, en una evaluación fechada en marzo de 2015 (publicada en 2016), con tendencia poblacional estable, sin fragmentación severa y sin declive continuado de sus efectivos. Su rango es amplísimo —cubre casi toda Europa y llega a partes de Oriente Medio y Asia Central— y alcanza desde el nivel del mar hasta los 3.300 m. En Iberia, las fichas nacionales lo tratan igualmente como especie ampliamente distribuida y abundante, con el Libro Rojo de los mamíferos terrestres de España asignándole Preocupación Menor y el portugués haciendo lo propio.
Que sea abundante no significa que no importe acertar en su identificación. Cada tejonera bien reconocida —con su estatus de actividad bien leído— es un dato que un naturalista o un gestor puede usar, y evita el error de tratar como «vacío» un rincón que en realidad aloja una madriguera dormida a punto de reactivarse. Aprender a leer una boca en D, un surco de arrastre o una letrina de frontera es, en el fondo, aprender a ver a un animal que ha hecho de la invisibilidad su forma de vida.
Preguntas frecuentes
¿Cómo distingo una tejonera de una zorrera?
Por la tierra y el olor. El tejón saca la tierra en canal, formando un surco de entrada y salida, y no huele; el zorro la amontona en abanico en la misma boca, deja restos de presas y excrementos alrededor y la zorrera despide un fuerte olor a almizcle. La tejonera suele tener varias bocas más anchas que altas; la zorrera, una o dos de perfil redondeado.
¿Cómo sé si una tejonera está activa antes de poner la cámara?
Busca entradas lisas y despejadas de palos y hojas, tierra recién excavada, hierba de cama arrastrada a la boca y huellas frescas. Una tejonera inactiva está tapada con hojarasca y broza, con hierba y telarañas en la entrada. Si la boca está limpia de telarañas fuera de la primavera, es buena señal de tejón.
¿Cuántos tejones viven en una tejonera según el número de bocas?
No se puede saber por las bocas. El tamaño de una madriguera depende más del tipo de suelo y de generaciones de excavación que del número de animales; una tejonera grande puede tener pocos ocupantes y una pequeña, varios. Para contarlos hace falta grabarlos o usar métodos como el análisis genético del pelo.
¿A qué hora conviene esperar tejones en la cámara?
De noche, sobre todo. Son crepusculares y nocturnos: en la mitad cálida del año pueden asomar cerca del anochecer, pero buena parte del año no salen hasta bien entrada la oscuridad y reducen la actividad en los meses fríos. En estudios europeos emergían tras la puesta de sol y volvían antes del amanecer, con varias horas de actividad por noche.
¿Los tejones hibernan en invierno?
No hibernan, pero pueden entrar en letargo (torpor) en periodos muy fríos: se quedan en la tejonera, bajan su temperatura corporal y viven de la grasa acumulada, aunque pueden salir a buscar comida incluso con nieve. La actividad repunta con el celo, al final del invierno y principio de la primavera.
¿Qué otras especies puede grabar una cámara apuntada a una tejonera?
Muchas. Zorros, martas, garduñas, conejos, ratones de campo y otros mamíferos visitan o comparten la madriguera, sobre todo cuando el tejón no la usa; en un estudio italiano se documentaron ocho especies compartiendo tejoneras. También pueden aparecer tejones «forasteros» de paso e, incluso, rarezas de color como individuos leucísticos.